2º El Árbol que tala

octubre 25, 2009 at 5:53 pm (Uncategorized)

La canción de la ciudad se había extinguido, porque estaba de luto. Una de las voces había muerto.

QNOWLESS MUST BE PUNISHED[1] era su epitafio, un triste graffitti en el muro que le había servido de apoyo en sus últimos estertores agónicos. Era importante para el asesino, pensó la policía, que no se confundiese la tinta con la sangre. Sería demasiado típico. Paradójicamente, el asesinato había sido burdo y nada original.

El inspector Lydecker observó los dos tajos, en el cuello y en el esternón. Zafios, a mala idea, nada de cortes limpios. La sangre había brotado, y colgajos de piel quedaban feos, pero colgaban. No había mucho más que analizar. Era un joven varón veinteañero que, a simple vista, no tenía nada de especial. Lydecker se giró hacia su joven ayudante, Coop V. Livingstone. Le envidiaba el nombre.

Livingstone se movió entre los criminalistas y fotógrafos. El graffitti estaba teniendo más protagonismo para los flashes que el propio cadáver. Se arrodilló junto al forense, que estaba registrando los bolsillos del cuerpo. Lydecker los observaba con las manos en los bolsillos.

- ¿Cómo se llama? – Preguntó Livingstone.

El forense lo miró. Los criminalistas se miraron entre sí. Las miradas llegaron a Lydecker.

- Me encanta tu método de investigación, Coop. – Comentó el inspector. Algunos rieron.

- Bueno, inspector, creo que es más rápido si miramos su cartera. – Dijo Livingstone con la mirada fija en el muerto.

No es que los demás no le respetasen, pero siempre se arrimarían a la sombra de Lydecker a la mínima ocasión. Todavía tenía mucho que escalar. El forense señaló el bolsillo derecho del abrigo de la víctima.

- Hágalo usted.

- Un honor. – Comentó Livingstone mientras acercaba la mano para desabotonar el bolsillo.

Metió la mano y extrajo algo que no era una cartera. Hubo algunas risas nerviosas. Lydecker y el forense se fijaron en la bolsita de plástico que Livingstone sostenía.

- Trabajo para el laboratorio, chicos. – Dijo animadamente un criminalista.

- Wayne, no es lo que piensas. – Le cortó Livingstone. – No es droga. Ni siquiera de la que te gusta.

- Chico, no hables de eso en presencia del inspector. – Rió Wayne. – Que todos sabemos cuál es la que te gusta a tí.

Por el cuerpo corrían rumores sobre la sexualidad de Livingstone y sus salidas nocturnas a bares de la zona siniestra. Dos de los criminalistas no se aguantaron las carcajadas.

- Cierra la boca, Wayne. – Lydecker zanjó el tema con autoridad. – Y moved el culo a otra parte. Con un buitre criminalista que se quede aquí es suficiente.

Todos los criminalistas desaparecieron menos el más joven y apocado, que se limitó a suspirar con la cabeza gacha.

- Livingstone. – Dijo Lydecker.

- Semillas, señor inspector. Semillas de distintos tipos.

- ¿Semillas de qué?

- Yo diría que de árbol. – Intervino el forense. – Mi hijo las colecciona. Pueden dejarme a mí la identificación de los tipos de árbol, si lo consideran pertinente.

- No veo inconveniente. – Dijo Lydecker. – Venga, que se lleven esto de aquí.

Mientras el forense y el criminalista se hacían cargo del cuerpo, Lydecker y Livingstone se dedicaron a contemplar la pintada.

QNOWLESS MUST BE PUNISHED.

- Livingstone, deduzca.

- La falta de ortografía es irónica. Mmm… – Livingstone se paseó en círculos con la mano en la barbilla. – La han hecho con cierto tiempo. No con calma, pero si estaba planeada.

- Habrá más.

- Puede ser, premeditado no parece. Para eso tendríamos que determinar sospechosos. ¿Por dónde empezamos?

Livingstone hablaba diciendo lo que era lógico decir, pero notaba que Lydecker no tenía el más mínimo interés por abrir una investigación. Llevaba un tiempo de pasotismo preocupante, claro que hacía tiempo que no trabajaban en nada importante. Painville era una ciudad extraña, donde pasaban muchas cosas de menor índole, pero cuando pasaban las grandes, pasaban de verdad.

- Painville es una ciudad extraña, chico. – Lydecker se había metido en sus pensamientos y le había arrastrado fuera con fuerza. – ¿Cuánto llevas aquí?

- No llega al año y medio, señor.

Painville. Olvidaba con frecuencia ese nombre. Casi parecía un chiste, un nombre de ciudad encantada de novela adolescente. Su mente logró zafarse de Lydecker y voló unos metros en el tiempo, recordando. Lo habían destinado a Painville tras su graduación, en otro lugar muy lejano. Antes de eso, las cosas eran más fáciles. No es que Painville estuviera embrujada, ni mucho menos. Le parecía un adjetivo fácil de utilizar, pero injusto en el significado. Painville no estaba embrujada, pero tampoco era una ciudad normal. Unos ratos más que otros, pero que algo había, habíalo.

El inspector Lydecker le había sorprendido gratamente cuando tuvo que ponerse bajo sus órdenes en la comisaría. Un hombre corpulento, cincuentón y con el peso que a esa edad se acumulaba alrededor del estómago. Mejor dentro que fuera, era su justificación, a veces adornada con fotos de cadáveres destripados. No por ser algo habitual, si no por ser un indicativo de la personalidad de Lydecker. No ponía su verdad por encima de la de los demás, pero dejaba caer su aplastante evidencia. Y se callaba muchas cosas para aparentar saberlas.

Livingstone llevaba, probablemente, un ritmo de trabajo más frenético que su superior. Investigaba los bajos fondos, a eso se debían sus salidas nocturnas tan malsanamente rumoreadas por el cuerpo. Los rumores sobre su sexualidad le molestaban, porque notaba el poco apego de los agentes. No le molestaba que hablasen de su sexualidad. Por lo que a Livingstone respectaba, aun la estaba buscando. A veces se identificaba con Jester, un vagabundo habitual y frecuente en la zona de sus investigaciones. Ambos trataban de encontrar su propia vida en el tiempo que pasaban allí.

- Año y medio, sí.

- Y lógicamente te has informado de la historia de la ciudad.

- No, señor. No hay registros. ¿Tiene que ver con el caso?

- Depende. ¿Lo quieres para ti?

Un giro. Claro que sí. ¿Un caso atrayente que dirigir? Livingstone se moría de ganas de investigar y mancharse las manos.

- Sí. – Afirmó con vehemencia. – Lo quiero para mí.

- Bien. – Sonrió Lydecker. – Porque yo no lo quiero ni regalado.

- ¿Y eso? ¿Le parece aburrido? – Livingstone no estaba del todo extrañado. – Un crimen es un crimen, inspector.

- Sí, lo es. Por eso quiero que lo investigues tú, para familiarizarte con esta ciudad y lo que le pasa.

- ¿Qué es lo que le pasa? ¿Que algún defensor de la cultura anda asesinando a personas? No creo que sea algo para… – Livingstone calló.

- ¿Algo para qué, Coop? – Lydecker seguía sonriendo, esta vez más cínicamente.

Díselo, que está riéndose de ti.

- No creo que un asesinato sea algo para reírse y quedarse de brazos cruzados.

Toma solemnidad.

Resultó serlo cuando Lydecker cruzó los brazos y soltó una carcajada.

- Ojalá sólo se tratase de un asesinato.

A Livingstone le ardieron los ojos.

- Usted lo sabe. ¿Es así? Sabe quien ha matado a esta persona y quien ha escrito la pintada. Y se ríe y espera que yo me deje la piel en esto mientras usted y los criminalistas se siguen riendo de mí.

- No es tan simple, chico. – Lydecker dejó de sonreir. Lo miraba con algo que no era diversión, y que tal vez podía acercarse a la pena. Era extraño mantenerle la mirada. – No sé quién ha matado a este hombre ni si llegará a repetirse.

- ¿Pero?

- Pero nada. Mi intuición es más poderosa que tu justicia.

Livingstone se estaba exhasperando. Rojo.

Un puñetazo apareció en la nariz de Lydecker. Agazapados, el dolor y la presión se juntaron. Livingstone siguió viendo rojo unos instantes eternos hasta que los gritos irrumpieron y todo recobró su color normal.

Los gritos eran de los agentes que rondaban por la escena del crimen. Habían guardado el cadáver en la bolsa y estaban ultimando sus tareas. Los segundos siguientes pasaron demasiado rápido.

Livingstone estaba sujeto por dos policías. Le habían golpeado en el estómago, con fuerza, y había recibido algunas bofetadas chapuceras. Seguían en la calle. Lydecker se tapaba la nariz, y la sangre se le escapaba entre los dedos. Lo miraba con el ceño fruncido. Pero de nuevo, lo que transmitía no era un sentimiento fácilmente identificable y comprensible como hubiera podido ser el desprecio o el odio. Ninguno de los dos dijo ni una palabra. Los criminalistas no siguieron su ejemplo.

- ¡Joder, tío! ¡El marica ha zumbado al jefe!

- ¿En qué coño pensabas?

- ¡Venga, jefe! Se lo tenemos agarrado. ¡Quédese agusto!

- La has liado, Coop, muchacho. Es tu fin. Todos nos alegramos.

Lydecker se quitó las manos de la nariz. En un segundo, todos vieron a lo que se había reducido su apéndice nasal. Livingstone, para ellos, podía ser muchas cosas. Ahora también había pasado a ser fuerte. E inconsciente.

- ¡Marcháos todos! – Rugió Lydecker.

La mayor parte retrocedieron asustados, excepto los dos que sujetaban a Livingstone. Éste permaneció con la mirada fija en su jefe. No en su ex – nariz, sino más bien en sus ojos. Trataba de localizar el sentimiento que se movía oculto tras ellos. No lo logró antes de la primera respuesta de Lydecker, en el estómago.

No le dejaron derrumbarse hasta el tercer golpe. Dos en el estómago, pero el tercero en la cara. Ahí sí que le soltaron.

Había escuchado los gruñidos de Lydecker mientras ejercía la tarea, pero ahora el previsible latido en las sienes se lo impedía. Tanto mejor. La nariz de Livingstone, tan solidaria, rompió a sangrar.

Ya iban a irse, dejándolo en la calle junto a la anónima pintada que lo había empezado todo. Parecía la segunda víctima del asesino por el que había discutido. Todo estaba pasando demasiado rápido. Uno de los criminalistas amagó con darle una patada, pero Lydecker lo detuvo. – Nos vamos ya. – Dijo.

Livingstone extendió su última mano y agarró con fuerza el tobillo de Lydecker.

- Lo voy a atrapar. Al asesino. Lo voy a hacer yo solo.

- No me cabe duda, hijo. Al menos de que trabajarás solo. – Respondió su, ante todo, jefe.

Y se marcharon. Livingstone dejó caer la mano y se rindió, sólo de forma momentánea. El rojo pasó a negro, un alivio también momentáneo.

Livingstone estaba tendido frente a un árbol y ese árbol sostenía un hacha. A los pies de ese mismo árbol yacían ramas y leña cortadas. Livingstone las tenía delante, amenazando con pincharle los ojos y arañarle la nariz. Sin embargo no podían hacerle nada, porque estaban muertas. El árbol las había talado.

Mata a sus semejantes.

Livingstone intentó alzar la mirada para mirar a la cara al árbol, pero ya no estaba. Ese árbol no estaba ahí cuando lo plantaron.

Otro flash en negro.

Livingstone abre los ojos en un periódo de tiempo desconocido. Es de noche. Gira la cabeza y ve al árbol, imponente, junto a la pared con el graffitti. La imagen es bastante más que terrorífica. No es más que una visión, quiere pensar, pero le da mucho miedo de todas formas. ¿Se la tomará como una revelación?

QNOWLESS MUST BE PUNISHED. El árbol que tala.

Livingstone vuelve a perder la consciencia.


[1] “La hincultura debe ser castigada”. En inglés en el original.

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1 comentario

  1. vlanq dijo:

    Sigue sin hacerme gracia ese “QNOWLESS MUST BE PUNISHED” xD.

    Me gustó mucho más el primer capítulo; me resultó más interesante como introducción. Este, exceptuando el final, me parece muy… tópico por así decirlo. En el anterior se apreciaba mejor lo característico de tu escritura.

    FIN DE LA TRANSMICION

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