1º Jester el vagabundo
La canción de la ciudad es una obra maestra, toda una ópera rock. A lo largo del día escuchamos las partes más optimistas y grandilocuentes, pero con esta oscuridad las guitarras siniestras han tomado el mando y le hacen correr entre las calles. Huyendo del misterio que le ha robado el nombre a esta ciudad, tropieza entre sonidos y cae. La rodilla resiste. La buena. La mala sólo sangra. En cuclillas, ahora escucha el estribillo de las mil voces, y todas diferentes. Jester el vagabundo, con más cultura musical que muchos mejor parados, se incorpora por infinita vez en uno de los infinitos callejones. No son sin salida, pues nunca se puede ver la pared del fondo. No sabe si eso es bueno o malo, pues nunca se ha atrevido a ir más allá. Jester el vagabundo nota en su piel las notas de lo que viene. Primero jaleo y pisadas que se acercan. Voces rugosas, llenas de pelo.
- Es como te lo cuento, tío, tenía todo lleno de…
- Oh, oh, espera. ¿Ves lo que yo veo, Romeo?
- Sospecho que sí, Othelo. Veo una cosa larga y fea en el suelo. Dime, amigo, ¿es quien yo creo?
- Oh, sííí. Jester la Peste.
Las carcajadas, secas y muertas, no surgen de sus gargantas. Las llevan en los dientes, como empastes asesinos. Se clavan en nuestro vagabundo.
- Jester la Peste. ¡Cuánto tiempo! No te veíamos desde que… ¿cuándo fue, Othelo?
- Desde el asunto en Los Árboles. ¿Te suena eso, Peste?
- Ya te digo que si le suena, este está al tanto de todo. ¿No ves que vive en la calle? Lo escucha y lo sabe todo.
Jester el vagabundo nota en su piel las notas del siguiente momento musical. Primero, un preludio.
- Amigo Romeo, ¿insinúas que fue éste? ¿Peste habla? Quiero decir, ¿alguna vez le has escuchado hablar?
- Qué va, tío. Pero seguro que tiene voz. Vamos a hacerle unirse a la música.
Jester el vagabundo nota en su piel a los músicos acomentiendo en su cuerpo. Sólo de batería. Patadas. Las dos rodillas ceden. No le tocan la cara. Redoble. Dos redobles. Jester no canta. Ni un gemido. Fin del solo. Pasos. La melodía cambia de tono y se pierde.
- Ya nos veremos, Peste. No vuelvas a acercarte por Los Árboles.
- Vámonos de aquí, Romeo. Tengo las botas manchadas y apestosas.
- Muy agudo, Othelo. Recuérdame que te lo plagie.
Se alejan y Jester el vagabundo nota en su piel la cadencia de la melodía que ya no suena, la nota incluso a través del dolor y los morados. Ahora que no le ven, abre la boca para escupir. No es sangre. No esta mal. Ha habido cosas peores.
COMO LA QUE NOTA AHORA AGARROTÁNDOLE LOS HUESOS CON UN FRÍO MORTAL Y REPENTINO Y ANTE LA QUE NO PUEDE HACER NADA MÁS QUE TEMBLAR Y ENCOGERSE Y GEMIR.
Jester reconoce a quien está frente a él. Es un recién llegado tras mucho tiempo, y sabe que no va a hacerle daño, pero aun así tiene miedo.
- No tengas miedo, Jester. – Dice el hombre Uróboros. – Te ayudaré a ponerte en pie.
Es alto y parece que ha decidido aparentarse humano, pues a simple vista esta vez no hay rasgos anormales. Quizá los ojos. Quizá los gestos. Quizá la boca. Pero detalles. Por eso cuando sus manos le sujetan y le alzan apenas procura darse cuenta de lo que cree recordar que hay debajo de las manos. Es mejor, puesto que…
- Ha pasado mucho tiempo. – La voz del hombre Uróboros procura sonar cálida. Es mejor pensar que lo consigue. – ¿Cómo estás? ¿Puedes hablar?
- Sí…Puedo. Gracias por ayudarme, err…- Jester hace un esfuerzo por mirarle a los ojos. No se pierde. Puede que realmente esta vez sea mejor. – ¿Cómo te llamas ahora?
El hombre Uróboros suelta delicadamente a Jester y da unos pasos hacia atrás, contemplándole y también para que Jester pueda contemplarle a él, Mucho tiempo, sí, y requiere cambios de aspecto. ¿Es un sinsentido compararse? Quizá así se descubran más las diferencias y analogías.
La exhaustividad del análisis se ve impedida por la simpleza de los vestuarios. Jester viste completamente de marrón gastado y sucio. Las rodillas se ven a través de la raída tela y sangran, pero esto no es nuevo. Son de color costra. Lo mismo en los codos. El abrigo es bueno, eso sí. Viejo, pero de clase, como las cosas buenas. El jersey de lana de debajo acumula demasiada suciedad, y el pelo gris demasiados acontecimientos. Los mismos que están amarrados a los surcos y arrugas de la cara, sobre todo el que yace en la raya de la frente. No es un ceño de enfado, es la marca de fábrica de la tristeza, mucho más latente ahí que en los ojos o los labios. Demasiado inmóviles. Muy rendidos, por mucho que la barba grisácea intente aparentar dureza. Jester ya ha perdido.
El hombre Uróboros se ve reflejado en los ojos y en los surcos, cráteres en el rostro de Jester, cráteres creados por el aterrizaje del propio Uróboros, cráteres atemporales que tanto en la Luna como en un rostro se crean en segundos y permanecen por siempre, como recipientes del tiempo. ¿Dónde están las estrellas?
No en el hombre Uróboros. No ha acumulado nada de su resplandor, pues por ahora es sólo una sombra y silueta negra, no se ha disfrazado de nada más rebuscado. Acaba de llegar tras un largo viaje, démosle un tiempo de aclimatación para que pueda encontrar la cara que nos quiera mostrar. Si es que llega a querer. El perfil, al menos, es el de un hombre alto de constitución fuerte, sin rastro de alas, garras ni rasgos serpentinos. Es como un maniquí de marfil esperando que lo disfracen, o un gran trozo de barro esperando que lo moldeen, o un boceto esperando que lo pinten.
– Heh…pareces un boceto esperando que lo pinten. – Dice Jester. Es su frase más larga en 5 años. Los dos hombres intentan esbozar una especie de sonrisa, aunque no sea el tiempo de las sonrisas. Las comisuras se resisten. Dos risas se arrastran moribundas, una nihilista y la otra pidiendo ayuda. Cuando colisionan en el aire, se hacen añicos y los restos se apagan en el suelo de los pecados interminables. Mientras agonizan, los hombres que han sido capaces de brotar esas risas sin humor anudan los hilos de sus conversaciones en uno solo. Es todo un milagro en esta era. Directas, de uno a otro. Pum. Pum. Pum.
– Pues que me pinten, no me vendría mal. Esta vez vengo para una estancia más o menos larga, creo.
– ¿Debo preguntarme por qué? No me malinterpretes, me alegro de que estés aquí de nuevo. La variación siempre es bienvenida.
– Debes preguntarte por qué, Jester.
- Me lo pregunto. ¿Debo encontrar una respuesta por mí mismo o esperar la tuya? Sabes, si me lo dices tú será más rápido y no haré el ridículo.
– Creo que esta vez tengo un mapa del tesoro.
– ¿Cómo?
– Un mapa metafórico, pero puede valer. Lo he visto grafiado, y parecía tangible, con direcciones marcadas. No pierdo nada intentándolo. Será por tiempo, heh.
– Así que tienes un mapa del tiempo. Y, ya sabes…¿Crees que esta vez realmente vas a conseguir salir?
– Jester, los conceptos de espacio y tiempo son muy relativos para mí. Y muy antagónicos. Te informaré de mis futuros avances.
– ¿Has venido por algo más, verdad?
– Si tú crees que hay algo más merecedor de mi presencia que esta pequeña llama de esperanza que me ilumina por primera vez tan tanto tiempo, házmelo saber.
– Raros.
– …
– Sí. Más que nunca. Y además lo que temías… ese también está, Y apunta maneras.
– Cuántos.
– Tres, quizá. No sé. Cuatro. Dos. Cerca de eso.
– Más de dos…más de dos a la vez, joder. Ni yo puedo hacer frente a eso plenamente. ¿Qué hacen? Quiero decir, ¿cuál es su forma de actuar?
– Artista. Aun no ha empezado de forma seria. Está haciendo algo. No lo sé todavía.
– Artista. ¿Quién más?
– Artistas también a su manera, en otras disciplinas. No los veo tan claros. Y… él también está por ahí. No le he visto nunca, pero he oído cosas. Se está haciendo un nombre.
– ¿Podré encontrarlo donde yo creo?
– No se ha movido del sitio, pero no tardará.
– Jester.
– Tú.
– Eres un buen amigo. El único que tengo aquí y que me queda. Necesito que seas mis ojos en los bajos fondos. Como en los viejos tiempos, Jester. Compañero.
- No sé como puedes dudar de mí para esto.
Brillo en los ojos, parecía extinguido. Los dos amigos se dan la mano. Fin del diálogo por esta vez. Y así, con sólo unas pinceladas en el lienzo de la historia, los dejamos allí, mano contra mano afirmando la unión, no por siempre, de Jester el vagabundo y el hombre Uróboros, que ha recobrado trazos de su humanidad y ya no es solo una silueta, es parcialmente una persona y seguramente mañana ya será una persona entera. Y Jester mañana será media persona a consecuencia de la paliza que le han pegado los shakesperianos y vengativos seguidores de Los Árboles, y por la exposición al hombre Uróboros, que daña aunque no lo quiera, pues su sola presencia hace daño al propio concepto de posibilidad. Los dejamos allí para que nuestro último recuerdo de ellos sea de camaradas, unidos ante lo que se viene encima, ante los raros, ante el artista y los artistas y ante él, del que nada sabemos, sólo que hace preocupar a alguien ciertamente ultraterrenal como el hombre Uróboros, que ha vivido más que todos nosotros. Nos alejamos flotando como espías invisibles que no pertenecemos a ningún bando pero tampoco podemos quedarnos impasibles. La ciudad tiene edificios como colmillos, y las luces encendidas nos avisan. En alguna parte hay raros actuando, planificando, fundiéndose en la oscuridad. Las historias oscuras requieren formas oscuras y escenarios siniestros, y la menor bondad posible. Y éste apretón de manos va a desencadenar reacciones.
En medio de la ciudad hay abismos, y todos nos devuelven la mirada. Acabaremos cayendo en ellos, nos sentiremos como habitantes de esta ciudad que es una trampa mortal y un terreno de juego, como en las buenas oscuras historias, y nos veremos dentro de la trama, y eso no puede ser bueno si es como las otras veces, porque los pilares de esta historia no son buenos, por mucho que haya personajes que tengan esa convicción.
Se ciernen ya las sombras de la incertidumbre sobre las luces de la ciudad, sobre el lago, sobre el bosque, sobre Los Árboles, sobre los artistas, sobre los peones, los que van a jugar y los que no, sobre las historias pasadas y las que están por desenterrar, y nos empuja con su fría mano de destino, al abismo que nos taladra con su mirada.
Y es tan irresistible que caemos sin cerrar los ojos.

vlanq dijo:
octubre 29, 2009 a 9:21 pm
Bueno, aquí estoy para ra… comentar 8O.
Me gusta este capítulo como introducción y, en especial, la última descripción de la ciudad —después de la conversación entre Jester y el hombre Uróboros—, me resulta muy evocadora. Muy curiosas las analogías musicales que escribes durante la paliza a Jester… por cierto, ¿el que Romeo y Othelo hablen, en ciertas ocasiones, en verso es intencional?, ¿si no lo hacen siempre es porque no se te ocurrían rimas?
Pero como en toda crítica que yo haga no pueden faltar quejas, aquí van. Lo primero de “to”, y lo que supongo que estabas seguro de que comentaría, es la ortografía, tienes algunos pequeños errores por aquí y por allí. Y las marcas de diálogos. Aprende a usar las rayas, son tus amigas (JEJEJE). Y a los diálogos en sí los veo un poco faltos de chicha, después ver cómo eres capaz de narrar.
En fin, eso es todo por ahora.
FIN DE LA TRANSMICION
vlanq dijo:
octubre 29, 2009 a 9:22 pm
Cagüentó, el “8 O” aquí es el emoticono ese feo.