5º Noche de reconversión

octubre 25, 2009 at 6:40 pm (Uncategorized)

Todos saben en Painville, unos con más conocimiento y medios que otros, que el hombre Uróboros ha regresado de su exilio, y el sentimiento de terror desconocido se retuerce en ellos imitando a la propia serpiente del símbolo. Su presencia es percibida desde el mismo momento en el que atraviesa la atmòsfera para descender a la ciudad de la que se fue hace tiempo indefinido, y aún sigue con forma intangible, pura materia eterna, habiendo trascendido hasta el infinito y siendo no más que una sombra. Setenta y dos horas han pasado. Y a la tercera noche recupera un cuerpo humano, en mayor o menor medida. Es la tradición. Y, como tradición, se teme su parte negativa. ¿Por qué, después de todas aquellas venidas a lo largo de los siglos sin lograr sus propósitos, quiere alzarse de nuevo como un Dios entre mortales? Nadie quiere salir a averiguarlo. Nadie, con algunas honrosas excepciones.

Para unos son raros, para otros sólidos probetéicos por el mismo motivo (“¿De qué probeta se han solidificado semejantes engendros?”), y ellos mismos se denominan como “Los Árboles”. Acuden a su reunión, cultos en procesión, colocándose en círculo bajo la luna que siempre les guarda los secretos. En el centro del círculo arde una hoguera en honor a Henry Johnston, y Othello y Romeo están presentes. El ritual va a dar comienzo. Antes de que la cámara mágica e invisible por la que miramos y espíamos todos estos acontecimientos nos prohíba ver más, los escuchamos murmurar al fuego. ¿Ha sonado esa palabra como “invocación”? Nos alejamos con la duda y volamos en la noche sobre Painville, sintiendo escalofríos cada vez que nos sobrevuela una sombra, y tratamos de poner nuestra vista a cubierto bajo los confortables techos de cualquier edificio. Pero no se nos permite entrar en cualquiera. Las personas a las que podemos espiar, las historias que debemos conocer, acuden a nosotros sin que las busquemos. La canción de la ciudad ha vuelto a atraparnos.

*****

Invocando un bostezo, Jester coge su hatillo y se levanta de su esquina habitual, ocultando sus pírricas ganancias diarias en el bolsillo interior del abrigo. Tintinean, por muy poco valor que tengan siempre causan más sonido que nuestro silencioso vagabundo. Hace un esfuerzo y coge los dos lienzos que le regaló Drake, bien tapados con la lona, para disponerse a buscar un sitio donde pasar la noche. Ninguno era seguro, claro. Por el momento, echa a andar. La canción de la ciudad le canta una siniestra nana, cargada de acordes irónicos. Le susurra que será su última noche. Jester cierra fuertemente los ojos, amarra los cuadros y el hatillo, y camina más rápido. En esa oscuridad autosumergida es capaz de evitar los choques, pues se conoce de memoria la distribución de los callejones. Está mudo y ciego, y desearía estar sordo para no tener que escuchar la canción que le persigue, pero no puede tener todo. Y gracias a ello, escucha un maullido lanzado en su dirección que le permite abrir los ojos y esquivar la cosa con garras que ha saltado a por él. Jester choca de espaldas contra una pared, frente al gato que planea comérselo, y deja caer los lienzos. No se rompen. El gato, en un alarde de originalidad, es negro y sus ojos amarillos lo escrutan de una forma predecible pero efectiva. Mientras se retrae para atacar de nuevo, Jester es incapaz de moverse de la pared y su voz no aparece por ningún lado.

- ¡Quieto, Jack! – Grita una voz, y el gato se relaja decepcionado.

Jester mira aliviado en dirección a la voz, y la dueña irrumpe en el arco de luz que los localiza. Posiblemente sea, en opinión de Jester, la única pelirroja auténtica de toda la ciudad, y esa sorprendente característica es suficiente para acallar a la canción, que duda ante la nueva presencia.

- A mis pies, Jack. – Dice la pelirroja, y el gato obedece a regañadientes.

Parece salida de una acuarela, piensa Jester, y no sabría especificar la categoría porque no sabe lo suficiente. De todas formas, el rostro de la chica llama la atención. Los pómulos son redondeados, los labios gruesos y lllamativos, y los ojos verdes de mil tonalidades distintas. En otra época, Jester la habría considerado atractiva. Lo será para cualquier otra persona, eso sí. Incluso Jack parece notarlo. El cuerpo es correcto, altura mediana tirando a baja, y lleva una mochila a la espalda. Los ojos se encuentran, y Jack también mira.

- Hola. – Dice la chica. – ¿A ti también te están persiguiendo?

Jester sigue sin poder hablar. Se señala la boca y niega con la cabeza. Jack suelta un bufido que suena a risa sarcástica, y la pelirroja lo entiende a la primera.

- Comprendo, eres mudo. Qué suerte tengo. – Ríe levemente, pero sin aparente maldad, a diferencia de Jack.

- A nosotros nos están persiguiendo unos raros, como los llama Charlie. – Prosigue. – Bueno, el los llama de otra forma… es igual. Nos vamos al teatro, a refugiarnos. No te diría esto si presintiese que eres uno de ellos, pero me das la sensación de ser justo lo contrario. ¿Quieres venir?

Jester asiente con cierta desesperación. Jack gruñe mientras el vagabundo recoge los cuadros para partir.

- ¡Ahí va! – Exclama la pelirroja. – Son preciosos esos lienzos. – Vuelve a sonreír. – Por cierto, me llamo Lea.

*****

El taller de teatro del Sir William los recibe con su generoso abrazo vacío para acogerlos como buenamente puede. Es de noche y no hay nadie allí, lo cual es perfecto para Lea. Mientras Jester se sienta apoyado en una pared fingiendo ponerse a dormir, ella se pone a lo suyo.

- No deberías haberlo traído. – Dice Jack. – Es un sucio vagabundo, por Dios.

- ¡Callate! No es sucio. – Contesta Lea. – Tengo un pálpito con él.

- Sí, también lo tenías con Charlie. – Comenta irónicamente el gato. – Y ya ves.

- Charlie te da mil vueltas. – Lea se levanta. – Estúpido gato… – Murmura. – ¡Y no mires! Tengo que ensayar.

- No entras en mis prioridades. – El gato salta hacia un rincón. – ¡Voy a buscar la cena!

Lea saca ropa de la mochila y se cambia, sin importarle que Jester la vea o no. Deja las botas manchadas de barro en un rincón apartado y se pone pantalón y camiseta anchas y cómodas. Sube al pequeño escenario y ensaya su papel. Jester la observa.

*****

- Que se nos considere dignos de servirle. – Dice el maestro de ceremonias de Los Árboles, junto al fuego, en medio del círculo.

- QUE SE NOS CONSIDERE DIGNOS DE SERVIRLE. – Corean Othello, Romeo, y el resto de raros presentes.

- Que Su sabiduría guíe nuestra Obra.

- QUE SU SABIDURÍA GUÍE NUESTRA OBRA.

- Que Su fuerza guíe nuestra Obra.

- QUE SU FUERZA GUÍE NUESTRA OBRA.

- Que nuestra Obra manifieste Su belleza.

- QUE NUESTRA OBRA MANIFIESTE SU BELLEZA.

- Que nuestra Obra sea aceptable a Su vista.

- QUE NUESTRA OBRA SEA ACEPTABLE A SU VISTA.

*****

Han tapado la luna. No sé qué estarán haciendo, pero han tapado la luna. Ni siquiera desde lo alto de la torre del homenaje alcanzo a verla. Como si un telón oscuro estuviese delante. Poco puedo hacer entonces, así que sigo con lo mío.

Bajo las escaleras de caracol y me planto en mi alcoba. Admiro enésimamente la inmensidad del microuniverso allí contenido. Todos los libros del mundo, o al menos los mejores, como no podía ser de otra forma, recubren las paredes en estanterías. Los discos, las películas, los cómics, los reproductores, la pantalla. La cama de época cubierta por cortinas, las alfombras rojo oscuro con elegantes adornos, los muebles y el escritorio de caoba. Inmensidad. Tengo lo que merezco.

Bajo a la cocina y preparo la cena. Podrían hacerlo mis sirvientas, pero en casos especiales nadie lo hace mejor que yo. Que se conformen con fregar desnudas y de rodillas, más tarde.

Bajo a la mazmorra. Abro la puerta sin precauciones y dejo la bandeja de la cena en el suelo. No hay riesgos. El prisionero yace derrotado, recostado en un rincón.

Le has mentido.

Claro que le he mentido.

Le has dicho que no tenías ni idea, y es mentira.

Pues claro. Yo siempre tengo idea de todo.

Le has dicho que no sabías nada de los raros.

Sólidos probetéicos, me gusta más así. Y por cierto, no tienes ni voz ni voto para decirme lo que tengo que decir y a quién tengo que decírselo.

Te detesto.

Yo a ti también, no te imaginas de qué forma. Si vas a tardar mucho más en morir, te mataré yo mismo antes de tiempo.

No puedes hacer eso.

Te sorprenderías de lo que soy capaz ahora.

Tenemos que detenerlos.

¿Qué? Eso no es asunto mío, ni mucho menos tuyo.

Es asunto nuestro.

Cállate o te haré daño.

Déjame salir.

Cállate.

Ve a hablar con el detective. Con Creed.

Avanzo hacia el prisionero.

Mi paciencia tiene un límite.

Ya está aquí.

Le doy una breve paliza y no se mueve lo más mínimo para defenderse. Antes de salir de la celda piso la cena y de una patada estampo la bandeja contra la pared.

Sé que se lo acabará comiendo. Total, tiene tiempo.

*****

- ¡Hermanos, encended vuestras antorchas! – Exclama el maestro Reichembach.

Los fuegos se alzan bajo la luna, como si fuesen a encender la pira funeraria del satélite.

*****

Odio la palabra “malogrado”. Suena muy negativa y fuera de contexto la mayoría de las veces. Siempre la usan para referirse a algún joven talento muerto antes de tiempo. River Phoenix, Antonio Vega el otro día, Jeff Buckley… Estupideces. Hicieron lo suficiente para ser recordados, y murieron cuando quisieron, porque así lo habían decidido. No hay ningún fracaso ahí, nada de malogrados. Es más correcto decirlo de mí, aunque no esté muerto. O sí lo esté. Al fin y al cabo, no radica diferencia ninguna cuando nadie puede oírme.

Desde la ventana alcanzo a ver montes y prados. Veo miles de senderos de tierra en ellos, serpenteando entre lo verde y amarillo. Hay una historia en cada uno de ellos. Quiero salir ahí fuera a recorrerlos, a perderme entre ellos, y escribir las historias que me encuentre. Se puede escribir sobre cualquier mota de polvo invisible que flote en cualquier espacio de aire en cualquier parte del mundo, incluso de la ciudad. Quiero salir de aquí y ser libre para hacerlo.

Él ha vuelto a humillarme. Sólo quise ayudarle a ayudarme. No estoy seguro del orden de esa oración. Si lo estoy. No hay luz aquí, sólo quedan bombillas fundidas. A Nikola Tesla me gustaría ver en esta situación.

Ha vuelto a humillarme. Se ha olvidado de cerrar la llave del todo.

*****

- Hernano Romeo. – Dice Reichembach. – ¿Es Uróboros uno o muchos?

- Uróboros es siempre uno, maestro. – Recita Romeo. – Pero se manifiesta en formas múltiples.

Las llamas crepitan. La luna se encoge bajo el oscuro manto que la tapa, para no quemarse.

*****

- Está realmente buena para ser humana. Mira como se mueve. – Gruñe Jack al lado de Jester.

El animal babea sentado sobre los cuartos traseros y sus ojos brillan. Los de Jester no hacen tal cosa porque a estas alturas sería pedirles demasiado, pero tiene que admitir que comprende al extasiado gato.

Lea se mueve grácilmente pero con una cargada expresividad en cada gesto y sin perder coherencia en el guión que recita. Ocupa el escenario con su personaje y habla a los espacios vacíos con un control perfecto del tempo y el clímax, y en cualquier momento parece que el telón, atado semioculto a cada lado, puede arder si intenta tapar la visión de la pelirroja explotando el arte de su alma.

- Y además, su alma explota cuando recita. – Sigue Jack sin perderla de vista. – No es una casualidad que sea pelirroja. Explota por dentro cada día, y es cuestión de tiempo que arda por fuera.

Jester casi siente ardor, pero no alcanza a distinguirlo. Cuando el gato se mueve, se da cuenta de que es el propio animal el que despide calor observando a Lea.

- Joder, la adoro. La he visto actuando desnuda y te transmite cien veces más. Y cuando pinta, y cuando camina pensativa en las pausas. – Ronronea Jack. – Y cuando me acaricia y suspira pensando en ese hijo de mil putas madres en llamas.

¿Es posible que un gato salido esté contándole todo eso? Y lo peor, piensa Jester, es que no puede seguir la conversación.

Lea clama al viento el final de su monólogo:

- Recordadnos, pues os hemos hecho partícipes de la noche más mágica que podemos ofreceros y si un día dejáis de creer en todo lo que habéis visto y oído, si nos olvidáis, moriremos.

Y con esto, baja la cabeza pero permanece en una postura tensa e inmóvil durante un largo minuto, a lo Michael Jackson con los brazos extendidos hacia abajo. Un millón de segundos después, alza la cabeza. Sudando, sonríe satisfecha. Ahora los tres están sudando. Lea salta del escenario y se sienta cruzando las piernas frente a Jester y al gato.

- Eso era “Sueños diabólicos”.

Sigue sonriendo. Jester cree que un huracán no lograría ningún cambio en ella.

- Eso eran los anhelos de grandeza del ya mencionado hijo de mil putas madres en llamas. – Se burla Jack.

- Desaparece, gato estúpido.

- Siempre a tus órdenes. – Jack se escabulle bufando.

Jester ofrece su mirada a Lea. Al seguir mudo, pero con deseos de comunicarse con ella, le muestra sus ojos y toda su cara inundada de expresividad para que la chica pueda leerla e interpretarle. Peores conversaciones han tenido lugar.

- Espero que te haya gustado, si lo has visto. – Dice Lea. – Quiero estrenarla dentro de poco, si a Charlie no le parece mal. Nadie sabe que me estoy preparando el personaje, y eso que intervengo poco. Me gustaría darle una sorpresa. Charlie ve dinosaurios, ¿sabes?, o eso dice. Me contó… Lo siento, ¿te estoy aburriendo?

Jester niega, sonriendo. Se señala la boca y niega con la cabeza.

- Siento que seas mudo. – Dice Lea. – Pareces interesante, y me gustan las conversaciones.

Jester hace un gesto de quitarse importancia y la insta a seguir hablando.

- De acuerdo. – Sigue la chica sonriente. – Me contó que veía dinosaurios, y tratándose de él me lo creo todo. La gente no le valora lo suficiente, pero yo sí. Y él lo sabe, te juro que lo sabe… pero finge que no. Es un genio. Es capaz de aislarse todo lo posible de las personas y a la vez escribir con más conocimiento que nadie sobre ellas. Supongo que para él es lo más correcto. Pero… ¿sabes?, es por eso que le odian. Al final es una cadena de consecuencias totalmente coherentes, creo. Odio, crítica, odio. Forman un Uróboros impecablemente perfecto.

Jester suda una gota.

- Charlie es un cabrón bastardo egocéntrico, pero adoro como escribe. Espero que nunca llegue a equilibrarse. – Ríe Lea. – El día que lo consiga, dejará de escribir. Claro que podría ser peor, seguir desequilibrado y dejar de escribir por algún otro motivo más surrealista e inútil aún. Por eso le admiro. Yo… ¿te importa si hablo de mí? Mi vida podría encuadrarse en una viñeta de cómic, pero una viñeta amorfa y sin ningún lado recto. Actúo, como ves, y puedo representar cualquier papel sobre un escenario, cualquiera. De hecho, me gusta realizar cualquier cosa que suponga una abstracción, como la pintura. Adoro pintar. ¿Esos cuadros son tuyos? Oh, no, no te pongas nervioso. Lo siento. Es solo qué… son preciosos. Podría enamorarme de ellos, de la persona que los pintó, de la ciudad que representan y de cualquier persona que viva en esa ciudad, aunque solo sea una pincelada de color.

Si Jester tuviese la posibilidad de tomar café en este momento, lo derramaría.

- Puedes enamorarte de un cuadro, cada línea, cada pincelada de color, represente lo que represente. Y al otro día, estará ahí colgado. Y tú vendrás enfadado, o quizás triste, o alegre. Pero podrás reinterpretarlo en función a tu humor, y aún así poder seguir sumergiéndote y abstrayendote en él. – Lea esplende. – Creo que por eso estoy enamorada de Charlie. No tiene ni idea de pintar, y lo sabe aunque solo lo reconocerá cuando se sobredosifica a base de té chino, pero para mí escribe a pinceladas. Amo la pintura tanto como la interpretación, pero no conozco a nadie con quien compartirlo. Jack tampoco sabe pintar…

- ¡Dame unas acuarelas y tu pecho descubierto y te demostraré que sí, pesadilla de pelo rojo! – Grita Jack hecho un ovillo desde un rincón.

- ¡Cierra el pico, gato estúpido! – Chilla Lea sin mirarlo. – Gato estúpido…no sabe pintar. Pero tu sí, ¿verdad? Esos cuadros son tuyos, lo presiento. Te conoces la ciudad a la perfección con esos ojos que me hablan. – Le toma las manos. – No paran de hablarme, y no quiero que paren, porque voy a acercarme más para interpretarlos, si no te importa.

Jester no sabe ni le importa, pero tampoco puede impedir lo que va a suceder a continuación.

Si pintaste esos cuadros, quiero sentir esas mismas manos sobre mí.

Lea coloca las manos de Jester alrededor de sí misma. Jester nota el calor. Lo siguiente es demasiado previsible, pero siente anhelo por sentir lo que sentirá según vayan pasando los segundos

- Y, si no te importa. – Los labios de Lea vuelan al cuello de Jester y van subiendo. – Voy a sacarte la voz de ahí adentro. La morderé y tiraré de ella.

Las manos de Jester han decidido moverse, y la boca de Lea también. En llamas, el abrigo es lo primero en caer. A partir de ahí vienen un millón de segundos no tan claros. En un momento indeterminado en el tiempo, una voz, Jester o Jack, se alza y Lea responde con firmeza.

- ¿Qué estás haciendo?

- Ikiru.[1]

*****

En llamas, la luna es lo primero en caer. Al menos su brillo, y se oscurece. “Ya no podrá esconderse allí arrriba”, piensa Othello. Reichembach parece eufórico.

- ¿Cuándo se manifiesta Uróboros en variedad de formas?

- Cuando se diversifica y desciende a los mundos inferiores, Maestro.

- ¿Por qué desciende?

- Por nuestro propio beneficio, Maestro.

- ¿Cómo se entiende esto?

- Por que sin Él no existiríamos.

- Así pues, ¿sómos Uróboros?

- Sómos Uróboros, Maestro, y por nuestro medio ha de brillar Su Luz.

- ¿De dónde procede esta Luz?

- Del ojo de Uróboros, Maestro, cuando contempla Su mundo.

- ¿Qué ocurriría si Uróboros retirase su mirada?

- El mundo cesaría de existir, Maestro.

- Así pues, ¿está Su Luz por doquier?

- Lo está, Maestro, pero en algunos la oculta la ignorancia.

- ¿Cuál es nuestra obra?

- Descubrir esta Luz oculta, Maestro.

- ¿Cómo podemos realizar esta obra?

- Cuanto más claramente brille la Luz en nosotros, Maestro, tanto más brotará la Luz oculta en nuestros semejantes.

- ¿Cómo es esto, Hermanos?

- Porque Uróboros es Uno, Maestro, y el Uróboros que hay en nuestro interior llama al Uróboros que está en nuestros hermanos.

- Asi pues, Hermanos, expresemos nuestra gratitud por lo que Uróboros nos beneficia, haciendo que Su Luz brille sobre otros, como hoy hemos hecho nosotros. Unámonos para dar gracias a Uróboros.

*****

- Quiero fumar. – Murmulla Lea, yaciendo desnuda junto a Jester. – Quiero opio, tabaco en pipa, algunas plantas, lo que sea, quiero fumar hasta que la vida me parezca flotante y maravillosa y pueda filosofear sobre cualquier mota de polvo y… y… yo que sé. Y lo quiero ahora. Menos mal que confío en mí. Dios, me amo tanto que no creo que sea normal, porque soy parte de esa mota de polvo. Puedo llorar durante horas abrazada a mí misma, pensando que mi vida es una mierda, y amarme a mí misma y a mí sola. Individualmente. Pensando que confío en mí misma, que mañana me levantaré y seré yo. Deseando pasar otro nuevo día junto a mí.

Jester la besaría en ese momento, en cualquier parte, y no podría dejar de hacerlo hasta desgastar la zona en cuestión, pero no se atreve porque comprende que el vitalista discurso de Lea es autoexclusivo y limitado en su expresión de amor.

- Siento… – Siente Lea – una poderosa fuerza, rabia o empuje en mi pecho, conteniéndose, bullando y pugnando bajo la piel, pero después de tanta tormenta se extiende por mí como un bálsamo. Es.. una maravillosa confianza en mí misma y una consciencia tal de ello, que aunque me hace totalmente conocedora de mi propio cuerpo solo, abandonado en la noche, con la única compañía de mi propia respiración, me llena de una sensación de poder que me relaja y sé que mañana o al otro amaré, disfrutaré y apreciaré cuanta cosa que sea merecedora de ello por mi parte.

La chica se levanta tal cual y se dirige al escenario. En él, se sienta frente a los lienzos. Jack, enamorado y silencioso, se desliza entre sus pies.

- Me encantan. – Dice Lea. – Por favor, déjamelos unos días. Quiero estudiarlos ¿Me los dejarás? – Sonríe y brilla.

Jester sigue sin poder decir nada, pero todo apunta a que se los dejará. Y si le pide que camine desnudo entre Los Árboles, también lo hará. Y seguramente Jack también.

En algún otro lugar, Drake sonríe.


*****


Un vórtice negro ha surgido de la oscuridad y está flotando sobre el fuego. Reichembach y los 12 Árboles están ansiosos, pero deben completar el ritual. En círculos, dan tres vueltas en procesión en torno a la hoguera. “Podrían ser sesenta vueltas”, piensa Romeo, “no existe ningún simbolismo en el número. Espero que esta lagartija cósmica se apresure en venir ”. Por otra parte, efectuar el ritual en la calle en vez de en la Logia no le convence demasiado, pero Reichembach se ha mantenido firme en su decisión sin dar ninguna explicación. Aquello sólo habría desencadenado en más discusiones eternas sobre simbología masónica, cosa que a Romeo le resulta lógica si quieren operar como una sociedad secreta similar.

La procesión termina y vuelven a situarse alrededor de la hoguera. El vórtice, susurrador y desafiante, hace daño a la vista. Es complicado delimitar su extensión y donde acaba el borde y empieza la noche estrellada, aunque por momentos parece que la fricción del giro hace muescas en la nocturna naturaleza. Algo se va a romper.

- Hermanos. – Exclama Reichembach levantando los brazos por encima de la cabeza. – Hemos vuelto a construir el templo de Uróboros que crea, sostiene y destruye los mundos. Todo lo demás es uno en Él. Nosotros le prometemos nuestra vida que de Él recibimos. Invoquemos su bendición.

- Prometemos nuestra vida a Uróboros, de quien la hemos recibido. – Exclaman con los brazos al aire, como ramas arañando el cielo. Bajan los brazos y prorrumpen en una maravillosa antífona final, repetiendo muchas veces el Nombre Sagrado de Uróboros. “Ya queda muy poco”, piensa Othello. “Vamos a romper la puta luna y sacar a esa lagartija de su interior”.

- La bendición, la paz, el amor y la vida de Uróboros permanezcan perpetuamente en vosotros. – Dice Reichembach visiblemente emocionado.

- ASÍ SEA. – Claman todos.

- ¡Uróboros! – Grita Reichembach al vórtice, elevando su antorcha. – Si has escuchado nuestra oración, personifícate ante tus siervos.

“Vamos, sabandija de mierda”, ataca la mente de Romeo. “Sal o quemamos la luna”. Lo cierto es que van a quemarla igualmente. Sus intenciones para con Uróboros no son hospitalarias.

- ¡Uróboros! – Vuelve a gritar Reichembach. – ¡Desciende para nosotros y vuelve al lugar del que nunca debiste marcharte!

El vórtice gira endemoniadamente. La luna se agrieta y brillante polvo lunar cae sobre ellos. Pierden la compostura.

- ¡La luna! – Gritan. – ¡Romperemos tu puta luna si no bajas! ¡Lagartija de mierda!

- ¡Maldita criatura cósmica! – Reichembach está desatado. – ¡Profeta diabólico! ¡Obedece la orden sagrada!

El vórtice gira más que nunca y se traga a Reichembach por completo. Acto seguido, también desaparece, dejando de arañar la noche y la luna. Todos los raros callan, incapaces de asimilar lo que acaba de pasar. Maestro y antorcha han desaparecido. “Joder”, la alarma inunda la mente de Othello. “Tenemosquesalirdeaquítenemosquelargarnosdeaquítenemosque…”.

- Está bien, pequeño ejército de fanáticos jodidos de la puta cabeza. – La voz del hombre Uróboros se alza, a años luz de los intentos de cualquier sectario por atraparlo. Suena como la voz de Dios, comunicándose en todas las mentes al unísono e inundándolas de terror religioso que no se va. – Tengo a vuestro líder. Os calmáis un rato, dejáis de joderme la luna y os vais a vuestra puta casa, o empiezo a cortar cabezas.

*****

Hay un tío extraño sentado ante mi ordenador.

Diez minutos antes, siento una presencia deslizándose por todo el castillo y trato de perseguirla, pero me da esquinazo para después cernirse sobre mí y desaparecer antes de que pueda girarme para descubrirla. Sigo corriendo, sigue persiguiéndome y sigue poniéndose delante de mí para hacerme ver que soy incapaz de alcanzarla. De pronto, todas las criadas yacen en el suelo. De pronto, dejan de yacer, y de pronto, dejan de estar. Hay ruidos atronantes con forma de música en las ventanas, chirridos que simulan gemidos y golpes que simulan golpes aun peores. La puerta de la prisión, abierta y libre, se balancea endiabladamente rápido y choca una y otra vez contra la pared. Los barrotes se quejan de forma ensordecedora, aullando como banshees en celo, y Charlie está a punto de escapar. En un esfuerzo sobrehumano, corro hacia él a través del viento polar que se ha formado con la corriente, y mientras vuelvo a meterlo dentro de una patada constato que ese viento viene de dentro de la prisión. En un plano secundario, las neuronas a las que relego el trabajo de oficina investigan en mis recuerdos acerca de si había alguna ventana situada dentro de la prisión y de cara al exterior, sin resultado aparente.

Ya está aquí.

Que te calles.

Te arrepentirás de no dejarme salir.

Le hago sangrar y cierro la puerta, quedándome helado en el intento. Cubierto de escarcha ante la prisión ahora cerrada, tardo unos minutos en conseguir moverme. En ese tiempo, largo como diez años en el desierto, una cara horrible surge de la oscuridad, de otro sitio y otro tiempo. La escarcha se rompe y corro como nunca, gritando como un demente, con la música de la orquesta de ruidos ambientales y casuales dejándome sordo. Las bisagras y postigos de las entrechocantes puertas y ventanas suenan como atemorizantes violines. Si algún día vuelvo a la normalidad no me olvidaré de engrasarlos. No quiero girarme para ver si la cara me persigue, pero da lo mismo. Estoy en mi habitación y hay un tío extraño sentado frente a mi ordenador, leyendo mis historias, hurgando en mi vida, bebiendo de mi petaca, fumando de mi pipa, hirviendo mi té, criticando mis opiniones, mirando por mi ventana, paseándose por mi alfombra, y lo único que puedo hacer parado en el marco de la puerta como un cuadro es mirar una y otra vez como repite cien veces cada una de esas acciones, como una suerte de eterno retorno representado gráfica y temporalmente. Y sin embargo, desaparece antes de que pueda hablar de su aspecto. Los ojos se quedan unos segundos más flotando antes de evaporarse con el resto de su, supongo, cuerpo, y me miran con suficiente fuerza como para empujarme violentamente. Mi espalda se queda con la pared y mi cabeza encuentra la esquina de un marco. Prefiero acabar en el suelo.

Anochezco frente a la ventana, aún sangrando. Temblando pero raudo, echo un vistazo temeroso por mi habitación. Todo parece estar en orden, pero la carpeta del ordenador donde almaceno los secretos ha sido abierta. Lo sé por el intrincado sistema de contraseñas, ahora violado. Lo restablezco, pero todos los documentos han sido, como mínimo, abiertos. Estoy demasiado aterrorizado para blasfemar y demasiado enfadado para pensar las consecuencias, cuando un gruñido apocalíptico casi consigue terminar con mi cordura.

Estoy en la ventana, ante el fin. Y el principio. Frente al castillo, ante la puerta, sobre el camino serpenteante de piedra, yace una gigantesca y grotesca serpiente escamosa que se muerde la cola. Es fea, condenadamente fea, y el brillo del polvo lunar flota en su dura piel. Su rostro se asemeja más al de un dragón, con prominentes orejas de bordes puntiagudos, y tiene cicatrices donde antes hubo patas, y antes, alas. Ojalá la evolución le prive de colmillos en su siguiente aparición, pues andan éstos hundidos deglutiendo su propia cola, sin tragar ni regurgitar, solo mordiendo hasta hacer sangrar. Pero no se ve en sus terribles ojos amarillos que sacie su hambre ni que llore de dolor. Brillan de ferocidad, pero tras ello están apagados. El silencio, ahora sí, es sepulcral y puedo morirme de miedo sin ningún prejuicio al contemplar a la milenaria serpiente Uróboros junto a mi castillo, recortados ambos contra la negrísima noche. Sigue sin verse la luna y, a tenor del infernal dolor en el ojo, creo que pronto estaré oficialmente tuerto.

uroboros_sophia


[1] En japonés, “Vivir”.

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6 comentarios

  1. otroserdelaverno dijo:

    ¿Pronto muerto?

    No caería esa breva…
    Sí que tiene que acojonar.
    Por lo demás, bien sabes ya qué opino de la filosofía de la novela y de esta en sí.

    Y TAMBIÉN SABES LO QUE QUIERO.

    ¿A qué esperas?
    T_______T

  2. mikel dijo:

    No sé si te das cuenta de que aparte de la suerte que toda persona requiere, lo único que te aleja de una posible publicación es algo de ortodoxia.

    Es una novela excelsa.

    • uroboros87 dijo:

      ¿Podrías aclarar eso? Sé por donde vas, y sí, es excelsa, excesiva, ambiciosa y larga, pero es de la forma que está planeada, y ahora mismo hacerla más simple no me satisfaría lo más mínimo. Y eso es lo principal.

      Espero una respuesta más detallada xD.

      • mikel dijo:

        Te falta algo del estilo que tendría un escritor ‘normal’. No sé, evita usar referencias que sólo entiendas tú y los de tu entorno, no abuses de esa mención a personas célebres si no lo son tanto, cuida los registros y sólo usa palabrotas cuando realmente la situación te lo pida… y también has de empollarte las marcas de diálogo, que no las usas del todo bien.

  3. Uróboros en clase dijo:

    Sí. Las marcas de diálogo son cosa del Word y quedan aun peor con el copypaste, pero le iba a dar una corrección masiva cuando terminase todo. Las palabrotas realmente son parte del cáracter de los personajes, especialmente de Charlie… unas veces molestarán más que otras, pero si Charlie hablase bien ya no sería Charlie. Las personas célebres supongo que depende de cada mención, ¿podrías poner un ejemplo concreto?

    Soy consciente de los errores, pero siempre se agradecen las señalizaciones para mejorar. Estudio de mercado, tanto en clase como en esto. Por si no se nota, no tengo la menor habilidad para construir diálogos.

    Drake es el personaje favorito de los lectores según la encuesta. ¿A qué se debe?

  4. mikel dijo:

    Hmm, no me explicado bien con lo de las personas célebres (no he sabido hacerlo tampoco). Aparte de que casi no sé quién es Antonio Vega, queda muy raro que hables de esa gente cuando se supone que tu relato es atemporal y en un lugar ficticio.

    Demasiado alejado del mundo real como para relacionarlo con él.

    Y Drake mola porque la escena mola. Enigmática de cojones. Por un momento pensé que era Uróboros disfrazado.

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