4º Obra de culto

octubre 25, 2009 at 6:22 pm (Uncategorized)

La canción de la ciudad proseguía su luto en silencio, y Jester la acompañaba calladamente desde el puente de Coral. El puente era frío, metálico, y conectaba la ciudad, peninsular, con una isla pequeña, separada de la matriz. Anteriormente había sido un istmo, pero la tierra que unía ambas extensiones había ido hundiéndose a la par que pasaban los años, y los siglos, tal vez. Por eso había sido erigido el puente, que trataba de hacer su papel lo mejor que podía. No era natural como la antigua tierra, claro, pero intentaba cantar la canción a la par que la ciudad. A veces, Jester notaba las vibraciones de la canción reverberar bajo el metal, y trataba de sonreir a su vez, con él. El puente unía cosas, y eso escaseaba. Su forma semicircular parecía una mueca triste de desaprobación si se miraba desde lejos, pero Jester no hacía caso a esas perspectivas. No ayudaba a nada, realmente. La islita podría alejarse flotando sobre el agua de no ser por el puente, y si pasara eso habría que decir adiós a muchas cosas. No sólo a las visibles. En la isla estaba la mayor parte histórica de la ciudad, y Jester era de los que opinaba que todo debería de permanecer a la vista. No por agrado, sino por ser consecuente con tus actos. El pasado no debe ocultarse, por mucho que digan los alemanes, entre otros. Jester había dejado de odiar esas cosas. Si ha pasado, ha pasado, no lo ocultes porque la historia es la que forja el carácter de una nación. El hombre Uróboros y el propio Jester sabían mucho de eso.

Coral filtró el secreto de que se acercaba alguien, al vibrar sus pasos sobre la estructura de metal. Jester siguió acodado contemplando el agua. Si era un raro shakesperiano como los de la otra noche, no le harían nada a plena luz del día. Y si era una persona normal, pues a lo mejor caía una limosna. El platillo de las monedas seguía en el suelo, pues siempre había alguien de buen corazón. Quizás el puente no era el lugar más concurrido y más apropiado para pedir, pero ahora no estaba en actitud pedigüeña, sino pensativa.

Los pasos avanzaron unos trechos más, hasta casi colocarse a su altura. ¿Y si era el hombre Uróboros? No lo veía desde la noche de su regreso. ¿Cómo le iría? ¿Dónde habría ido después de estrecharse las manos? ¿Habría ido allí? ¿A ver a aquel? Sea como fuere, no esperaba volver a verlo en algún tiempo. Al menos, deseaba que la próxima vez que se encontrasen (que fuera encontrado por él) hubiese adquirido forma y aspecto humanos, para no hacer gritar demasiados cerebros y que la población de Painville se convirtiese en zombies. Cosas peores se habían visto y escrito. Pintado, probablemente. El inequívoco sonido de un caballete posándose a sus espaldas le hizo recordar al artista. No se giró. El caballete había sonado al tiempo que los pasos se habían detenido. El extraño iba a ponerse a pintar dándole la espalda.

- Bonitas vistas, ¿verdad? – Dijo una voz clara y positiva. Jester siguió con la vista al frente.

- Mejores de las que nos merecemos. – Optó por responder el vagabundo. Quizá era arriesgado desvelar ciertas trazas de opinión a las primeras de cambio, pero si Jester decidía hablar, jamás sería un conversador insustancial.

- Lo dice por el lado que ha escogido mirar, ¿eh? Tal vez este otro le gustase más.

- No. – Respondió Jester. .- Ya he estado allí. Lo conozco.

- ¿Y? ¿Es que no le gusta la canción de la isla?

- La canción me gusta, si es eso lo que pregunta. Pero es la misma en ambos lados.

- No estoy de acuerdo con eso. – Se notaba que el pintor tenía una sonrisa perenne. – La canción es diferente a este lado.

Daba pinceladas mientras hablaba. Sonaban a color negro en hábiles y ligeras líneas, danzando en vez de abusar de churretones gruesos. Seguro que los trazos eran delicados. Si estaba pintando la isla y su paisaje de edificios y playa siendo fiel a los colores, no debía utilizar el negro. Salvo, quizá, para Los Árboles.

- ¿Qué canción percibe usted en ese lado? – Inquirió Jester con la vista fija en la ciudad grande.

- Una opereta de barrio. – Contestó risueño el pintor con la vista fija en el cuadro que fotografiaba la ciudad pequeña. – Pobre pero alegre al fin y al cabo. La música que enaltece a los niños que lloran de hambre e injusticias. ¿Y usted?

- Yo escucho un impercetible réquiem por la gente que ha muerto recientemente.

- Mis condolencias. – La voz del artista no se quebró un ápice.

- ¿Se ha enterado de eso, no? – Siguió Jester. – O a lo mejor lo sabe y por eso canta la opereta con los desgraciados niños del barrio.

- No, lo siento de verdad. Estoy enterado. Un hombre en un callejón, ¿no? Lo siento mucho.

- Pero no siente el luto.

- No lo conocía. – Pintadas estratégicas. Ya debía de llevar media isla sin cambiar de color. Jester no creía compatible tener una visión positiva y solo usar el negro.

- ¿Qué está pintando?

- Pinto la ciudad. ¿Por qué cree que he venido aquí? Las vistas son preciosas.

- Pero eso no es la ciudad entera, es sólo una porción. Es la islita.

- Sí. – Rió el artista. – Es mi islita. El valle, la llamamos aquí. ¿Por qué no se gira a mirarla? Y de paso nos vemos las caras. Llevo un rato hablando con usted y no sabemos que cara tenemos.

- No. – Dijo Jester. – No es necesario. Mi cara espantaría su arte. Por otra parte, no va a descubrirme nada nuevo de la islita. La conozco muy bien, ya sabe. Sé lo que hay dentro.

- No diga eso, he pintado caras peores que la suya, seguro. Me gustaría dibujarle en el cuadro, mirando el valle. Mirándolo con amor. ¿Podría posar así?

La voz del artista lo invitaba a posar y tambien podía poner amor en los ojos de Jester, aunque no fuese de verdad. Tiempo atrás, quizá.

- No. – Jester negó por tercera vez. – Ya no puedo mirar así. No me queda nada de eso.

- ¿Cómo está mirando ahora a la ciudad grande? ¿A través de qué filtro en la mirada?

- Mmm. No lo sé. Uhm. Tal vez nostalgia.

- No parece muy seguro. Hagamos una cosa. Prácticamente he teminado de pintar el Valle, así que colocaré otro lienzo y pintaré la ciudad grande desde su punto de vista. Usted me irá describiendo la ciudad con sus palabras, y yo pintaré. Será como un dictado de texto.

- ¿Las ilustraciones son textos?

- ¿Hay sonido en el espacio?

- Ya veo. – Jester no veía. – Si quiere que le dicte, lo haré.

- Estoy preparado. Cuando quiera.

Jester abrió bien los ojos y enfocó Painville desde el rincón más lejano. Se aclaró la garganta. Escuchó abrirse botes de pintura. Olores de colores, de varios colores. El artista iba con toda la artillería. Tenía fé en sus palabras.

- Painville nace de una vasta extensión de terreno adosado a la península, pero la frontera con el resto de provincias colindantes está mas allá de una cordillera montañosa donde vegetación y árboles se juntan justo debajo de las cimas, que son picos de piedra. Resultan amenazantes y pueden arañar el cielo.

Jester hizo una pausa para tragar saliva.

- La cordillera se extiende amplísima, con bosques y prados. En la parte baja, pero por encima de los primeros edificios de la zona urbana, hay montículos y pequeñas colinas. En la más grande y yerguéndose sobre la ciudad, hay un castillo coronado por una torre puntiaguda. El escritor vive allí.

El sonido de las pinceladas se tornó furioso. El color olía a oscuro.

- La zona urbana se compone de unos pocos edificios grandes y muchos pequeños arremolinados en torno a ellos. El teatro, el estadio, el museo, los centros comerciales, el colegio, la universidad. Callejuelas serpentean entre ellos y todas las calles abren caminos infinitos para llegar a cualquier sitio. Todos terminan en la costa, donde empieza este puente de Coral. El mar es un contraste frente a los picos montañosos y el núcleo urbano en medio.

Las pinceladas sonaron más amables y los colores más vivos.

- ¿Ya está? – Preguntó el artista con un leve jadeo.

- Sí. Esta es mi visión. ¿Qué tal ha salido?

- Apasionado y sensitivo. Puro arte. ¿Quiere verlo?

- Es pronto para eso. – Jester también jadeaba. – ¿Ya lo ha terminado? ¿No tiene detalles que añadirle?

- Pinto rápido pero soy detallista. ¿No se va a girar, entonces?

- No. – Confesó Jester. – Cada cosa a su tiempo.

El artista rió. Todo en él era candor y bondad, o eso transmitía.

- De acuerdo. ¿Sabe qué? No llevo dinero para dejarle propina. Ya sabe, los artistas también somos pobres.

- No hace ninguna falta. Ya ha visto qué ropa llevo y el platillo, supongo. ¿Se ha girado para contemplar la ciudad que le estaba describiendo? Eso es hacer trampa. Ha copiado.

- Le juro a usted que no me he girado ni una sola vez, al igual que usted tampoco lo ha hecho. Seguimos sin habernos visto. ¿Cree que es una buena forma de entablar una amistad?

- Está corriendo demasiado.

- Lo siento. Cuando hago arte voy en volandas y la aceleración me hace hablar más de la cuenta. No he visto el platillo ni la ropa que lleva. Si insinúa que es un vagabundo callejero, para mí no lo es. Le diré lo que haré: voy a regalarle los cuadros.

- No puedo aceptar eso.

- Sí, sí que puede, y debe.

- ¿Por qué? ¿Por qué me regala su arte?

- ¿Qué por qué?

El artista eliminó el tono afable que había mantenido durante toda la conversación. Jester se imaginó al sol enfocándole, haciéndolo brilllar atrayendo toda la atención, incluso envuelto en un amarillo brillo religioso. Cuando habló lo hizo con la voz bien firme.

- Porque el arte es un regalo continuo que la humanidad se ha hecho desde la noche de todos los tiempos y nunca ha de perderse esa tradición. Es el mayor legado para calcular la verdadera medida de un hombre, su mente, y su capacidad para expresarse. Si no tenemos eso, ¿qué nos queda? ¿Qué puede demostrar la historia que no se sepa ya? El arte, amigo, no debe olvidarse ni comercializarse. No estamos autorizados a ejercer de mercaderes con él.  ¿Cree que lo que hace un artista es fortuito? ¡Todas nuestras creaciones obedecen a la razón de algo superior! ¡No somos más que herramientas ejecutoras, y debemos aceptar nuestro rol como tal! Es algo más atrevido que la ignorancia y más infinito que la estupidez humana. Y no lo dejes suelto, que se apodera del mundo. ¡Maldita sea! ¡Rembrandt, Poe, Chaplin, Pink Floyd! ¡¿Quién coño os creéis que somos?!

De repente, el cielo se oscureció. Las nubes taparon todo, hubo un destello, el sonido y finalmente la lluvia. Gotas gordas y pesadas. Jester agachó la cabeza, incapaz de decir nada. El discurso del artista le había asustado la voz, y no saldría en un tiempo.

- ¡No se preocupe, estoy cubriendo los cuadros con una lona! ¡Ni la lluvia ni nada acabará con ellos! – Exclamó el pintor. A juzgar por el cambio del sonido de las gotas, ahora repiqueteando fuertemente sobre plástico, asi era.

- – Los nombre del reino, amigo. – Continuó. – Los que tenemos la sensibilidad necesaria para traducir en arte lo que sentimos debemos jurar por lo sagrado que así lo haremos. Es nuestra contribución para el legado de nuestro tiempo. Un día estudiarán nuestros nombres, nos venerarán como a dioses, y nos harán inmortales.

El agua corría por todo Jester, como un simulador de lágrimas provocadas por muchas cosas.

- Este es mi arte. Espero volver a verle, y saber su nombre. – Dijo el artista. – No lo olvide. Me llamo Daniel Montresor von Drake.

Y su presencia desapareció. Tras lo que parecieron horas la lluvia comenzó a cesar, y sólo entonces se giró Jester. Había dos lienzos tapados con una lona de plástico empapada. Se decidió a cruzar el puente, que ya no cantaba nada, y se plantó delante de ellos, con la islita aguardando detrás. Quitó la lona de un tirón, no sin cierto sentimiento de terror y prudencia. Se vió en el primer lienzo, de espaldas contemplando Painville tal y como la había descrito, que era tal y como era. Se vió en la misma postura acodada y el mismo abrigo, sin volver la cara. Drake había creado un Jester idéntico al original sin volver la cabeza para copiarlo, aparentemente. En el segundo lienzo estaba la islita, sin perder ningún detalle respecto a la original. Pese a la intuición de Jester, el dibujo era totalmente a colores vivos, en vez de a negro. Algo había fallado, pensó. El efecto de ambos lienzos unidos era sobrecogedor, pues encajaban a la perfección. El puente hallaba sus puntos de encaje, el mar completaba las formas de sus olas, e incluso las nubes dibujadas en el cielo formaban una simetría perfecta. La ciudad grande y la isla, no enfrentadas, sino contemplándose, y Jester en medio contemplando. Sólo había un pequeño punto a debatir. De tratarse de una sola ilustración gigantesca pintada como si de una fotografía manual se tratase, el artista debería situarse en un punto estratégico para tener ese punto de vista. Alejado a bastante distancia, concretamente, flotando en el aire a unos cuantos metros sobre el mar.

*****

El detective Coop V. Livingstone tenía trabajo por delante. Maltrecho pero curado, volvió a tomar la taza de café intentando sobreponerse al dolor en el brazo. Le dolían los dos brazos por haber estado sujeto por ellos. El dolor del estómago era más tenue ya, si bien la nariz no volvería a tener buena pinta en un tiempo. Se la había arreglado él solo, en su casa, a la mañana siguiente de la reyerta tras haber pasado la noche tendido en la calle. Ahora habían pasado 48 horas desde que llegó a su casa y había vuelto a salir. Necesitó 24 horas de sueño y 24 más para rehacerse y pensar en cómo actuar., ahora que estaba solo frente a la investigación. Resultó no estarlo del todo, o al menos eso parecía. El forense lo acompañaba en la cafetería, en una mesa apropiadamente alejada de la barra para que nadie interfiriese en la conversación. Era un hombre mayor que él y que Lydecker, muy delgado, más que flaco, transparente si no fuese por las arrugas. Poco pelo y gafas muy redondas tras las cuales unos ojos que habían inspeccionado muchos cadáveres inspeccionaban ahora a Livingstone, y la expresión no era demasiado diferente.

- Eres una celebridad en el cuerpo, Coop. – Comentó el forense sorbiendo el café.

- No quiero saberlo, Adrian. – Livingstone hizo lo mismo con su taza.

- No paran de hablar de ti, eso es cierto. Pensaban que eras un cobarde sin sangre, pero muchos empiezan a valorarte. Sobre todo Lydecker.

- Estoy segurísimo de ello, sí. – Ironizó Livingstone. – ¿Ha comentado algo?

- Sorprendentemente, no ha dicho nada. Reacciona de forma muy violenta a la mención de tu nombre, por lo que los chicos han aprendido a no decir nada cuando él está cerca. ¿Qué piensas hacer, Coop?

- Seguiré investigando por mi cuenta. El altercado con Lydecker se debió a…diferencias de enfoque.

- Ya. Bueno, por eso estoy aquí. Nadie se ha quedado llevando el caso de Henry Johnston, nuestro amigo de las semillas. – El forense puso sobre la mesa la bolsita de plástico con semillas que habían encontrado en el bolsillo del cadáver.

- Así es como se llamaba entonces. Gracias por decírmelo. – Dijo Livingstone. – ¿Puedes decirme algo más?

- Nada de interés. He estado con los familiares en el depósito y las semillas son de árbol álmez. Lo enterraremos el domingo, creo, y espero que para entonces Lydecker haya decidido hacer algo.

- ¿Qué ha dicho la prensa?

- Qué va a decir. Una mención en la última página y “se esperan más datos”. Así se hacen las cosas en esta ciudad, sin mucho revuelo.

- Cuando haya más crímenes seguro que lo habrá. – Comentó Livingstone. – Y los habrá si no nos ponemos a trabajar. Dime todo lo que sepas sobre las últimas 24 horas de Johnston, y dejemos las semillas aparcadas para cuando tengamos algo sólido.

- Johnston no era nadie demasiado especial. – Dijo el forense. – Te daría información, pero tengo que ir a trabajar. Algunos, ya sabes, aun estamos en el cuerpo.

- Ya, Adrian. A partir de ahora lo haré solo, pero siempre se agradecen los datos.

El forense se levantó, cogiendo las semillas, y se dispuso a irse.

- Una última cosa más. – Dijo. – Sería buena idea que te pasases por la librería Milfay. Creo que Lydecker mandará un par de agentes, pero dudo que se presenten antes de las 10. Ya sabes…

Hizo un gesto de desdén. Livingstone acabó el café de un sorbo y se puso en pie.

- ¿Librería Milfay? ¿Ha pasado algo relacionado?

- Ya nos veremos, Coop. – El forense caminó rápido y desapareció por la puerta.

Al abandonar el rincón dejaron de estar en las sombras, y al no haber tiempo para observaciones metafóricas Livingstone hizo una rápida asociación de ideas con las semillas, el asesinato, el árbol que creyó ver, la pintada de patéticas aspiraciones y tenebrosas sospechas, la librería Milfay, y su mente se detuvo allí un segundo antes de salir corriendo en esa dirección.

*****

- Ellos dicen…sólido, solidoce probetéico. Te acusan con sus llameantes miradas, más no desean descubrir.

La señora Creed balbuceaba en la silla tras el mostrador, aun en shock. Había libros esparcidos por el suelo, y desperfectos varios por todos lados. Livingstone se armó de paciencia, consciente de que no disponía de todo el tiempo que le gustaría.

- ¿Quiénes han sido? ¿Cuántos? ¿Cómo vestían? ¿Qué buscaban? ¿Qué se han llevado?

La mujer lo miró desconcertada sin salir de su estado. Livingstone se paseó nervioso por la tienda, evitando los desniveles que creaban los libros del suelo.

- Siento ametrallarla de esta forma, pero no tengo tiempo para hacerlo de otra manera. Sólo dígame lo que pueda.

Le tomó la mano. Ellen Creed cerró los ojos y derramó lágrimas de abandono de shock y bienvenida a la realidad.

- Sólido probetéico.

- ¿Qué es eso?

- Como definirse ellos. Raros.

- ¿Qué es lo que buscan?

- Lo que era antes.

- No comprendo, señora Creed.

- Las palabras del pasado que talan presente.

- ¿Talan? ¿Cómo los árboles?

- Son árboles.

- ¿Los árboles se talan a si mismo? ¿A sus semejantes?

- Sólidos probetéicos.

Livingstone se pasó una mano por la frente. Ellen Creed había vuelto a quedarse en shock. Alguien ocupó la puerta. Las miradas del recién llegado y del detective se encontraron, colisionaron, y se vieron desplazadas. Cuando Livingstone fue capaz de volver a enderezar la vista, no había nadie en la puerta. Las facciones de la mujer habían adquirido un rictus de terror.

- El otro.- Masculló.

- ¿Otro qué? ¿Raro, sólido, árbol? ¿Quién era ese?

- La serpiente. El chico. Palabrador. Da la vuelta.

Y con estas palabras Ellen Creed se desmayó.

Livingstone voló a la calle en pos de la figura informe que no había visto propiamente, y como en los peores telefilmes no había ningún rastro de ella. La librería estaba sita en la calle principal de la ciudad, una gran vía amplia y ancha donde no cabía el ocultarse. La figura parecía haberse volatilizado, posiblemente cayendo a través de una trampilla callejera oportunamente colocada que diese a parar al escondite secreto de los tipos malos, los supuestos Àrboles. Desde luego que aquella sombra, con su breve y misteriosa apariciòn, se había adjudicado sin peligro de duda la honorable identidad de principal sospechoso de todo. Livingstone se movió en círculos por la gran vía, por la que curiosamente y a pesar de estar a punto de entrar en el horario de trabajo para la gran mayoría de residentes, no había un alma.

- No lo encontrarás hoy. – Dijo una voz a su espalda. El detective se giró. El forense sostenía la bolsa de las semillas en una mano mientras lo miraba.

- ¡Adrian! ¿Tú también lo has visto? – Inquirió Livingstone.

- Se le ve a kilómetros, la verdad. – Asintió el forense. – Por eso no hay nadie en la calle a estas horas. Hoy es día de reconversión, nadie quiere verle.

- ¿De quién se trata? ¿Es el asesino? Empiezo a pensar que soy el único gilipollas que no sabe lo que está pasando. – Livingstone volvió a sentirse engañado y enfadado.

- No sé si es el asesino, aún es pronto para decir nada.

Livingstone aferró al forense por las solapas del abrigo.

- ¡Dímelo, Adrian! ¡Esta muriendo gente y tú sabes quién es el culpable!

El forense no hizo nada por zafarse, pero su expresión tampoco cambió.

- No me entiendes. Conozco a esa figura, mucha gente en Painville la conoce. Lo que quiero decir es que no sé quién va a ser esta vez.

Livingstone lo soltó. El forense no daba la sensación de mentir, pero poseía la habilidad vampírica de hablar sin decir toda la verdad, lo cual no era muy diferente. – De todas formas. – prosiguió el hombre. – no quiero que pienses que apoyo los asesinatos.

- Entonces ayúdame. – Rogó Livingstone. – Dime algo que me sirva de verdad.

- ¿Estàs dispuesto a seguir con esto?

- Lo estoy. – Juró. – Hasta sus últimas consecuencias.

- Entonces…- Titubeó el forense. En ese momento, su teléfono sonó. Tuvo que mirarlo, con una mueca de desdén.

- ¿Qué pasa? – Preguntó Livingstone. – ¿Otra excusa para no contarme nada?

- Eso me temo. Ya vienen del cuerpo a investigar lo de la librería. Tengo que irme, Coop, y tú también. No deben verte cerca,

- ¡Maldita sea, Adrian! – Gritó Livingstone, visiblemente enfadado. – ¡Dame una pista o te rompo la nariz!

- ¿Como a Lydecker? – Respondió Adrian con calma.

- Peor que a Lydecker. – Afirmó Coop. – Esta vez no habrá nadie para sujetarme.

- No lo dudo. Tengo que irme, tío. – El forense se dio la vuelta, y un segundo después volvió a girarse a tiempo de sujetar el enérgico brazo de Livingstone, que iba raudo a agarrarle con la mano abierta.

- Obra de culto. Ya está.

Los dos hombres se soltaron. – Obra de culto. – Murmuró Livingstone. – Te lo agradeceré si me lleva a algo.

- Ya, quién sabe. Adiòs, Coop. – El forense se giró y Livingstone no vio su trayectoria porque comenzó a alejarse en dirección contraria.

Obra de culto. Hombre sombra que da la vuelta. Chico. Día de reconversión. Ideas que necesitaban una asociación urgente. Sin rumbo fijo pero con certeza de cual sería el siguiente paso, caminó en pos de perderse entre calles.

*****

Esa misma tarde, un chico con un ojo más dañado que el otro estaba frente a la librería Milfay, que se hallaba cerrada. Maldijo entre dientes al comprobar que seguía siendo horario laboral, y dedujo que algo había pasado con Ellen Creed. Barajó la idea de ir a visitarla a casa si no abría en unos días, ya que necesitaba encargar más libros, y recordó el sólido probetéico de la última vez. Lo relacionó con la ausencia de Creed, y también recordó como lo habían atemorizado en su anterior incursión callejera. Lo recordó con mayor intensidad cuando alguien se detuvo a sus espaldas.

- Estaba seguro de que te encontraría aquí. – Dijo Livingstone.

En algún lugar, Jester miró al cielo.

Charlie se giró y quedó frente a frente con el hombre que parecía tener razones para acorralarlo. Un tipo rubio, joven, no más de cuatro o cinco años mayor que él, con gabardina beige. El arquetìpico detective justiciero.

- Charlie, la estrella de la ciudad. ¿Eres tú, verdad? – Preguntó Livingstone desafiante.

- Vaya. – Contestó el chico. – ¿Quieres un autógrafo?

Livingstone negó con la cabeza.

No estoy interesado en aprendices de escritor adolescente.

Eh, eso es una gran mentira. – Charlie se molestó. – ¿Aprendiz? Vivo de esto, y de adolescente nada. Ando por los veintipocos. ¿Cuántos tienes tú, Poirot?

No te importa. ¿Sabes? Acabo de volver del taller de teatro de la ciudad, ya que tus amigos me han dirigido a ti con las palabras “si no está aquí estará en la librería, y si no está en ninguno de esos sitios está en su casa, y allí es bastante difícil llegar”.

Yo no los llamaría amigos. Lea, quizá. Compañeros de trabajo, más bien. Ayudantes, jefes, subordinados. “Amigos” es un título reservado a gente menos corriente.

Ambos rieron. Las risas, adversas, se enfrentaron en el aire, mirándose agresivamente y calibrando las sensaciones que se ocultaban tras los secos sonidos.

- Me advirtieron de que dirías algo así. – Prosiguió Livingstone. – No debes ser fácil, pero ellos parecen tenerte en cierta estima. Si te soy sincero, no les entendio. – Añadió en tono cortante.

- Yo tampoco.

- ¿No eres el héroe de la ciudad? Me consta que eres el talento en la sombra. – Bromeó Livingstone. – El creador al servicio de la gente común. – No se molestó en disimular el tono paródico, lo cual divertía a Charlie.

- No exageras demasiado, aunque no creo que haya mucha gente que piense así. No tanta como debería, desde luego.

- ¿Por qué, Charlie? ¿Eres, acaso, demasiado importante como para anteponer tu literatura a su dignidad? – Le instó Livingstone. – ¿Acaso te extrañas cuando se sienten molestos contigo por haberlos criticado sobre el papel?

- Busco esa reacción. – Respondió Charlie. – Soy la voz de Painville, todo lo que has dicho y más.

- Claro, la gran mente lúcida y omnisciente. Seguro que si de ti dependiera, desterrarías a todos los que no alcanzan a ser tan listos como tú. – Livingstone fue directo. – Seguro que piensas que la incultura debe ser castigada.

- Ese es un pensamiento demasiado extremista, incluso para mí. – El chico permaneció tranquilo. – No negaré cierta simpatía por mi parte, sobre todo en los momentos de rabia y frustración, pero no es mi postura habitual.

- Ya lo veremos. ¿Conocías a Henry Johnston?

- No. – Charlie quedó pensativo un momento. – No me suena. ¿Debería?

- Puede ser. – Livingstone tomó aliento. – Hace dos noches alguien lo asesinó en un callejón, y después, usando esa misma sangre, escribió en la pared: “La incultura debe ser castigada”. Como puedes imaginar, eso te une al caso.

Hubo un breve silencio. Charlie abrió mucho los ojos, los cerró, y bajó la cabeza. Livingstone sopesó las posibilidades de que aquel chico fuese el culpable, y a su pesar se inclinó momentáneamente por su inocencia. Charlie rompió el silencio con una breve risa seca.

- Es bueno. Lo hiciera quien lo hiciera, tiene sentido del humor.

- ¿Sí? ¿Tú, por ejemplo? – Livingstone frunció el ceño, molesto.

- Hay que tenerlo para sobrevivir en estos parajes. Créeme. – Y aquí el chico sonó sincero. – Lamento su muerte, el crimen y todo eso, pero no tengo ni idea ni puedo darte ninguna pista.

- Pienso que sabes más de lo que dices. – Le acusó Livingstone. – Dime, ¿te dice algo el término “obra de culto”? Cuando lo he preguntado en el taller, todos han mencionado tu nombre.

- Por eso no son mis amigos, ¿lo ves? – Sonrió Charlie. – Lo primero que hacen es mandarme un perro de la policía.

- Mejor yo que el cuerpo de policía. Ya se habrían abalanzado sobre ti y estarías inmovilizado con una venda en la boca y una capa nueva de hematomas. – Mentira, claro. Livingstone estaba bastante seguro de que el actual cuerpo de policía no tomaría una actitud similar mientras James Lydecker siguiese al frente. Sorprendentemente, Charlie pensaba lo mismo.

- ¿Hablamos del mismo cuerpo? Si el comisario Lydecker es uno de los habituales del palco de honor del Sir William.

- ¿Te refieres al teatro? No estaba al tanto del nombre. – Livingstone no era precisamente aficionado a las representaciones y su visita al taller había sido su primera incursión en el teatro de Painville.

- Sí, el Sir William es como se llama el teatro. Escribo para él y me gano el sueldo con ello. – Confirmó el chico. – Y Lydecker es un gran aficionado. No me causa una gran simpatía especialmente, pero es un hombre con gusto cultural. Debes de saberlo bien, es tu jefe.

- Sí, al menos contractualmente. – Dijo Livingstone. – Esa afición suya explica muchas cosas.

- ¿Cómo qué?

- Olvídalo. Escucha, Charlie. Voy a serte sincero. – Livingstone volvió a tomar la ofensiva. – Creo que de una forma u otra estás relacionado con el asesinato, y estoy seguro de que sabes algo. Tengo preguntas que hacerte, y de tu cooperación dependerá que esté contigo o contra ti.

- No quiero que estés conmigo. – Rechazó Charlie. – Si tengo que ser sospechoso, me gusta la idea. Tener ese perfil me hará más atractivo e interesante, si cabe. Sería una forma de expandir mi sombra.

- ¿Còmo puedes ser tan prepotente? – Livingstone cerró los puños. – No me extraña tu fama ni que te odie toda la ciudad. ¿Vas a responder a mis preguntas o vas a pasar? Porque, la verdad, te estoy viendo como una excelente cabeza de turco.

- Una cabeza que nadie ha pedido.

El tono de las voces se iba alterando.

- ¡Charlie! ¿Cuál es la obra de culto? – Gritó el detective.

- ¡Me encanta ser así! – Rugió el escritor. – ¡El talento en la sombra! He pasado años, sabes, amargándome por sus estupideces, las de todo el mundo, pero acabé viendo que no conduce a nada. Y ahora les ha tocado a ellos el tiempo de amargarse.

El ojo derecho del chico, con un punto rojo, palpitó y parpadeó varias veces antes de que el rojo brillase.

- Porque hablo con la verdad. – Prosiguió. – ¡LA VERDAD! Y me siento mucho mejor hablando de sus ridículas, patéticas y analfabetas existencias coronadas por su total insensibilidad. Es algo que se tienen merecido por tanto tiempo de frustrar mi inquieta existencia. Y si aún quieres más motivos, mi bienestar está por encima de cualquier estúpido servilismo barato que quieran imponer. Noto el puto Schandenfreude corriendo por mis venas, tío. Pagarán por haber cercenado las raíces de la creatividad, o haberlo intentado al menos. ¿Quieres oírlo? Me siento estupendamente bien escribiendo sobre ellos, y si ese Henry Johnston era otro inculto vulgar, simple y corriente, me parece bien que lo hayan ajusticiado. La ignorancia debe ser castigada.

Se produjo un histórico silencio entre ambos estandartes de diferentes justicias. Fuera de ese microcosmos creado por sus ideas, el día de reconversión seguía siendo respetado, ya que ni un alma, salvada o no, caminó por las calles en ningún momento. Alegato sordo para sus víctimas. Definitivamente, Charlie y Livingstone no iban a colaborar juntos. El escritor se había adjudicado el letrero de S-O-S-P-E-C-H-O-S-O en luces de neón sobre su cabeza, y eso era un hilo del que tirar a la hora de ir destapando el misterio. El asesinato de Johnston había sido, en efecto, obra de culto.

- Gracias, Charlie. – Dijo Livingstone calmadamente. – Me has puesto en bandeja un hilo del que tirar.

- ¿Te pongo otro? ¡Yo no he matado a nadie! – Grito Charlie. – Vuelve cuando tengas pruebas de algo, gilipollas.

Fue cosa de medio segundo, pero el rubio detective no precisó de más tiempo para inmovilizar al chico contra el escaparate de la librería sin apenas golpearle. Charlie se sacudió sin conseguir nada, y se detuvo en cuanto Livingstone le sujetó las muñecas firmemente sin necesidad de esposas. Pese a la ilegabilidad de las mismas en tal circunstancia no dudaría en utilizarlas si las cosas se ponían peores, pero bajo ninguna circunstancia podía detener al chico. No podría encerrarlo en ningún sitio por no estar en el cuerpo, y por otra parte era una medida demasiado dura para un sospechoso informal. Lo mejor era asustarlo para hacerlo hablar algo más,

- Podría romperte las muñecas con un giro de mi mano. – Le susurró amenazante. – Y no volverías a difamar.

- Si crees que me voy a agitar violentamente para que me sueltes, crees mal. – Le sorprendió la calma de Charlie. – He sujetado así a algún pasmarote y sé que con cualquier movimiento brusco que hagan se rompen la mano. Por eso voy a esperar a que te calmes, me hagas las preguntas pertinentes, te responda con más o menos certeza e imaginación, y me sueltes para irte a perseguir a cualquier otro que coincida con tus creencias de lo que debe ser un sospechoso.

Livingstone, pese a que no esperaba el brusco cambio de la exhaltación a la tranquilidad de su prisionero en una situación tan tensa, procuró no disminuir la presión ejercida.

- Muy bien, joven Bukowski. – Decidió empezar el interrogatorio con una broma de lo que, suponía, no se alejaba mucho del sentido del humor de Charlie, buscando su comicidad. – Yo digo una cosa y tu respondes lo que sepas. Así, haremos una asociación de ideas personal e intransferible. Empiezo: Obra de culto.

- Expresión artística sin reconocimiento mayoritario pero idolatrada por un pequeño sector de fans, simplificando. – Respondió Charlie. – Esas obras son atemporales, no van con las modas, y esos fans son los seguidores más fieles que existen. No fallarían en hacer cualquier cosa para demostrar su fidelidad por la obra, o en cualquier intento de relanzarla si se diesen las circunstancias.

- Bien. ¿Por qué me han dirigido a ti los del teatro al escuchar ese término?

- Soy escritor, tío. Escribo cosas, soy conocido en la ciudad. Tengo mi sector de fans, puede decirse. Algunas de las obras que son representadas en el Sir William, escritas por mí, para ellos son como La Biblia.

- ¿Sectores de fans que matan a los contrarios a su ideología?

- Joder, pues espero que no. Ni a mí ni a ellos nos gustan los incultos, pero no iríamos por ahí matándolos.

- ¿Quiénes son tus fans? ¿Sólidos probetéicos? ¿Árboles?

- ¿Qué? No te entiendo. Afloja la presión, por favor.

Livingstone bajó la presión con la que atenazaba las muñecas de Charlie, pero siguió sujetándoselas con firmeza.

- Sólidos probetéicos. Es algo que me dijo esta mañana la señora Creed en su estado de shock. Acusaba a los que habían asaltado esta librería.

- ¿Qué le ha pasado a la señora Creed? – Charlie no sabía nada de eso.

Livingstone le relató lo sucedido, omitiendo la aparición de la extraña sombra y todo lo relacionado con ella, incluyendo las palabras del forense.

- Supongo que estará bien. – Añadió. – Debe estar recuperándose en su casa.

- Espero que sea así. – Dijo Charlie. – Le tengo cierto aprecio a esa anciana, y conoce mi obra. No diría que llega al estatus de fan, pero es la que me consigue los libros que le pido. Suéltame, joder. Estoy respondiendo, no voy a hacer ninguna brusquedad a estas alturas.

Livingstone soltó totalmente las muñecas de Charlie, pero se mantuvo delante para bloquear cualquier posible huida. El chico parecía el tipo de persona de la que nunca nadie debía fiarse plenamente. Charlie se frotó las doloridas muñecas.

- Tampoco sé a lo que te refieres con lo de “Àrboles”, de verdad. Lo siento. Y sobre mis sectores de fans, acude al teatro alguna noche de representación. No hay ninguna asociación ni club en torno a mi figura, de verdad. No están organizados. Solo son personas de distintas edades a las que les gustan mis obras, nada más. No son asesinos ni conspiradores.

- Acabas de decir que, para ellos, tus obras son como La Biblia. Eso no tiene mucho sentido si solamente les gustan, ¿no crees? – Inquirió Livingstone.

- Hablaba en general, no puedo responder por todos. Pero si quieres saberlo, el jefe Lydecker es uno de los seguidores más apasionados. Cuando lo observo en las representaciones, aplaude y vitorea como si estuviera poseído. – Charlie tragó saliva. – Da miedo, realmente. Creo que lo odio, pero no se lo digas. Me da muy malas sensaciones.

- Descuida. – Livingstone no creyó oportuno contarle nada de la sospechosa reacción del comisario ante el cadaver de Henry, pero una terrible idea se alzó en su  rubia cabeza, esgrimiendo luz roja. Muy alarmante.

- Está bien, veamos. – Dijo. – ¿Cuándo tenéis la siguiente representación?

- No lo sé. No hay nada planeado. Suelen caer en viernes, pero no todos. Quizá dentro de dos semanas. Fíjate en los carteles que vayan apareciendo. Si vas, no esperes verme en el escenario. Suelo estar oculto vigilando las reacciones del público. – Confesó el chico.

Livingstone se sorprendió pensando constantemente en Charlie como “el chico” que mencionó la señora Creed. Una rápida e inconsciente asociacón, pero no creyó equivocarse al ver establecida la relación entre ambos.

- Puedes irte. – Le dijo. – Es posible que aparezca por el teatro a ver lo que se cuece.

- Genial. – Respondió Charlie. – Me voy. No te echaré de menos si no te veo allí, y su te veo no perderé detalle de tus reacciones. Por muy detective que seas tienes pinta de inculto, así que ten cuidado con el asesino. Si es como tú dices, te tendrá fichado, ¿no es así? Demonios, no te echaré de menos si no te vuelvo a ver. – Empezó a alejarse junto con el atardecer. El resplandor que creía emitir se fue atenuando a la par que el del sol. – Venga, hasta luego.

- Hasta luego, majo. – Murmuró Livingstone. – Ten cuidado con el asesino tú también, sobre todo en los callejones oscuros.

- Pero yo soy culto, estoy a salvo. ¿No se trata de eso? – Ironizó Charlie mientras se esfumaba en la distancia hasta desaparecer.

Livingstone asemejó ese proceso con la instantánea volatilización de la sombra de la mañana, pero lo de Charlie había sido gradual y totalmente posible, incluso poético si se mencionaba el hecho de que parecía haberse fundido con la oscuridad, el atardecer y la propia ciudad. Y lo peor es que había resultado bello, como si fuese parte de la esencia de la ciudad. A pesar de la reveladora conversación, perfectamente podía ser así. Suspiró y se apoyó en el escaparate de la librería Milfay, donde se había desarrollado todo aquel largo día.

“Interrogatorios, pistas y enfrentamientos”, pensó, “una tranquila vuelta al trabajo”. Que Lydecker tuviese algo que ver con el crimen ya se le había pasado por la cabeza a tenor de su actitud, pero investigarle era otra cosa muy distinta. Su, quizá ya, ex – jefe podía ser muchas cosas, y sin duda las era, pero la idea de seguirle en secreto sin ser descubierto era profundamente optimista. Y además, surrealista y poco probable. Por otra parte, la pista de los Árboles y los sólidos probetéicos no era nada tangible, nada era lo que sabía con certeza. Sacó su libreta y se organizó de forma simplista pero eficaz:

1. Árboles. Semillas. Metafóra del culpable.

2. Sòlidos probetéicos, = ¿“Raros”?

3. ¿Sólidos – raros – Àrboles?

4. Visitar a Ellen Creed.

5. Charlie. Cambios de humor. – ¿Sombra?

6. Charlie – ¿Árboles?

7. Charlie – ¿Hombre que da la vuelta?

8. Puntos anteriores – ¿Culpable?

9. Hallar interrelaciones entre todos.

10. Teatro. Lydecker. ¿”Raro”?

11. Investigar bajos fondos. Jester.

Demasiado misterioso. Tal vez todo estuviese relacionado, tal vez sólo algunas partes. Quizá todo era un montaje para comprobar sus reacciones, una paranoia. Pero había muerto una persona y otra había sido atacada. Retirarse ahora era peor que la cobardía, era una autonegación frente a sus ideales. Se juró seguir siempre adelante. Pero antes de eso, Livingstone necesitaba una noche de descanso para reorganizar su estrategia y todas las ideas, o acabaría perdiendo un tornillo. Las posibles asociaciones, entrelazándose, eran infinitas. Pensando por primera vez en su vida que anhelaba asistir a una representación teatral, se alejó en dirección a su piso. No vio a sus espaldas la aparición de tipos con abrigos y barbas saliendo de la oscuridad.

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6 comentarios

  1. mikel dijo:

    Me ha encantado la escena del puente. La escenificación es cojonuda, muy peliculesca.

    • uroboros87 dijo:

      Vaya, me alegro.

      Me tomé esa escena como si tuviese que rodarla y dar indicaciones a los cámaras de lo que se debía y no se debía ver en pantalla. Por eso parece cinematográfica, pero a la vez es un homenaje a la pintura.

  2. vlanq dijo:

    Menudo tocho de capítulo 8 O.

    Secundo lo dicho ahí arriba. Muy buena la escena del puente. Me ha gustado bastante lo que has mostrado del personaje de Drake y su filosofía sobre el arte. Espero que salga más *ejem*.

    Tengo que decir que estoy tan liada como Livingstone. Y sospecho de Charlie, al igual que él, aunque me hayas dicho que no es el asesino (8 O).

    PD: No sé qué leches es un “sólido probetéico”.

    • vlanq dijo:

      Se me ha olvidado decir que me ha encantado el principio del capítulo, aunque eso ya te lo comenté por el mésenller.

      FIN DE LA TRANSMICION

  3. uroboros87 dijo:

    “Sólido probetéico”.

    Charlie, en el capítulo anterior, piensa “¿Pero de qué probeta se ha solidificado semejante ser?” cuando ve al raro en la librería. No es más que una frase para indicar rareza extrema, y eso es su adjetivación.

    Drake es un personaje creado en 2005, pero desde entonces he ido sabiendo más cosas de él, hasta el punto de tener que meter su historia en esta novela (y queda mucho para desvelarla).

    PD: Livingstone es el personaje que representa al lector porque no sabe nada y va investigando sacando las mismas dudas y conclusiones que vosotros. Esa es su función, porque por lo demás no me termina de convencer, pero es imprescindible para la historia.

    Gracias ^^

  4. vlanq dijo:

    Ah, no me acordaba de ese detalle xD.

    Curiosearé por tu otro blog, a ver si encuentro algo más sobre Drake.

    De nada, hombre.

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