6º Noche sin luna ni estrellas

noviembre 1, 2009 at 10:57 pm (Uncategorized)

Encadenado a la pared, Reichembach abrió los ojos. Exceptuando el dolor en las muñecas, dobladas tras la espalda y firmemente sujetas a unas argollas de bastante antigüedad a juzgar por el óxido que podía palpar, estaba entero. Conservaba la túnica, las arrugas, la barba y el terror adqurido en su abducción y viaje por el vórtice. Sin embargo, lo que había visto allí prefería no conservarlo. No iba a depender de él, de todas formas.
El viejo Maestro con nombre de catarata suiza miró alrededor, intentando identificar la estancia en la que se encontraba. No era demasiado grande, y lo único que había aparte de pared de roca cavernaria era una puerta de metal con rejilla. No cabía duda de que era una prisión, pero no imaginaba la ubicación de la misma. El terror no se apaciguó.
Reichembach hurgó en su infinita sabiduría y cultura ilimitada en busca de recursos, pero solo encontró truculentos recuerdos acerca de lo que le sugería su cerebro sobre aquel tipo de estancias. Hizo esfuerzos, además, por obviar que un tipo extraño estaba delante de él, y que no era fácil de ver.
Pero no pudo obviarlo. Consiguió evitar asimilarlo, memorizarlo o describirlo, pero no ignorarlo, y eso fue peor para su cordura. Además, el otro le estaba mirando. Fue aun peor cuando le preguntó:
- ¿Qué habéis hecho con la luna, hijos de puta?

Tras un breve fundido en negro, Reichembach volvió a abrir los ojos. Nada había cambiado, pero ahora decidió hacer esfuerzos por asimilar lo que tenía delante. El hombre Uróboros no se mordía ninguna cola, hacía lo que podía por mostrar aspecto humano. Procuraba adoptar un aspecto que no se hubiese fugado de ninguna pesadilla lovecraftiana, y alcanzaba a ser un ser de alcance oscuro, nada más, y ciertamente atemporal, pues no podía acertarse su edad, siquiera orientarse. Seguía mirándolo, y entonces Reichembach reconoció en quién se había reencarnado esta vez. Pero no dijo nada.
- Habéis estado a punto de cargaros la luna. ¿Te das cuenta?
El hombre Uróboros lo interpelaba. En esas condiciones, empezando a imaginar la ubicación de aquella prisión, pensó que era mejor contestar y ganar tiempo.
- Me doy cuenta muy bien, líder Uróboros. – Dijo Reichembach.
- No soy vuestro líder, idiota. – Gruñó Uróboros. – Ni siquiera estoy seguro de saber quiénes sois. ¿A qué coño ha venido todo ese rollo de la invocación?
- Te adaptas muy bien a tu reencarnación, líder. – Sonrió Reichembach. – Hablas como él. Dejando eso a un lado, quiero mostrarte nuestro agradecimiento por tu nuevo advenimiento.Te estamos esperando.
Uróboros parecía muy enfadado.
- No necesito ningún club de fans. Pero, espera, no sois adolescentes precisamente. Eres viejo de cojones, tío. ¿Quiénes sois y por qué estábais rompiendo la luna?
- Somos tus súbditos. – Dijo Reichembach con los ojos iluminados. – Imploramos tu venida, y lo hemos logrado. Ahora, libérame de estas cadenas, y…
- No. – Dijo el hombre Uróboros. – Pasarán muchas cosas antes de que te libere, créeme. Habla.
- Somos Los Árboles. – Reichembach ocultó su terror. – Nos elevamos, fuertes y llenos de sabiduría, sobre la hojarasca, la tierra y las raíces podridas. Sobre los animales muerto del bosque. Por encima de la carroña, nutriéndonos con su sangre y alimentándonos de las lágrimas de los dioses del universo superior. Como tú. Tú nos das fuerza y motivacion para seguir, y nosotros juramos tu palabra, y realizamos tus deseos. Somos tu representación en la tierra, Maestro Uróboros.
La cara del hombre Uróboros era un poema de incredulidad y desprecio que no se molestó en disimular. Dando la espalda a Reichembach, caminó por la prisión maldiciendo en su propia jerga. El prisionero tragó saliva, siguió ocultando su terror, y decidió seguir en el papel. Preparó otro discurso de verbo secreto con el que enaltecer cualquier ambición secreta, procurando sobreponerse a las convulsiones de furia que agitaban la espalda del ser al que aparentemente rendía pleitesía, pero se quedaron a medio camino cuando aquel ser se giró de nuevo.
Una cara que Reichembach ya no pudo describir lo taladró y toda su fingida entereza acabó desapareciendo con la menor brevedad.
- La luna, hijo de puta. – Dijo la cara. – Casi me rompéis la luna. ¿Y para qué? ¿Para traerme de vuelta? Eso ya lo sé hacer yo solo, no necesito ninguna puta secta de fanáticos admiradores de Hiram Abiff de segunda mano.
- ¡Te necesitamos! – Consiguió balbucear Reichembach. – Necesitamos que nos lideres en nuestra revolución contra los ignorantes de esta ciudad. Debemos tomarla de nuevo.
El hombre Uróboros decidió acabar por el momento. Silenció al viejo de un golpe (ninguno de los dos supo con qué le golpeó, dado el curioso caso de informidad y rechazo visual que estaba profiriendo) y lo agarró por la capucha, empujándole el rostro contra el suelo de piedra.
- Despídete de lo conocido. – Murmuró. – Besa la piedra y disfruta de su sabor, porque nunca volverás a tener un suelo, ni un techo, ni nada parecido. Donde te llevo no hay tales lujos.
Reichembach no dijo nada desde su inconsciencia.
- No me lo tengas en cuenta. – Ironizó el hombre Uróboros. – Con este monstruo ya no caben medidas. Arriba, viejo, nos vamos a Ortes Un.

*****

De noche, el aire es siempre mejor. Llevaba mucho tiempo entre suelo y pared, y este cambio ha sido muy agradable. Creo que ahora puedo hablar mejor, con más libertad y claridad, porque ya no estoy en la celda. De repente entró una corriente de frío nocturno y la puerta se abrió. Charlie me detuvo, sí. Pero después lo detuvieron a él, y ahora yo estoy aquí. Es irónico. Por mucho que seamos una persona, siempre estamos en lugares distintos. O dos. No lo sé. Sí lo pienso. Y cuando ha llegado la serpiente, ¿cuántos somos? Creo que nos hemos roto y ya no puedo contarnos.

Un viejo encapuchado que no conozco gime que estamos muertos, tirado en el suelo. No lo conozco, creo, y no me arriesgo a las conjeturas. No sé donde estamos, pero no había visto un cielo más grande y más amplio en nuestra vida. Altamente negro y sin estrellas. Debe ser lo que llaman universo infinito. Dicen que hay muchos, quizás sean como nosotros. Las pesimistas palabras del viejo rebotan y se expanden por ese cielo negro y casi puedo verlas resonar, hasta que vuelve a musitar algo parecido a “Hail, horrores, hail” y eso me hace estremecer, y la vibración de ese estremecimiento también reverbera y choca con el eco de las palabras. A Charlie le encantaría este sitio.

No quiero que Charlie esté aquí. Me golpearía contra el suelo y el de aquí es muy irregular. Sucio, roto, soltando polvo, marcas, agujeros, huellas imborrables. Hum. Joder. Vuelvo a echar un vistazo al universo y otro a la superficie en la que estamos. Reichembach, al fin recuerdo su nombre, lo escuché antes, rompe a llorar.

- No es justo. – Gime reiterativamente. – Esa serpiente me ha engañado.

A través de sus lágrimas me mira, grita y se echa a temblar. Hace mucho que no tengo contacto con nadie más aparte de Charlie, y él solo sabía darme palizas y callarme. Me alegro de que la reacción de Reichembach haya sido diferente. Intrigado, me acerco a él, sin dejar de fijarme extrañado en el extraño horizonte que tenemos. Me gusta el aire frío de la noche.

Reichembach mira también el horizonte y se aterra aún más. Parece desesperado. Extiendo una mano hacía él, sin pensar en la intención, sólo en el gesto, y se aleja rodando. Como no puede hacer mucho más, se pone a murmurar de nuevo.

- Su roja mano izquierda. – Musita. – Su roja mano izquierda.

Cualquiera diría que este viejo ha encontrado su paraíso perdido. Levanto mi mano izquierda para asegurarme de que no es roja y resulta ser gris azulada, pero al poco tiempo constato que no es más que el brillo lunar que irradia el terreno. Me doy la vuelta para realizar una mirada en derredor, la más interesante que he tenido ocasión de dar en mucho tiempo, la primera sin paredes de piedra, y veo lo mismo en todos los puntos de los 360º. Demonios, lo más cerca que había estado de esto había sido en un Tintín, pero o yo estoy demasiado loco a estas alturas (y no sería una buena idea preguntárselo a Charlie, se ofendería) o estoy en mi propio “Aterrizaje en la Luna”.

– “El Sol es oscuro conmigo”, – recita Reichembach arrodillado, frente en el suelo manchada de polvo lunar, – “Y silencioso como la Luna”.

Y esta Luna, eterno satélite del que me enamoré hace demasiado tiempo, se está resquebrajando a cada minuto.

*****

- Pareces un pirata. – Ríe Lea, acariciándole el pelo.

Están en la buhardilla que hace las veces de hogar de Lea, ella echada en la cama y Charlie en el suelo, en la parte en la que no hay alfombra. El chico lleva un parche negro donde debería estar su ojo izquierdo, y el ojo sano permanece cerrado.

- Deberían poner gárgolas de piedra en todas las putas iglesias. – Dice Charlie.

La buhardilla no podría pertenecer a nadie más que a una artista. Austera pero espaciosa, triangular con pared de cristal por la que Lea ve la mitad sur de Painville, pasando por el puente y los Árboles, y un suelo de madera barnizada por el que no pierde ninguna oportunidad de caminar descalza. Jack ha dejado vacía su cesta para ir a cazar, y en la ciudad llueve. Las gotas golpean sonoramente sobre el techo diagonal, pero no se forman goteras que pudieran estropear los cuadros. Algunos dibujos están pegados en el techo, no colgando, sino extendidos a lo largo, y parecen ascender si se observan desde el ángulo correcto. Incluso, desde un ángulo mucho más correcto e inducido por sustancias más espirituales, parecen cobrar movimiento y pasar a toda velocidad por ese techo diagonal. No son otra cosa que imágenes en acción, al fin y al cabo, ya están inventadas.

- Debería echar las cortinas. – Comenta Lea. – La lluvia está corriendo por el cristal, ¿te gusta eso? Si quieres, echo las cortinas. Si no quieres, nada.

- Están bien así. – Responde Charlie sin mirar siquiera. – Si nos miran desde fuera, nos verán difuminados. No se aleja de la realidad.

Lea se levanta y se acerca al ventanal, apoyando una mano en el cristal y mirando la ciudad.

- Desde aquí veo su refugio. ¿Sabes? El de los Árboles. Quiero que lo incendiemos para que dejen de molestarnos.

- Está bien. – Murmulla Charlie. – Ve tú. Yo no pienso moverme de aquí.

- Charlie, deberías volver al castillo. Estoy segura de que…

- No pienso volver al castilllo.

Los dos amigos permanecen en silencio incómodo. Tras el misterioso suceso del castillo, Charlie había acudido temblando a casa de Lea y llorando, se había metido en su cama sin dar explicaciones, nada más que una súplica por ser acogido. Lea estaba contenta por tenerlo cerca, pero seguía sin saber lo que había pasado. Pese a todo, creía a Charlie bastante valiente y autosuficiente como para afrontar lo que fuese.

Y entonces Charlie le mostró el ojo.

Tras unos vistazos a esa cosa roja de pupila apagada y algunas pruebas de visión, quedó claro que el ojo precisaba atención médica urgente y de carácter milagroso, pues el chico era incapaz de ver nada por él y además sentía un agudo dolor que sólo se calmó con dos generosas noches de opio. La primera de ellas, además, se tradujo en varios momentos de sexo lánguido e impersonal que Charlie interrumpió en cuanto remitió su dolor. Lea, aunque decepcionada, no se afectó demasiado. Conocía bien a su amigo, y si a él no le importaba no estar demasiado vivo por dentro, ella lo estaría por los dos. El parche había salido de restos de lo que Lea usaba o cogía del vestuario del teatro, y a Charlie le parecía perfecto.

- No deberíamos vivir aquí. – Dice Charlie.

- Debemos vivir aquí. – Opina Lea. – Es la ciudad del arte, Charlie. Tenemos todo lo que queremos, sobre todo tú.

- ¡NO!

Lea se sobresalta y Charlie se levanta de un brinco, enfadado.

- Yo no debería vivir aquí, en esta ciudad de iletrados. No es digno.

Lea se resigna a escuchar una vez más lo que ya se sabe de memoria, mientras Charlie grita al ventanal empapado.

- Ya te lo dije, he dejado de tomar las cosas como son para tomarlas como deberían ser, y así siempre tendré razón porque hablaré con el mayor conocimiento y verdad absoluta que existen. ¿Sabes? Son los años veinte o treinta, no sé, y esto es París. Da absolutamente igual que no sepa decir ni una calle ni un barrio ni un río ni un misterio de París porque estoy aquí con Hemingway y el maldito Henry Miller, el que sabía inflamar un coño mientras los demás solo encendíamos fuegos, y son mis mejores amigos. Nos sabemos de memoria los bares, los burdeles y los callejones, pero no cómo salir de ellos, y todas las noches son una fiesta. Escribo mi puto trópico de sagitario en honor a mí y ahí sí que podría llegar a quererte, por que allí estaríamos iguales, a la altura, lo sabes, y no es que no te quiera, pero no aquí, lo sabes, ¿verdad? Y sé que no me has pedido esta catarsis así que trataré de esquivarla verbalmente retomando el alcohol que corre por nosotros mientras nosotros corremos sobre él para correr por París. Escribimos en cafés bohemios donde en las estanterías se apoyan todos los libros zaparrastrosos del mundo, que se limita a París, así como se limita a Painville para esos gilipollas de las barbas, aunque Ernest y yo llevamos barba honrosamente y no somos ningunos gilipollas, y a ti te lo puedo decir, él es mucho mejor que yo y me muero de envidia mientras le veo escribir, y cuando cotilleo sus manuscritos mientras él yace dormido sobre alguna puta en la habitación de al lado, cuando no la ocupa Miller con Tania y dos monedas de un franco. Me muero de envidia porque por mucho que lo intente, por mucho que escriba, beba, odie, folle, aspire y muera nunca podré escribir así, por lo que tengo que limitarme a ser el mejor de esta mierda de ciudad, Painville, muy lejos de ese París donde todos estamos juntos y solos y muertos y nos divertíamos más de lo que hacemos aquí, donde el estar juntos y solos y muertos no es una opción. Sí, ya he acabado.

Resollando, se apoya contra el cristal y se toca el ojo parcheado.

- ¿Te duele ahora? – Pregunta Lea.

- No. Cuando no me duele, estoy bien.

- ¿Alguna vez estás bien? – Lea se sienta sobre la cama abrazándose las rodillas. – Quiero decir, Charlie, me parece bien que estés tan rematadamente amargado porque es por eso por lo que desarrollas tu creatividad y eso es lo que me gusta de tí, entre otras cosas.

- ¿Entonces?

- Entonces esto. ¿A qué viene aparecer de repente en mi piso cuando nunca te has quedado ni una noche y ahora no quieres salir? ¿Por qué no me cuentas lo que te pasó en el castillo? Nunca habías tenido miedo de nada, y ahora…

- Ahora tengo miedo. – Charlie mantiene la misma expresión mientras lo admite. – Lea, la gente cambia, incluso alguien tan valiente como tú…

- ¿Crees que soy valiente? – Sonríe Lea.

- Tienes que serlo para albergar bajo techo y cama a alguien como yo. Alguien como yo, que… – Charlie se detiene para mirar por la ventana. Lea corre hacia él y le toma las manos.

- Ahora no te pares. Sigue hablando, te concedo otra catarsis. Te concedo todo lo que quieras por que sigas hablando.

Charlie cierra el ojo y se sienta en el suelo contra la ventana, dejándose resbalar contra el cristal. Lea apoya las manos en sus rodillas y las caras permanecen a unos milímetros de distancia, las respiraciones enfrentándose.

- Alguien como yo que ha dejado que una serpiente de mierda le distraiga mientras su prisionero desaparece de la celda sin dejar rastro. Una serpiente de mierda que me da más miedo que cualquier otra cosa, porque Charlie ya me advirtió de ella y preferí encerrarlo antes que escucharle, y ahora estoy jodido.

Charlie queda en silencio y Lea espera una respuesta. Cuando se percata de que esta vez no es una catarsis y va a responder, Charlie continúa, visiblemente más apurado.

- Alguien como yo, ¿sabes?, que tan pronto me valgo de mí mismo como recurro a ti, que me valgo de las miserias de los demás para escribir, tiene miedo de sí mismo y de lo que hay más allá de sí mismo. Desde que Charlie…desde que mi prisionero no está, me siento intranquilo e incompleto, pero a la vez estoy más liberado sin tener que vigilarlo. Supongo que es irónico. Además…

Lea le pone una mano en la boca para silenciarlo.

- Charlie. – Dice. – Bien sabes que te quiero y que estaré siempre contigo, pero conmigo no tienes por qué hablar siempre en lenguaje poético. A los dos nos gusta y si no fuera por eso nuestra amistad sería diferente, pero hay cosas que hay que dejar claras de una vez.

Charlie asiente con la cabeza, notando el tacto de la mano de Lea en sus labios.

- Solo hay un Charlie, y eres tú. Sólo hay un prisionero, y eres tú. De tí mismo. No me hace falta ningún tratado de psicología para mostrarte la razón. Si no tienes valor para admitir que tu parte mala se ha comido a la buena, es porque tampoco tienes valor para dejar salir a la parte buena, porque eso, claro, es para los débiles, ¿no?

Charlie asiente imperceptiblemente cerrando los ojos.

- Deja pasar unos días con ese Charlie bueno libre, y no te acerques mucho a la celda, que a lo mejor te empuja dentro y te encierra para cambiar las tornas. Y claro, eso sería algo terrible, ¿verdad? Ya sabes, soy Charlie, no muestro sentimientos para que nadie me haga daño y prefiero hacérselo a los demás.

Charlie besa apasionadamente la mano que le cubre la boca. Es la mano de una artista inigualable, bien merece eso y más. Lea deja la mano unos instantes y la retira cuando acaba el beso. Hagan lo que hagan, siempre se transmiten algo, ni un segundo dejan de hacerlo.

- No es que no tengas razón. – Dice Charlie. – Lea, sabes que te agradezco todo lo que haces por mí, pero te lo dije antes. Ahora no me tomo las cosas como son, sino como deberían ser. Y si digo que tengo un prisionero, lo tengo. Llámalo lenguaje poético o como quieras, pero es algo más. Porque yo sé que hay una celda en mi castillo en la que hay encadenado alguien muy peligroso para mí, y que ha escapado. Y no pararé hasta encontrarlo y devolverlo a ese lugar, pase lo que pasa. Y te juro que existe, porque cada celda grita.

Esta vez es Lea la que escucha.

- Y también te juro que un tío extraño se coló en mi castillo, que hurgó en mi intimidad, y puedo jurar que ese tío es el que abrió la puerta de la celda para desencadenar mi crisis y además es la serpiente que estaba afuera mirándome mientras se mordía la cola. Es ese tío del que he oído hablar. Charlie me prevenía de él, el detective también dijo algo y estoy seguro de que es eso lo que buscan los raros.

- ¿El qué o quién?

- Uróboros. No quería creerlo, pero ha vuelto y no tendrá piedad de mí. .

Charlie rompe a llorar por primera vez en mucho tiempo. Lea lo abraza. Son un ovillo tras la lluvia, a salvo de los raros y de la serpiente.

- Estás a salvo. – Susurra Lea. – Averiguaremos de qué trata todo esto, y nos enfrentaremos a los raros. Tú y yo, como hemos hecho siempre, conspirando en la oscuridad. ¿Quieres?

Charlie asiente entre lágrimas.

- Te diré lo que haremos. Nos pasaremos la tarde tomando té rojo, verde y blanco, me lo contarás todo, ensayaremos alguna escena de “Sueños Diabólicos”, te enseñaré los cuadros nuevos que he conseguido (Oh, tengo que hablarte de alguien que he conocido), y si quieres te pintaré un retrato, si quieres posar para mí. Después, si te apetece, podemos acurrucarnos un ratito y cuando deje de llover, ya sea hoy, mañana o cuando sea, saldremos a la calle, a ver el mar, e iremos a escribir a las cafeterías. Después le haremos una visita a la pobre señora Creed, y cuando caiga la noche, antes de que salgan los raros, iremos a envalentonarnos al O’Malley. Allí te enseñaré donde crecen las rosas salvajes, te encantará, y mano a mano nos beberemos una botella de lo que quieras con lo que quieras. Cuando consiga más opio, fumaremos para nublarnos tanto que veamos con claridad el siguiente paso, y te prometo que los raros no nos harán daño porque nos moveremos entre las sombras, pero mejor que ellos. Les espiaremos nosotros a ellos, porque somos mejores que ellos, y no les vamos a tener miedo. Sé de un lugar donde no pueden hacernos daño. Dímelo, Charlie. Dí que haremos todo eso y que no tendrás miedo.

Charlie la besa durante una fracción de segundo y aparta la cara para levantarse.

- Sabe a mentira. – Dice Lea. – Pero no importa. Es un beso al fin.

*****

Reichembach dice que soy un fantasma. Dejando a un lado las discusiones metafísicas, aprovecho lo acertado de su razonamiento y floto en el espacio, dada mi ingravidad física. Vuelo por las distintas rutas intergalácticas, primero por curiosidad, después por macabra diversión y al final debo admitir que mis revoloteos son pura desesperación. Cabizbajo, vuelvo junto a Reichembach, que ha dejado de llorar.

-          Es verdad. Todo es verdad. – No llora, pero gimotea. – Todo este tiempo había estado aquí, en la Luna.

Y sin duda es la Luna. Carente de viento y de vegetación a través de la que ulular, pero sin necesidad de ello para suscitar misterio en el ambiente. En lo que debe tratarse de una exclusiva universal sin precedentes, hallamos un estanque con agua. Maravilloso. Histórico. No hay nadie para expandir la noticia, yo no puedo beber porque soy etéreo y Reichembach no se atreve. Al final, cae de rodillas y bebe. Pone los ojos en blanco y se desmaya. Quizá el agua interplanetaria no sea lo que esperábamos.

-     Es incontrolable. – Dice al despertar. - Por mucho que tratemos de cazarlo, siempre es él quien nos caza a nosotros. En cada siglo, en cada generación. La otra vez que casi lo atrapamos desde la ciudad, estuvo a punto de echarnos el sol encima. Y la vez anterior ya consiguió echarlo a la Tierra, la maldita serpiente. Es totalmente inútil. El problema no es la ciudad, ni lo que pasó antes, ni los cultos ni los incultos. El problema somos Los Árboles, siempre instigando todo desde las sombras. Siempre invocándolo. Siempre trayendo las complicaciones. Si hay algo que erradicar, es a nosotros mismos.

Reichembach vuelve a llorar, pero esta vez es distinto. Esta vez parece que realmente se arrepiente de lo que dice. Cuando alza la cara, veo que es mucho más viejo de lo normal. Los planetas podrían esconder su brillo en los surcos de su rostro y él podría volver a la Tierra y soltarlos allí, y sería bonito para todos. Supongo que ya no hay lugar para cosas buenas aquí.

-          Siento mucho lo que te ha pasado a ti. – Solloza mirándome. – Aunque no te lo creas. Tú no tienes la culpa, chico. Ni siquiera te han dejado intentar tenerla, no te han dado esa oportunidad. Sólo eres un fantasma.

No le contesto. Ni puedo ni sé qué decirle. Seguimos caminando, ahora en silencio. Al cabo del tiempo, que no sabríamos medir, llegamos a una especie de promontorio. Escalarlo nos lleva mucho tiempo, pues tengo que ayudar a Reichembach, y no es que resulte fácil. El escarpado terreno lunar no es fácil de transitar, pero tenemos algo de luz y esto es raro, ya que no hay estrellas y no sé de donde procede. Es raro, pero es bueno. Finalmente llegamos a la cima, una pequeña colina bajo la cual se extiende una llanura con un cráter. En el cráter yace el esqueleto gigante de la serpiente Uróboros, con las fauces aprisionando su cola, imponente como un Leviatán y muerto como cualquier existencia de este lado del universo. Me invade una calma cósmica, que me tranquiliza y me hace más etéreo aun. Dejo a Reichembach llorando arrodillado, con las manos firmemente agarradas al suelo contemplando el esqueleto, y miro lo que nos ofrece el resto de la llanura. Sé que es nuestro destino. Rodeando los bordes del cráter hay una larga lista de cruces con inscripciones que leeré si bajamos, y no me cuesta adivinar que son más tumbas. No me sobresaltaré si encontramos la mía, o la del viejo. Sería totalmente lógico y nos ahorraría el buscar más cosas. Pero las hay. Algunos kilómetros más allá veo un armazón en obras, que parece tratarse de un edificio, y dos grúas mecánicas a ambos lados. Están paradas, sin nadie que las maneje. Dos cabinas con sus puertas abiertas haciéndonos una invitación silenciosa. Retrocedo mi mirada y veo un antiquísimo cartel de madera colgando sobre una estaca, dando la bienvenida con su desgastado rótulo: ORTES UN.

*****

-          ¿Qué ha sido de Macbeth? – Había preguntado Othello.

Demonios volaban por el viento arrastrados como si un dios jugase con ellos a su antojo la noche de la reconversión. Demonios o algo morfológicamente similar, pensó Romeo. Esa vez, al contrario que las ocasiones corrientes, prefirió pensar que simplemente eran bolsas de plástico, sombras, o ambas cosas tomando formas divertidas. En cualquier caso, el viento sí que era real sin atisbo de duda. Se había desatado con la voz del Hombre Uróboros, que también desató la huída indiscriminada de los raros en todas direcciones.

A Othello y Romeo la huída les había llevado al puente de Coral, donde habían permanecido algunas horas. Sin luna y con poca iluminación no se veía gran cosa, pero no se tranquilizaron ni un minuto. La volatilización de Reichembach había terminado con todas sus expectativas de éxito, y por otra parte la Luna no se había roto como su desaparecido Maestro les aseguró que pasaría. Pero sí que les había parecido que se resquebrajaba.

-          ¿Qué ha sido de Macbeth? – Había preguntado Othello.

-          Qué más da, a estas alturas. – Respondió Romeo mucho tiempo después de escuchar la pregunta. – Venía detrás de nosotros, ¿no? Si se ha perdido, es perfectamente capaz de esconderse como todos.

-          Venía detrás… ¡No! No ha venido detrás todo el tiempo. Macbeth siempre lleva cadenas y cosas metálicas y, en su mayoría, punzantes, bajo el abrigo. Cuando corre saca un tintineo de mil demonios.

-          Estoy seguro de haberlo oído, tío… – Romeo pensó un momento. – Estoy seguro de haberlo oído durante tres callejones largos, al menos, cuatro giros en esquinas y dos desvíos diagonales.

-          El O’Malley estaba en pleno funcionamiento. ¿Te fijaste? Y se supone que esta noche nadie está en la calle.

-          Me fijé, Othello. Imposible no escuchar aquella música. Demasiada diversión, y demasiadas hormigas borrachas. Recuérdame que nos pasemos otra noche.

-          Desde luego, Romeo. Nos pasaremos. ¿Con ellas o contra ellas?

-          Contra ellas, Othello.

-          ¿Si sobrevivimos a esta noche, Romeo?

-          Si sobrevivimos, Othello.

Romeo miró en dirección hacia Los Árboles. Parecía la opción más sensata.

-          Cuando amanezca, ve a buscar a Macbeth. – Dijo sin volverse. – Nos reuniremos en la Logia.

A través de innumerables recodos entre callejuelas, el bordeo de una playa poco concurrida, correr a través de varios atajos custodiados por fieros perros guardianes y una infiltración en un bosque viejo donde se escuchan más sonidos de los deseados, se llega a una cabaña de madera de distintos tipos, heterogéneamente montados y encajados unos sobre otros. La cabaña es pequeña, angosta, apenas se vislumbra a través de la sucia ventana. Dentro hay una chimenea, obligatoria en este tipo de hogares, y en las paredes se cuelgan cuadros sin marco y marcos sin imágenes. Desperdicios, recuerdos y demás cosas rotas crían polvo en el suelo. Se podría hacer una galería de memoria histórica con solo enumerar y exponer esos objetos, pero pasamos de largo y abrimos las puertas del armario, con espejos en sus dorsos interiores, y negrura en lo que debería ser el fondo. Mientras lo atravesamos, comprobamos que la atemporalidad de la que hace gala la cabaña al tratarse de un pasadizo a la antigua usanza. A oscuras, no nos atrevemos ni a tantear las paredes. Ni distinguimos ni tocamos nada, tan solo nos guiamos por, tal vez y sin admitirlo, un sentimiento interior de verdad y conocimiento que nos atrae hasta el final del pasillo. Conforme nos vamos adentramos, sentimos una mayor seguridad y absolutismo en nuestros pasos, y podemos tocar la verdad definitiva, porque se encuentra aquí. Es lo que nos guía. Con esta revelación en mente no tenemos dificultad en llegar hasta el final, a la última de las puertas. En ella nos aguarda, pintado, un signo interpretable de muchas formas, pero con un único significado. No podremos pasar si no lo adivinamos. Confiados, nos sentamos frente al acertijo y lo encaramos con los ojos de la mente, sosteniéndolo en alto mientras lo giramos de todas las formas posibles y algunas imposibles. ¿Qué es esta extraña sensación de duda? ¿Por qué, en este lugar? Tras infinitas vicisitudes y sin acceso a lo que hay más allá de la puerta, soltamos una resuelta carcajada cuando comprendemos el enigma. En pie y con una sonrisa de pomo a bisagra recitamos la solución, que no es más que nuestra libre, propia y única interpretación del enigma, que se reduce a un garabato informe. La puerta se abre y entramos a la Logia.

Amanecer en Painville

- Estás jodido, tío. – Dijo Jack a Jester.
Al parecer, sólo este pudo oírlo. Ya lo sabía. Decidió que recibiría el amanecer manteniendo la espalda contra la pared, el brazo izquierdo sobre el cubo de basura, la cabeza sobre el mismo y el brazo derecho firme en el suelo para evitar una caída de bruces. Las piernas quedaban a la sombra proyectada por el contenedor de vidrio y no recibirían el sol. Una lástima, pues las necesitaría para salir corriendo del callejón .
- El caso es bastante simple. ¿Lo entiendes?- Estaba diciendo Macbeth.- Ni siquiera podríamos decir que hay dos bandos en la contienda. Sólo hay un bando, el resto es la multitud. Y esa, apestoso y silencioso amigo, jamás supondrá un bando. Será una muchedumbre disgregada, unida, en grupos, como quieran ordenarse. Un rebaño con el que divertirnos antes de conducirlos al borde del precipicio y convencerles, con razones objetivas, de por qué es mejor saltar que resistirse. A pesar de lo que ha pasado esta noche, tengo fe en ello.
Macbeth estaba sentado sobre el muro a la derecha del suelo en el que estaba tirado Jester. Jack estaba oculto entre los cubos de basura, agazapado sin hacer ningún movimiento para no ser descubierto. El voluminoso bastón que aferraba resultaba bastante disuasorio. El Raro se balanceó y bajo su abrigo se escuchó el tintinear de objetos de metal.
- Por todos los santos, no se calla. – Murmuró Jack. – Con todo el tiempo que lleva hablando pudiendo haberte matado, al menos diez héroes de la película habrían tenido tiempo de llegar a salvarte.
Era cierto. Macbeth estaba jugando con su presa, muda e inmóvil por el bastonazo previamente recibido en la rodilla derecha. Disfrutaba del sonido de su propia voz ametrallando la cara de Jester, decidiendo el momento idóneo para saltar sobre él con todos los objetos metálicos que debía ocultar bajo el abrigo.
- Tenemos muchas formas de decírselo, por supuesto. – Continuó Macbeth. – Ni siquiera será necesaria una declaración inmediata de guerra. Tampoco podrían dárnosla, claro. Volviendo al punto anterior, carecen de líder para poder considerarse bando. Podríamos darles uno. Sería divertido. – Río. – Ese idiota estrafalario del castillo. El tal Charlie, sí. Tenemos planes para él. Para él, por él, sobre él, contra él. Aprovecharemos su egocentrismo. Se cree abanderado de Nietzsche, alardeando de ese nihilismo comercial suyo allá por donde va. Todas esas peroratas sobre el victimismo, el malditismo, la oscuridad… Es el candidato perfecto, realmente.
- Probablemente sea lo último que te diga, amigo. – Dijo Jack. – Pero estoy totalmente de acuerdo con ése loco de los cojones. El que está sentado ahí arriba con intención de matarte, me refiero.
- El candidato perfecto a muchas cosas. – Reafirmó el Raro. – Tan válido para ser líder de unos, marioneta de otros y esclavo de los demás. Realmente… ¿oh, por qué no iba a contártelo? Ni siquiera puedes hablar ni vas a salir en condiciones de aquí, ni desde luego soy un villano de opereta, sobre todo lo segundo. ¿Y sabes por qué no soy un villano? Porque yo estaba aquí mucho antes de que esta ciudad se infectase y perdiese su pureza. Nosotros somos los moradores originales, los fundadores de Painville, y no la masa vulgar e ignorante que la puebla ahora. Y te juro por lo más sagrado, que somos nosotros y el hombre Uróboros (aunque luego te diré lo que pienso realmente sobre esa lagartija),los que vamos a volver a tomar la ciudad. De forma oficial y a todos los niveles, porque extraoficialmente siempre ha sido nuestra. Somos su corazón.

Rayos de sol vírgenes sobre Painville.
- La gente es estúpida, tío. – Macbeth estaba borracho de conversación. – Idiota de narices. Incapaces de asumir los hechos, de estudiar la historia y decir: “Pues es verdad, vosotros estábais aquí antes que nosotros. Ya nos vamos.”. Pero qué te voy a contar. No sé si son los nuevos tiempos, los genes impuros o que nosotros somos demasiado listos (aunque esto último te aseguro que es verdad, como todo lo que digo) o todo a la vez, pero su ignorancia ha llegado a límites impresionantes. Es lo que los hace tan atrevidos. Hemos intentado ayudarles. ¿Quién crees que fundó el Sir William? ¿La biblioteca? ¿Quién le dio un castillo al tal Charlie para que fuese el narrador de la nueva época? Si no fuera por nosotros, por nuestro compromiso por inculcarles algo de cultura, la ciudad se habría hundido con el peso del aire comprimido en el vacío inabarcable de sus mentes. ¡Por mí los mataría a todos! ¡Por la nación! – Los ojos del raro habrían echado fuego de tener pupilas. – Pero, amigo, nosotros sí que somos estudiosos y no repetiríamos un genocidio por mucho que fuese la solución directa y final para recuperar lo que es nuestro. No somos esa clase de idiotas. Lo nuestro es la estrategia, los ojos en la penumbra, el vago tirar de hilos distantes en el tiempo, el ajedrez pausado y la muerte silenciosa. Así que, espera y verás. O, mejor aún, te dejaré sin saberlo. ¿Qué te parece? Jamás conocerás el desenlace de la mayor de las historias. ¿No es la mejor crueldad que puedas imaginar? Comparable a arrojarte a un mar de veneno, pero en espera de uno real y no únicamente metafórico por estos lares, tendrás que conformarte con un ataque a la antigua usanza.
Macbeth sonrió con todos sus dientes y abrió su abrigo, mostrando orgulloso su interior. El resplandor de miles de objetos metálicos cegó a Jester, que cerró los ojos.
- Lo siento, tío. – Murmuró Jack. – Me gustaba tu conversación.
- No te muevas. – Dijo Livingstone desde la entrada del callejón.

*****

La Logia en penumbra.
-  He mandado a Othello en busca de Macbeth. – Dijo Romeo. – Si todo va bien, no deberían tardar en llegar aquí. Supongo que los demás tampoco.
- Bien. – La voz de Lydecker no invitaba a preguntar más, ni a permanecer cerca por mucho tiempo. Era el tipo de voz que te comería si no salías corriendo. Pero tenían que aclarar algunas cosas todavía. Romeo tragó saliva.
- ¿Qué podemos hacer? ¿Crees que hay alguna opción de que vuelva el Maestro?
- No. – Dijo Lydecker con aquella voz. – No creo que el viejo vaya a reaparecer si la lagartija se lo ha llevado. ¿Qué podemos hacer? De momento, sustituirle.
Romeo no tuvo que preguntar en quién había pensado el comisario para tal puesto.
- Y… – Dijo. – ¿Qué vamos a hacer con Uróboros? No quiero parecer asustado, pero realmente daba la sensación de que podía matarnos solo con su voz.
Lydecker alzó la vista sin cambiar de postura, sentado en el trono presidencial de la Logia, y el único haz de luz que iluminaba la estancia dejó ver sus ojos y su expresión. Posiblemente no cambiaría ninguna de las dos cosas en mucho tiempo.
- No haremos nada respecto a esa serpiente. Esta noche van a pasar dos cosas, y antes de que amanezca tendremos lo que necesitamos.
- Pero ese Uróboros…
- Olvídate de él de una vez, Romeo. – Gruñó Lydecker. – No es la lagartija la que nos hace falta. Lo es Charlie.

- No te muevas. – Repitió Livingstone desde la entrada del callejón. Tenía los ojos y la pistola fijos en Macbeth, erguido en la altura a punto de saltar sobre Jester.
- De verdad, tío. No sé como lo haces. – Comentó Jack. – Vives peor que las cucarachas y tienes más posibilidades de supervivencia que ellas.
- ¡Vaya, detective! – Sonrió Macbeth a través de la barba. – ¿Ya se ha ganado la pistola de plástico? Mucho habrá tenido que hacer para agradar a Lydecker. ¿Le ha comido la polla? Quizá no, pero seguro que se ha quedado con las ganas.
- Cierra la jodida boca. – Dijo Livingstone. – Escoria como tú faltándome al respeto es lo que me faltaba. Ahora mismo vas a soltar toda la chatarra que llevas, te vas a relajar y te vas a bajar de ahí sin hacer daño a nadie.
A pleno sol, los objetos metálicos de Macbeth podían cegar a cualquiera. Jester pensó que no parecía el tipo de raro que se detendría ante una pistola, sobre todo si el que la sostenía era a su juicio un ser inferior. Realmente, todos los raros consideraban inferiores a todos los seres que no eran ellos mismos, salvo, tal vez, al hombre Uróboros.
- Espera, espera, espera. – Susurró Jack. – ¿Éste rubio bien peinado y aseado (y que conste que concuerdo con lo que ha dicho el de las barbas que te quiere pinchar) no suele andar por los bajos fondos, en tu zona? Ahora concuerdan muchas cosas…
- Tienes coraje, niño de juguete. – Macbeth echó mano rápidamente de algo que lanzó en un destello contra Livingstone, y acto seguido saltó sobre Jester. Lo que pasó a continuación sucedió a la velocidad del rayo.
Jester cerró los ojos. Escuchó un grito, un maullido y un juramento. Algo pesadísimo y afilado le cayó encima y fue la más dolorosa de las últimas veces que había perdido el conocimiento de forma inducida. Mientras caía en la negrura, escuchó algo seco y fuerte. Quizás fuese un disparo.

- Romeo, no piensas con claridad. – Dijo Lydecker. – No se puede decir que la calle sea nuestra con totalidad. No te confíes. No etiquetes a todos los tontos por igual.
Romeo calló y escuchó.
- Seguimos acechando en las esquinas, pero no tenemos poder político que nos represente. El alcalde de Painville no es nadie demasiado importante, pero es la cabeza visible que sigue el rebaño. Bien, por el momento ese tipo es secundario, pero si queremos hacernos notar como entidad, debemos allanarle el camino a nuestro candidato. Por lo pronto, seguiremos con los asesinatos esporádicos para crear ambiente. Sé de qué va esto, y nos servirá para dos cosas. Para ir sembrando miedo e incertidumbre en la población y para mantener ocupado a mi querido detective Livingstone. Si alguien en la ciudad puede significar un mínimo escollo para nosotros, es él. Está capacitado. ¿Y sabes qué, Romeo? Voy a dejar que se divierta, a ver hasta donde puede llegar.
Lydecker volvió a sonreír y Romeo cerró los ojos.
- Entonces… – Preguntó. – ¿Qué dos cosas van a pasar esta noche?
- Si tu enemigo te supera en número, déjale ciego. – Respondió Lydecker. – Eso haremos. Si no puedes apagar la luz grande, apaga las pequeñas. Y cuando lo tengas a punto, golpea. Golpéalos y toma lo que necesites. Citaré a Confucio: “La ignorancia es la noche del alma humana, pero una noche sin luna ni estrellas”.
La Logia en penumbra.

Advertisement

9 comentarios

  1. otroserdelaverno dijo:

    Interesante O_O!
    U pasa de liderar.
    Y ahora qué toca?
    Debo suponer que antes de Ortes Un va otro pj, no?
    Crearía intriga y más deseo de leer luego. Intercalar.

  2. uroboros87 dijo:

    Aviso: El capítulo 6 va a irse publicando por partes, debido a exámenes y a que es delicado y el más importante de lo que llevamos. Pido paciencia y espero no defraudar con el resultado.

  3. otroserdelaverno dijo:

    No, por ahora no defraudaste.
    Muy interesante lo de Charlie.

    Me gusta el aire de la noche.
    Adoro su distinto roce en mi bella cara.
    Y el resplandor.

  4. uroboros87 dijo:

    Tu bella cara…

    • otroserdelaverno dijo:

      Me baso en la opinión de mucha gente O_O

      Además de en los espejos de mi guarida O_O

  5. otroserdelaverno dijo:

    Yo creo que has sabido captar bastante bien los personajes y ahora el lector los comprende más. Vemos otra vertiente muy interesante de Charlie.
    La atmosfera es adecuada, me gusta, es un capítulo adorable de transición en acción pero de comprensión.
    Me gustan los dos monólogos de ambos largos.

    Espero más con ansia.

  6. otroserdelaverno dijo:

    Inquietante.
    ¿Sórdido?
    No sabría como definirlo, pero es… de alguna paralizante, mientras lees.
    Os habrá congelado el pecho. Escalofriante en su quietud.

    Espero que no llenéis mucho su lunita de caca.

  7. No name dijo:

    Los he visto más rápidos.

  8. Otroserdelaverno dijo:

    Y yo también.
    Eres más lento que el caballo del malo, pero por ahora de texto va bien.

    A ver si ahora aprovechas el salto y no tardas dos meses en el cap nuevo -ei.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.