7º Noctámbulos

mayo 9, 2010 at 7:50 pm (Uncategorized)



Extracto del diario “La voz de Painville”, sección Cultura:


SCHADENFREUDE AD INFINITUM

Por Charlie Heathcliff

“Schadenfreude es la alegría más bella, ya que es sincera”.

Frase popular

Vosotros comprendéis todos los defectos del espectro humano, de hecho, no tenéis virtudes.  Vivís en paz con vuestra propia miseria y en guerra con la de los demás, y disfrutáis de vuestra condición sin importaros el constante hundimiento al que os sometéis. Crueldad es lo que os hace falta. Más crueldad y más amargura en vuestras vidas, y no volveréis a despreciar  a vuestro prójimo.

Sois tan guionizables.  Todo ese absurdo posicionamiento en contra de cualquier cosa que no entendáis os expone a la destrucción pasiva, de una forma tan clara y evidente que puede plasmarse en una gráfica. Sois tan predecibles. Cualquiera de vosotros podría protagonizar, involuntariamente, una obra de teatro. Involuntariamente, porque todo lo que os sobra de patetismo os falta de talento, como no podía ser de otra manera, pues tal es vuestro desprecio por el menor gesto cultural. Necios. Reverberáis en la eternidad, nunca dejaréis de existir. Como tales, no tenéis derecho a quejaros si aparecéis entre las palabras de los críticos.  Es un justo intercambio. Crítica, crítica, crítica.

El escenario. ¿Os quejaréis antes de verlo? Es absurdo, idiotas. Lleváis toda la vida interpretando sobre él y ni siquiera sabíais que es un decorado. Es vuestra vida, lugar afilado escarpado disfrazado bajo el cual yace la oscuridad que tanto odiáis y de la que todos venís y vivís. Os atacáis unos a otros y todos procedéis del mismo lugar. Nacísteis de un mito, atados dentro de una caverna oscura. Cavernas mediáticas y Zodiacs muy rápidas.

Impasibles, vuestras generaciones destruyen sus cerebros y capacidades con drogas blandas, espectros de lo que un día fue llamado música, vacuas fotografías en movimiento y compiten por llegar más alto en las luchas televisadas que protagoniza la estupidez más absoluta. Una tras otra, vuestras semillas demuestran no valer para nada, y el escenario se irá quedando vacío. No hay nada que contar, ni talento para contarlo. Se ha perdido toda esperanza. Una eternidad de silencio por luto.

¿Y yo? No soy de los vuestros. Hace mucho que no estoy entre vosotros. Yazco bajo la oscuridad de la que emergéis para vomitar vuestras palabras al inexistente público. Soy del mundo de las ideas de Platón, el enésimo ciclo del eterno retorno de Nietzsche, lo que os mira desde lo más alto de la puerta del templo de Rashômon, símbolo de la decadencia de la moral humana. Condenado a sufrir vuestro dantesco espectáculo. Tengo lo que os merecéis.

“Schadenfreude”: Sentimiento de alegría creado por el sufrimiento ajeno.


Delusion dwellers” ₢ Laurie Lipton.

 

- ¿Contento? – Preguntó Lea sosteniendo el periódico delante de Charlie mientras removía su té con la otra.
- Satisfecho es una buena palabra. – Respondió Charlie palpándose el parche. Eran las cinco de la tarde y estaban en la cafetería Phillies. Lea tomaba Earl Grey. Charlie había optado por té árabe. El periódico era de ese mismo día. Estaban uno enfrente del otro, con la mesa y el azúcar como barrera, y no había nadie más allí a excepción de la dependienta.
- Es genial, creo. – Dijo Lea golpeando el texto con el índice. – Sublime y asquerosamente odiable. De esas cosas que provocan que te ganes una paliza callejera, lo cual sería genial, porque te desequilibrarías aún más y escribirías cosas aún mejores, y volveríamos al punto de partida.
- ¿Verdad? – Comentó Charlie sorbiendo su té. – De nuevo un Uróboros.
El opio del piso de Lea los había calmado bastante, y el vino los había envalentonado. Volvieron a tener una aromática sesión sexual entre humo que hizo más por sus respectivas satisfacciones que ellos mismos, y acordaron hablar sólo de cosas agradables. Siendo algo rematadamente difícil para Charlie, modificaron el contrato para no hablar de lo que le aterrorizaba y le había llevado a esa situación. Gracias al sexo y a las drogas, lo estaba llevando bastante bien. El té nivelaba los variantes estados de ánimo de ambos.
- Espero que te guste el cuadro que elegí para ilustrar el artículo. – Dijo Charlie.- No sé tanto de cosas artísticas relativas a la pintura como tú, pero los dibujos de Laurie Lipton son, cómo decirlo, jodidamente buenos, ¿no?
- Ciertamente sí. Cuando vayamos a tu casa quiero verlos, que sé que has comprado algunos. – Dijo Lea mirándolo al ojo. Había arriesgado mucho en esa frase.
- Claro. – Charlie no se alteró con la idea de regresar al castillo. – He comprado muchos cuadros para mi galería, ya sabes. Me gustan especialmente los de aquel que tanto te gusta, el que alberga esperanzas.
- ¿Quién?
- Dennis Hopper.
- ¿El actor de Terciopelo azul? – Río Lea.
- Maldición, un error. Edward Hopper, el de los paisajes e interiores. Y los noctámbulos, ya sabes. – Charlie señaló arriba con la mirada. – Esta cafetería lleva el nombre que hay encima del diner del cuadro.
- Y sin embargo, no es el nombre del bar. Se trata de un anuncio de una marca de puros.
- Lo sé. Me pregunto si el que levantase esto lo sabría.
- Eso es lo de menos, Charlie. Probablemente, al tipo le gustó el cuadro de las personas solitarias en un bar con las calles vacías en el periodo de la postguerra. Tal vez le conmovió tanto que quiso que su negocio acogiese también a halcones de la noche como nosotros[1]. Me parece precioso. – A Lea le brillaban los ojos. – Nos da un lugar a los que sabe que queremos venir a sentarnos separados y a no mirarnos más que a nosotros mismos, mientras disfrutamos de su té. Porque es un refugio contra el insoportable vacío de la calle. Porque es compañía.
- No es compañía. – Respondió Charlie pensativo. – Es soledad común.
Hubo un silencio incómodo.
- Pues esta soledad común es genial. – Dijo Lea levantando el periódico ante sí. Charlie arrancó la esquina de una página, la mojó en el té y se la comió. – Lo mismo digo. – Dijo tras tragar. Lea sonrió sin quitar la vista del periódico.
- No entiendo por qué sigues libre, en la calle. ¿Cómo es que no te han encerrado en un psiquiátrico? Seguro que eso relanzaría tu carrera desde cero.
Charlie la miró instándola a seguir. Nunca se ofendían. Podían matarse entre ellos y no se enfadarían por ello.
- Es decir, porque reconozcámoslo, Charlie, no estás muy bien de ahí arriba. – Continuó Lea. – Te quejas de que media ciudad quiere matarte y no haces más que avivar ese odio.
- ¿Verdad? Es algo que se me da rematadamente bien.
- Y en el fondo, eso te gusta. Bueno, y en la superficie. Pero no creo que te guste siempre. ¿Recuerdas cuando te dieron aquella paliza al salir del teatro? Y sólo era la primera representación.
- Cómo olvidarlo. Lo que te reíste. Y lo que aprovechaste mientras me cuidabas, inolvidable también.
- Ya… Pues te diré algo que no te gustará, Charlie. Painville te adora.
- Un montón.
- Lo digo en serio. Puede que te escupan, te tiren piedras y te insulten por la calle, pero son los mismos que aplauden a rabiar y lloran durante las representaciones en el Sir William. Y en ambos casos son mayoría. Lo sabes. Has conseguido ambas reacciones, y eso no lo consigue cualquiera. Creo que si te presentases a las elecciones, saldrías ganador sin duda.
- No me interesa la política, Lea. Ni siquiera sé el nombre del alcalde. ¿Tenemos alcalde?
- Wilkinson. Se llama Wilkinson y no, la verdad es que no es más que un hombre genérico en un puesto necesario que no hace nada fuera de lo común. No puedes quejarte, incluso un colgado probetéico como tú pilla subvenciones por hacer y para publicar lo que le gusta. Criticas mucho la ignorancia, pero la cultura que haces tiene muchísima aceptación. Por cierto, ¿no es eso hipócrita? Ganas dinero criticando a los que te lo hacen ganar por una situación que se contradice. ¿No es así?
- Es. – Respondió Charlie tranquilamente. – ¿No lo ves? Otro Uróboros. Todo encaja.
- Empiezas a cansarme con tus Uróboros.
- No, en serio. Ahí tienes la respuesta a tu planteamiento. No estoy interesado en la política porque está bien como está, y un Uróboros lo atestigua. No me veo de líder de éstos… Bah, es igual. Se me ha ocurrido una respuesta genial. Toma nota.

- Oigámosla.
- Antes me has preguntado como es que no estoy en un psiquiátrico. Bueno, a los dos nos gusta Arkham, pero lo cierto es que en Painville no hay ninguno. La ciudad misma lo es. Todos estamos como una puta cabra, no solo yo. Sólo que yo me doy cuenta, lo acepto y vivo en consecuencia. No seré hipócrita a estas alturas.
Lea asintió.
- Todos los habitantes de Painville tienen una locura idiota que los guía tanto a odiarme como a aplaudirme. No me meteré en eso, están en su derecho y, como has dicho, son los responsables de mi estatus y mi economía. Si no fuera así, haría tiempo que el ministerio que corresponda habría subido a demoler mi castillo para construir un centro comercial o, ya que estamos, un psiquiátrico.
- Su función ahora no es muy distinta. – Sonrió Lea.
- ¿Alguna vez dejas de sonreír? En fin, si darme cuenta de la realidad me hace el mayor pirado del reino, bienvenido sea. Pero no por ello voy a erigirme su líder. Porque más allá de la locura estúpida de la población y de mi locura excéntrica e inteligente, hay una locura silenciosa y asesina, y ya sabes de quienes estoy hablando.
- ¿Estás seguro de que quieres tener esta conversación? – Preguntó Lea. – ¿Aquí y ahora? Te empieza a temblar la voz y a palidecer la piel. Más de lo habitual.
- No, no quiero tenerla. Al menos ahora. – Charlie respiró hondo y apuró el té. – Pero en algún momento tenemos que tenerla, si queremos aclarar lo que esta pasando. Con ellos y con el hombre Uróboros. Si mis sospechas son ciertas…
Lea le silenció con la mano en la boca.
- Esta noche nos iremos al O’Malley, beberemos y ahí hablaremos de lo que tengamos que hablar y haremos lo que tengamos que hacer, pero no ahora. Ahora sólo hay una cosa que quiera hacer.
Levantó su mano de la boca de Charlie.
- ¿Visitar a la señora Creed? – Dijo este.
- No. – Lea sacó una aromática bolsita marrón de su bolsillo y se desabrochó el primer botón de la camisa. – La señora Creed puede esperar. Lo que yo deseo se me debe conceder de forma inmediata.
- Pensaba que nos lo habíamos acabado antes en tu piso.
- Siempre tengo mis reservas. Me voy al baño y no esperaré más de 5 minutos.
Lea se levantó y se fue. Charlie tomó el periódico por la sección de Cultura y volvió a leer su artículo varias veces. Después empezó a leer de ahí hacia atrás, buscando detalles en las monótonas noticias sin encontrar nada que le sirviese. Miró su reloj. Cuatro minutos y medio habían pasado. Nunca era tarde para el sexo y las drogas. Nunca le reprochaban nada. Animándose, salió en dirección al cuarto de baño, a Lea y al opio, dejándose por leer la primera plana de La Voz de Painville.

*****

 

- Ha llegado el momento de hablar de muchas cosas. – Dijo Livingstone sin quitar los ojos de la puerta.
- Te llevarás una sorpresa. – Murmuró Jack a nadie en particular.
Estaban en la vivienda de Jester, un viejo piso de mala muerte ubicado en el subsuelo, accediéndose por oscuras e intrincadas zonas de los bajos fondos. Pese a la evidente inconveniencia del lugar, resultaba casi imposible de encontrar para cualquiera que no conociese su existencia. La austera hacienda no tenía más que un camastro, algunos armarios y cocina y servicio en condiciones precarias, pero Jester no necesitaba ni aspiraba a más. Jester estaba tumbado en la cama, con el pecho vendado, Livingstone sentado a su lado y Jack montando guardia junto a la puerta.
- ¿Qué me ha pasado? – Preguntó Jester.
- ¡Madre Santa de Dios! – Exclamó Jack. – ¡Puede hablar!
- El raro te saltó encima, pero el gato saltó en el mismo momento y lo arañó en la cara. Eso le desconcertó, además de dolerle mucho, supongo, y perdió la postura que había cogido para lisiarte, con la rodilla doblada apuntándote. Todo fue muy rápido, pero cayó muy aparatosamente encima de tí y no pudo golpearte apropiadamente, aunque sí romperte algunas costillas.
- Me debes la vida, chaval. – Dijo Jack el héroe. – No estaría mal un agradecimiento ahora que al fin puedes hablar.
- Gracias… – Murmuró Jester sin moverse. Cuando intentó incorporarse, notó un dolor punzante en el estómago. Entre estertores, logró acercar la cabeza a un lado y toser sangre.
- Estás mal, amigo. – Siguió Livingstone. – Pero podrás salir de ésta, si es eso lo que quieres. Te he practicado los primeros auxilios. Iremos al hospital, cuando me digas lo que sabes.
- Coop…
- Cuando me digas lo que sabes de ellos. Y no me digas que no quieres ir al hospital, Jes, porque si es así me encargaré de que quieras ir.
- ¿¿¿Jes??? – Jack se divertía. – ¿Al final vosotros dos…? Los rumores eran ciertos.
- No. – Dijo Jester. – Perdona, Coop, no te lo estaba diciendo a tí. No tengo problemas en ir al hospital. Quiero volver a toser sólo microbios, sabes.
Livingstone asintió. – Bien.
- Coop… escuché un disparo. O algo parecido. Justo antes de perder la consciencia.
- Le dí en el brazo. Después de eso, luchamos. Aun herido se defendía como un león, y como puedes ver…
Livingstone acercó la luz de la lámpara a su cara. Tenía una cicatriz a lo largo de la parte derecha y el labio hinchado.
- También me ha dejado más recuerdos en la zona del pecho, pero no vale la pena enseñarlos. Era demasiado fuerte, mucho más que yo. Me tiró la pistola de un manotazo.
- ¡Já! – Río Jack. – Que te cuente, que casi lo machaca el raro solo con un brazo. Que te cuente quién le ha ayudado.
- ¿Cómo acabó todo? – Preguntó Jester.
- Ese gato. No sé si es tuyo, pero se comporta como si te tuviese cariño. Saltó otra vez y se agarró a la cara del raro. No me enorgullezco de esto, pero aproveché para golpearle por detrás y dejarlo inconsciente. Digamos que su cabeza no resultó bien parada.
- De nada, por cierto. – Jack se enorgullecía.
- ¿Qué hiciste con él?
- Os agarré a los dos y os llevé.
- ¿A los dos? ¿Tú sólo? ¿Cómo pudiste?
- Doy fé. – Dijo Jack.
- No lo sé. – Respondió Livingstone. – No lo sé, pero lo hice. Pasó algo raro mientras lo hacía, y eso que os llevé por los caminos menos transitados que hay por esta zona, y eso dificultaba bastante el viaje. Un tipo me echó una mano.
- ¿Quién?
- No pude verle bien. Fue extraño, pero no creo que fuese un raro. Iba cargando contigo y con el otro por una calle estrechísima y oscura, y tropecé. Caí de rodillas, me hice daño y me costó incorporarme. Entonces apareció allí ese tipo… bueno, realmente parecía estar esperando… ¿entiendes? No daba la impresión de que pasase por allí por casualidad. Llevaba un traje rojo oscuro y un sombrero del mismo color. No llegué a verle la cara, pero me tendió la mano para ayudarme a levantarme, y mientras lo hacía te recogió y te volvió a cargar sobre mi espalda. Dijo algo.
Jester permaneció en silencio.
- Algo extraño, pero con tono amable. “Espero que te liberes pronto de tu carga”. Lo dijo sonriendo, Jester. Y a la vez resultó siniestro. Llevaba algo grande de la mano. Creo que eran lienzos de pintura. Tenían esa forma, y ahora que lo pienso, había un olor fuerte en él. Puede que fuese pintura.
Jester cerró los ojos. Comprendió por qué había recuperado la voz.
- ¿Y el raro? ¿Qué hiciste con él? – Preguntó, aún cerrándolos.
- Lo llevé a otro sitio. Más o menos le arreglé el disparo en el brazo. Odio a esa gente que sabe donde está el fuego y te distraen mientras aumenta el riesgo de incendio. Cuando despertó, seguía sin querer decírmelo.
- Debo decir que empiezo a sorprenderme. – Comentó Jack.
- Coop, esa gente es muy peligrosa. – Dijo Jester. – No te imaginas cuanto, aunque hayas peleado contra uno. No se trata sólo de su fuerza o su aspecto. En cuanto puedan, irán a por tí.
- Cállate. – Cortó Livingstone bruscamente. – Ese solo era humo. Lo hice. Le obligué a decirme donde está el fuego.
- ¿…Cómo? ¿Cómo lo hiciste?
El rostro de Livingstone se ensombreció.
- Le obligué a decirme donde está el fuego.
Giró su sombría cara hacia Jester. Jack miró y se hizo un ovillo, asustado.
- Y tú también vas a decírmelo, ahora mismo.
- Sí. – Dijo Jester con un hilo de voz.
- ¿Qué es el hombre Uróboros?
Jester comenzó a hablar.

 

*****

 

Hace mucho tiempo me gustaba una canción que hablaba de una chica solitaria que en la tarde de un domingo veía pasar los difuntos. En realidad lo que decía era “minutos”, pero siempre preferí mi errada interpretación. Ahora ya no puedo preferir nada, y estoy viendo las dos cosas.
A mi lado, Reichembach se santigua, mirándolos y mirándome. Los vemos desde la cima del promontorio, desfilando en procesión silenciosa. No se tocan. No se chocan. Todos caminan por la luna sin aspavientos ni ninguna expresión. Es tan triste que quiero arrancarme lágrimas, pero debieron perderse en el viaje porque no las tengo.
Veo a Antonio Vega. A Dennis Hopper, el actor. A un sinfín de personas que conocía y que no, populares y anónimas. Todos desfilan. Hay un hombre pequeño de orejas puntiagudas que viste como un señor medieval. Lo recuerdo de la tierra. Podía hacer salir el arcoiris en las noches más oscuras, pero ahora ha enmudecido. Todos lo han hecho. Jesús, los muertos desfilan ante nosotros y no tienen donde ir.
Se meten dentro del esqueleto de la serpiente Uróboros. La boca está obstruida por la cola, lógicamente, así que tienen que entrar por la abertura más cercana. La serpiente es fría y grande, así que todos van desfilando dentro de su círculo hasta que al ir llegando a la cola el pasadizo disminuye de tamaño y tienen que salir. No están mareados. Se dirigen hacia las torres. Ortes Un, ciudad de los muertos. Población: Reichembach y yo. Y ni siquiera estoy seguro de eso.
- No tenéis por qué mirar. – Dice el hombre Uróboros a nuestra espalda. Pero no podemos evitarlo. Entonces le miramos y Reichembach se desmaya en silencio. Quedo yo. Mirando a los ojos del hombre Uróboros.
- Hola, Charlie. – Dice. – Se te ve mucho mejor fuera de la cárcel.
Y le conozco.


*****


- No pude encontrar a Macbeth, tío. – Dijo Othello. – He buscado por todas partes, pero se ha desvanecido.
- Sigue buscando. – Murmuró Romeo. Siguió a lo suyo. Othello farfulló algo y oteó las calles. Estaban en la azotea de un edificio alto, y atardecía. Esperaban.
- Romeo…
- ¿Qué quieres? – Romeo intentaba concentrarse en el mapa de la ciudad que tenía desplegado ante sí, haciendo y deshaciendo señales y flechas a la vez que garabateaba en un cuaderno.
- No estoy seguro acerca de lo de esta noche. Has visto lo que puede hacer ese tipo, igual que todos. ¿Qué oportunidad tenemos?
- La tenemos. – Dijo Romeo molesto. – Ahora déjame trazar nuestros movimientos.
Tuvieron unos momentos de silencio mientras Othello seguía oteando las calles. En otros puntos estratégicos, el resto de raros aguardaban, escondidos, el momento convenido para actuar. Lydecker lo había dispuesto así.
- Romeo. – Volvió a inquirir Othello pasado un rato. – ¿Somos amigos?
Romeo levantó la vista del mapa, sorprendido.
- No me vengas con esto ahora, joder.
- Responde. ¿Lo somos?
- De secundaria. Somos amigos de secundaria. Déjame en paz.
- ¿Qué es eso? – Preguntó Othello.
- Amigos de secundaria. Cuando, en la escuela, compartes clase con un tipo que te cae bien, habláis del nuevo número de Superman y os vais de bares confesándoos vuestro compartido amor por la rubia de la primera fila. Sí, sois buenos amigos durante un año pero os pasáis el resto de la vida fingiendo interés por retomar la relación. Eso somos.
- Es bueno saberlo. – Othello ocultó su decepción. – Así que esta noche cada uno se preocupará de salvarse a sí mismo.
- No, joder. – Refunfuñó Romeo. – Tú, y todos, no nos vamos a tener que preocupar de nada más que de hacer lo señalado. No habrá ningún problema. Hablé con Lydecker.
- Ese cabrón nos está usando. – Respondió Othello. – No puedes negarlo. Nos va a servir en bandeja para que ese Uróboros nos mate, como al maestro.
- Te repito que está controlado. – Romeo empezaba a enfadarse de verdad. – ¡No nos pasará nada! El hombre Uróboros va a ir a por su objetivo, que es el mismo que nosotros.
- ¿Entonces?
- Nosotros nos lo llevaremos antes. Es Charlie.
- ¿Y qué le importa ese idiota al hombre Uróboros?
- Fácil. – Reveló Romeo. – Tanto uno como otro son la misma persona.

*****

 

- ¿Hasta que punto crees en el simbolismo? – Preguntó Jester.
- Tío, soy un puto gato que habla. – Respondió Jack. – ¿Tengo que responder a eso?
- Sólo el necesario para saber lo que hacer. – Dijo Livingstone. – O para creerme eso.
- ¿Lo crees? Tú preguntaste.
- Vuelve a contarlo. – Dijo Livingstone. – Tal vez así.
Jester volvió a contarle una historia acerca de conceptos de eternidad, filosofía y reencarnación que Livingstone no creyó. Le explicó el significado del símbolo de la serpiente Uróboros, la teoría del eterno retorno de Nietzsche y el mandala de los círculos de la vida. Livingstone dijo que sí, que se hacía una idea. Jack lo entendió a la perfección. Después explicó que el hombre Uróboros era la representación de todo eso, y el detective ya no lo tuvo tan claro.
- Bueno, a ver. – Capituló Livingstone. – El rollo metafísico lo llevo bien. Así que, éste Uróboros, ¿se dedica a revolotear por el espacio exterior y descender de vez en cuando? ¿Y qué forma tiene?
- Es complicado. – Respondió Jester. – En el principio, era una persona normal. Humano. Algo pasó. ¿Castigo? ¿Penitencia? Y desde entonces vaga sin poder desaparecer del todo. Pero tiene esta ciudad como origen y destino. ¿Entiendes? Es como un satélite de Painville. Siempre acaba volviendo, a su pesar. En cuanto a su forma, bueno, en eso se asemeja a una serpiente.
- ¿Muda la piel? – Preguntó Jack. A Jester le costaba recordar que Livingstone no tenía constancia de la capacidad de habla del gato, pero a veces parecía que lo escuchaba inconscientemente, sin percatarse.
- ¿Por qué? – Preguntó Livingstone. – ¿Muda de piel?
- Más o menos. – Respondió Jester. – Él… digamos que dejó de ser humano, pero en cada generación se reencarnaba en una persona. Hasta que, y esto requiere que pongas de tu parte para comprenderlo, se desdobló.
- ¿Cómo?
- Se desdobló. Había llegado tan lejos a través del universo, de la inmaterialidad, de la eternidad, y su forma física seguía anclada aquí. Intenta imaginarlo, Coop. Un hombre del que tiran distintas fuerzas a ambos lados, una la propia ciudad y otra el universo infinito.
- Tiene que doler. – Comentó Jack. – Un sonoro ¡RAS!, como esos muñecos de papel recortables.
Livingstone suspiró. – Está bien, Jester. No tengo por qué creerme todo esto, pero quiero saber lo que pasa. Sigue, por favor.
- Al fin y al cabo, no todo es simbolismo. – Continuó Jester. – La parte física se queda en la ciudad sin ser consciente de su verdadera identidad, siendo otra persona totalmente independiente… pero en su interior quedan resquicios, restos y sensaciones de ese conocimiento. Y cada generación el hombre Uróboros desciende para volver a ser uno y poder morir y abandonar la eternidad, pero nunca lo consigue. No se puede. O, por lo menos, no ha dado con la solución.
- ¿Entonces? – Preguntó Livingstone. – ¿Qué forma tiene Uróboros cuando aterriza? ¿Qué fue lo que vi en la puerta de la librería Milfay?
- Su periodo de reconversión. Le toma un tiempo adquirir apariencia humana desde que desciende. Además, los raros intentaron invocarle mediante un ritual masónico y eso debió de molestarle bastante. En estos momentos no sé si lo habrá conseguido.
- Los raros van a intentar otra ofensiva esta noche. – Dijo Livingstone. – Me lo ha dicho Macbeth. Que es una especie de mesías, líder, puto dios a seguir para ellos, y que los guiará para limpiar la ciudad de escoria. Y que también van a por Charlie.
- Hasta en la sopa. – Murmuró Jack. – Hasta en la puta sopa me encuentro a ese bastardo, tíos.
- Charlie es la reencarnación actual de Uróboros. – Reveló Jester. – No es algo muy inesperado, siempre es alguien que destaca en la ciudad, cercano a las artes y generador de violentas pasiones entre los habitantes. Pero tenemos un problema con él.
- Sí, que es un idiota. – Respondió Livingstone. – Cabrón egocéntrico, y quizá un asesino.
- No. Al menos no por ahora. – Dijo Jester. – Charlie es una pieza clave para el plan de los Árboles y para el desarrollo de la ciudad, además de para el hombre Uróboros. – Un breve silencio. -El problema es que Charlie, a su vez, también ha conseguido desdoblarse.

Ortes Un, necrópolis lunar.
Lo mire por donde lo mire, Charlie es clavado al Hombre Uróboros. Los tres somos iguales, sólo que él parece mucho más viejo. Es extraño, pero como uno, tres. Y como tantos, tan infinitos como sea posible. Portamos eternamente el orgullo de la raza que nunca quisimos ser, y no queda otro remedio que ennoblecerse. Eso, o intentar sobrellevarlo. Porque entenderlo, desde luego que no.
- Te lo explicaré, chico. – Dice el hombre Uróboros. – Tienes derecho a saber por qué eres tú el que está aquí y no Charlie, y por qué existes en vez de ser polvo en el limbo. No es complicado, de verdad. Sólo un poco de psiquiatría básica y metafísica realista. Te lo explicaré cuando llegue el momento, porque uno de los tres deberá desaparecer.
Sopla el viento y se levanta el polvo lunar. En este silencioso ambiente crepuscular se podría esperar la llegada de cualquier visitante inesperado, pero creo que lo que nos toca ahora es una larga espera contemplando el vacío y los muertos.
Los muertos y nosotros. Qué fácil lo tienen.

O’Malley.
Sentados en el rincón más apartado, Lea y Charlie contemplaban el bullicio nocturno y vital de las personas que luchaban por defender los valores por los que tantos cayeron. Con el apoyo de la música, la luz, el opio, la oscuridad y cualquier otra cosa que necesitasen, eran dignos herederos de la llama. El espíritu atrapado en los cuadros que reflejaban el estilo de vida de las tabernas de los años 10 se había refugiado allí.
- Y nunca más lo perderemos. – Comentó Lea. Brindaron con sus oscuras e interminables jarras.
- ¡Noctámbulos! – Gritó Charlie, alzándose, jarra en mano, en dirección al bullicio. – ¡Hemos vuelto a encender la noche! – La clientela rugió de afirmación. – Una vez lo olvidé, tengo que confesarlo. Gracias por recordarme que esto aun existe, y dadme una paliza si vuelvo a olvidarlo.
- ¡Prometido queda! – Exclamó Lea. La risa estalló en toda la taberna.
- ¡Que recite algo! – Gritó uno de los habituales, llamado Wesson. Los demás lo secundaron.
- Todavía no es el momento. – Negó Charlie, mostrando el contenido de su jarra. – Me quedan unas cuantas como ésta para estar listo. Dadme tiempo, la noche es infinita. – Volvió a sentarse frente a Lea. – Si se me ocurre hacerlo de verdad, mátame. O quítame el opio, que será lo mismo.
- Lo acabaré haciendo igualmente. – Sonrió Lea.
- ¿Y tú? Nunca recitas nada cuando venimos aquí, y…
- ¿Y? ¿Vas a decirme algo bonito, Charlie Brown? – Lea adoptó la pose amenazante de Lucy Van Pelt. Entre los dos habían leído varias decenas de miles de tiras de Snoopy.
- No, no. No de forma voluntaria, por lo menos. Pero… – Charlie bajó la voz. – Pienso que recitas bien. Al menos en el teatro.
-Tenía que ser algo de eso. – Suspiró la chica. – Así que te parece que recito bien cuando se trata de algo que has escrito tú. Sólo, única y exclusivamente entonces. ¿Es eso?
- ¡No! Bueno… Lo que venía a decir es que me gusta cuando recitas. Pienso que lo haces muy bien.
- Así que te gusto cuando recito. Eso está mejor. Yo te gusto cuando recito.
- No juegues con las palabras para cambiar su significado a lo que quieres oír. Eso sólo puedo hacerlo yo.
- Entonces volvemos al principio. Eres un bastardo egocéntrico.
- Te has ido demasiado al principio. ¿Y la novedad es…?
- Ninguna. Pero, Charlie, por favor. Ahora estamos en un buen momento. Estamos bebiendo, escuchando buena música, nos hemos pasado la tarde a caballo entre las drogas y el sexo y la gente a nuestro alrededor no ha intentado matarte por ahora. Sólo quiero empezar bien la noche, sin que tengamos que caer en los mismos temas de siempre.
- Está bien. Lo siento. – Dijo Charlie. – Porque presiento que esta noche va a ser interminable. Y, volviendo al tema inicial, lo había dicho en serio. Ahí queda eso.
- Entonces quiero que lo repitas. – Lea adoptó el tono de voz que de tanto le había servido unas horas antes. – Inmediatamente.
- Me gusta cuando recitas. También me gusta la forma de lo que recitas. El lugar. Tu aspecto y lenguaje corporal. Las reacciones que suscitas.
- Y yo. – Lea se inclinó hacia delante. – También te gusto yo cuando recito.
Se encontraron a escasos centímetros un rostro del otro.
Charlie se acercó mucho más, a gran velocidad y susurrando una canción antigua.
- No. – Dijo, rozando los labios de Lea al hacerlo.
Y se retiró a su posición inicial, ocultándose tras la jarra, que procedió a vaciar. Lea quedó inmóvil, con los ojos cerrados y los labios decepcionados.
- Cobarde hijo de puta. – Dijo cuando reaccionó.
- Vamos uno a cero. – Dijo Charlie. – Haz tu jugada.
-No, Charlie. – Lea estaba encendida, mirándolo con los ojos entrecerrados. – No entiendo por qué tenemos que jugar uno contra el otro cuando nos hemos pasado la tarde jugando juntos. La noche en que llegaste a mi casa empapado, tuerto y llorando, no jugué contra ti ni te ataqué. Te ofrecí todo lo que tengo, sólo para que te sintieses mejor. ¿Por qué siempre tienes que ser así? Esto no es jugar. Es… es hacer daño porque sí.
- Verás… – Comenzó Charlie.
- ¡No! Maldita sea, odio las negaciones, pero no me dejas otra salida, joder. Me parece perfecto que seas así con la gente de la ciudad porque al fin y al cabo es lo que te da vida, pero odio que lo seas conmigo. ¿Adónde te lleva? ¿Es que te proporciona más placer hacerme daño que follarme?
- No. – Confesó Charlie. – Hace mucho que no siento placer real. Ni siquiera por ninguna de esas dos cosas.
- ¿Entonces qué coño te pasa? No tienes ningún derecho a tratarme así.
- No. No lo tengo. Tampoco tenían derecho los dirigentes a invadir territorios, y las cosas pasan.
Lea le propinó una violenta bofetada. La jarra se cayó, mas no se rompió. Las gafas salieron volando con idéntica suerte. La nariz de Charlie goteó sangre.
- Gracias. – Dijo el chico tapándose la nariz. Lea se levantó a recoger las gafas y se las puso delante. – Si no llegas a hacerlo, no sé lo que hubiera llegado a decir.
- Que te jodan. – Lea se giró. Charlie agarró su muñeca.
- Quédate. Lo siento. No volveré a hacerte daño esta noche.
- ¿Esta noche? ¿Es todo el margen que puedes prometerme?
- No lo sé. Quizá más, si consigo cerrar la mente para que no vengan las malas ideas.
- ¿De dónde vienen ahora, gran genio? – Lea se sentó a regañadientes.
- De muy lejos. De la luna.
- Genial. ¿Como les vas a impedir el paso?
Charlie señaló su jarra.
- A las 5 siguientes invito yo.

- Y entonces le dije: “Crueldad es lo que os hace falta. Más crueldad y más amargura en vuestras vidas, y no volveréis a ser tan ruines con vuestro prójimo. Lo sé, porque lo he comprobado. No tenéis derecho a cortarnos el acceso a la ficción, hijos de puta. Va más allá de lo que podáis entender. No tenéis ningún derecho a lucraros de lo que no os pertenece, de quitarle a la gente lo poco que le queda para pensar, para disfrutar y para imaginar por ellos mismos. Otra vez tergiversáis la palabra “villano” para acusarnos y glorificaros. Sois unos insensatos con el corazón oscuro, la lengua fácil y el cerebro goteante. Yo no tengo el corazón oscuro. Puede que no todos los sentimientos que tenga dentro sean buenos, pero los tengo todos claramente identificados. Para mí, un corazón oscuro es el que no se aclara con lo que lleva dentro en ninguna dirección, y eso nunca es bueno. Hay que tener claras las ideas, los pensamientos, y los sentimientos en todo momento. Y la única forma es el conocimiento y la experiencia. Y vosotros queréis acabar con todo eso, pero no estamos dispuestos a permitirlo. Hacéis piras con libros, cerráis los cines, sustituís la música por monótonas marchas militares. Todas vuestras emisiones televisivas avergüenzan al intelecto, así como vuestros intentos de control mental. Os diré algo: no se le pueden poner puertas al mar. Escuchadlo mientras os fundís en el magma vulgar de los tiempos modernos.” – Recitó Charlie subido a una mesa. Alrededor, todos jalearon, aplaudieron y alzaron sus jarras.
- Y entonces fue cuando te arrancaron el ojo, ¿no? – Gritó uno. Más risas.
- Más o menos. – Sonrió Charlie bajando de la mesa en dirección a la barra.
- No ha estado mal éste. – Le dijo el barman mientras rellenaba su jarra. – ¿A quién se lo dijiste?
- No lo recuerdo. ¿Qué más da? Puede que solo lo haya escrito. Ya sabéis como va esto. – Charlie se acodó en la barra, mirando el gentío. – ¿Crees que a ellos les importa? Lo que cuenta es el mensaje.
- O que no tuvieras valor de decírselo a nadie a la cara. ¿No puede ser eso también?
El barman le entregó su nueva jarra, fría y rebosante.
- Bueno. – Charlie bebió. – No lo necesito. ¿Por qué? ¿Has oído algo?
- ¿Desde aquí? Lo oigo todo, muchacho. Más de lo que me gustaría. Pero no se las cosas que son ciertas y las que no.
- Pregunta. Te confirmaré lo que pueda.
- El asalto a la señora Creed en Milfay. Hay quien creyó verte por ahí. – El barman bajó la voz. – O a ti o a alguien muy parecido. Ya sabes a lo que me refiero.
Charlie asintió en silencio. Siguió bebiendo.
- Dos. El asesinato de ese tal Johnston y lo que pintaron en la pared, ya sabes; “La incultura debe ser castigada”. No creo que hayas sido tú, no te imagino con cojones para hacerlo. Pero, chico, si alguien es capaz de matar a una persona porque odie la incultura, eres el primero en quien pienso.
- Ya he tenido esta conversación antes. – Respondió Charlie con calma. – Te diré lo mismo que le dije a ese detective, a ese…
- Livingstone. Rubio y amanerado, pero con estilo.
- No me digas que ha estado por aquí, investigando. ¿Qué le has dicho?
- No ha estado aquí. – Negó el barman. – Tengo mis fuentes. Sé que te interrogó. No lo sé, chico, no creo que seas un asesino. Pero sí creo que tienes la sombra demasiado alargada.
Charlie notó el esfuerzo del barman por no mencionar al hombre Uróboros y su relación con él.
- Vamos a dejar la metafísica al margen de esto, ¿eh, Charlie? – Continuó. – No vamos a mencionarla nunca más. Si escucho algo que te implique de una forma u otra con todos estos malos rollos, seré el primero en entregarte a Lydecker.
- Aplaudo tu honestidad. – Dijo Charlie. – De verdad. No tienes que preocuparte por eso.
- No confío en ti. Quiero dejarlo claro. Ahora vete. Hay una chica sentada sola en aquella mesa que no ha dejado de mirarte durante el discurso. – El barman hizo un gesto con la cabeza.
Charlie se giró y le estrechó la mano.
- Gracias por abrir tu taberna a tipos como yo.
Marchó en dirección a la chica. Ninguno de los que estaban en el bar hicieron ningún gesto mientras avanzaba entre ellos. Cuando no había discursos, se olvidaban de él. Muy propio.
Ella lo vio avanzar de lejos y no apartó la mirada, pero frunció el ceño. Su expresión se había convertido ya en una mueca de desagrado cuando Charlie llegó a la mesa.
- Hola. – Saludó. – ¿Puedo sentarme?
- Es tu ciudad. – Suspiró la chica. – Adelante.
Sentados uno frente al otro, Charlie no pudo evitar las comparaciones con Lea. Abrió la boca pero la chica le interrumpió antes de que pudiese decir nada.
- Me llamo Enid y tú no te llamas Charlie Heathcliff. – Dijo. Charlie aprovechó el momento de confusión para memorizar sus rasgos. Pelo oscuro, ropa oscura y gafas de montura oscura. Su bebida también lo era. Razonablemente atractiva, pensó, e incluso inteligente. Volvió a abrir la boca en vano.
- Y tampoco le has dicho ese discurso a nadie. – Continuó la tal Enid. – Probablemente sea otro de tus devaneos del sábado noche en tu alcoba. ¿No es cierto? Apuesto a que pronto lo volveremos a escuchar en el Sir William, de boca de algún actor más guapo y más decente que tú, que habrás escogido personalmente para que represente a la ciudad una versión idealizada de ti mismo. Y, me atrevería a asegurar, acabaría besando a Lea, también en público, que es otra de esas cosas que no tienes más remedio que hacer de esa manera sin arriesgar tu orgullo. ¿Sabes? No tiene nada de malo besar a Lea.
Charlie entornó los ojos y cerró la boca.
- Y no finjas que no lo sabes, Charlie. – Concluyó Enid. – Es todo lo que tengo que decirte por ahora. ¿Vas a decirme algo? Tal como estás, no te lo aconsejo. En realidad, conociendo tu estupidez, no te aconsejaría hablar conmigo nunca si quieres conservar tus pómulos de una pieza. Pero en fin, es una gran noche de música y licores. ¿Qué podría salir mal? Vamos, te concedo el privilegio de hablarme.
Charlie meditó durante lo que parecieron años. De repente no se encontraba bien.
- Te llamas igual que Enid Blyton. – Acabó diciendo. – Me gustas.
- Ah, ya. Tú a mí no. – Respondió Enid bebiendo de su jarra. – No soy tan vieja ni bondadosa como ella, pero me gustaban aquellos libros hace mucho tiempo.
- Nunca había conocido a nadie que se llamase como una escritora muerta. – Siguió Charlie. – Es…. bonito. Y macabro. Lo macabro es bonito.
- Oh, sí. – Ironizó Enid. – Adoro los paseos a la luz de la luna por los cementerios y hacer copias de las lápidas sobre papel de arroz mientras hablamos en susurros y nos tomamos de la mano. Podrías acompañarme alguna noche. – Observó la reacción de Charlie. – Estaba bromeando. – Se apresuró a decir.
- Eres de los nuestros. – Respondió Charlie. – Noctámbula. Como en ese cuadro de Dennis Hopper que…
- Déjalo, Charlie. De verdad. Lea ya me ha contado todo lo interesante que puedas contarme tú. Y llevas demasiadas cervezas encima, diría.
- No es cierto. Y si lo fuera, ¿qué más da? Esto es irreal. Puedo beber lo que quiera. No me afecta. ¿No lo ves? – Charlie señaló a su alrededor. – El O’Malley era una fiesta. Estamos en el pasado, en los años veinte. ¿Crees que esto puede ser posible en la actualidad?
- Me has convencido, desde luego. – Enid puso los ojos en blanco. – Vamos a la barra, antes de que el tiempo retroceda a la época en la que no había alcohol.
Y Charlie no pudo rebatir sus argumentos.

- Y por estas razones y muchas otras, digo que el amor debe ser DESTRUIDO. – Dijo Charlie alzando su jarra ante Lea y Enid, que estaban abrazadas hombro con hombro. -  Es necesario llegar al fin de algo que ha dejado de funcionar y aniquilarlo, reducirlo a pedazos para que el mundo se vuelva a dar cuenta de lo necesario que era y que se arrepientan de haber prostituido su significado.
- ¿Por qué le dejas acercarse a la barra? – Susurró Lea a Enid.
- ¡Qué se yo! Si no consigue llegar, se las acercan. Tienes que reconocer que es divertido. – Respondió Enid.
- Quiero provocar grietas y derrumbes por toda la ciudad. – Continuó Charlie. – Echar abajo todo lo que se sostenga y volver a levantarlo, y que todos sepan que he sido yo. Hacer que les interesen mis miserias y reconstruir la ciudad con ellas. Un nuevo orden de ciudadanía donde sea posible volver a creer en la ficción. Mejor aún: la traeré de vuelta. Y…
- ¿Y qué tiene que ver el amor? – Preguntó Enid. – ¿Qué tiene de malo?
- Que lo han sobrevalorado. – Dijo Charlie frunciendo el ceño. – Desde hace demasiado tiempo, cuando lo arrancaron de su hogar y lo soltaron aquí, en mitad de la jungla. Lo han roto, lo han transformado, lo cambiaron por otra cosa totalmente distinta que se asemejaba más a lo que ellos querían que fuese. Yo digo que hay que erradicar el amor.
- ¿Como harías eso? – Sonrió Lea. – Me pregunto, vamos.
- Me reservo la respuesta para otro momento. – Zanjó Charlie llevándose otra vez la jarra a los labios.
- ¿Por qué esa necesidad de hacer enemigos? – Preguntó Enid.
- ¿Necesidad? Obsesión. Adicción. Dependencia. – Apuntó Lea. – Incluso diría que una retorcida búsqueda de aceptación.
- No, no es solo eso. – Dijo Charlie. – “La paz es la peor cosa, sonriendo, hablando, caminando, pareciendo ser”. Bukowski.  Más allá de ello, poco importa. El enfrentamiento es la base de todo desenlace, ¿no? Me parece una razón tan buena como cualquiera para seguir adelante. Para que la historia fluya.
- ¿Y al final?
- Al final no tiene que haber nada. – Respondió el escritor mientras bebía. – La calma al final de la tormenta. El último hombre en pie que camina por el campo de batalla sin detenerse, sobre los cuerpos de los caídos. El cielo rojo y el silencio absoluto, la muerte que se despliega. La comprensión final, y luego, preparar al lector para la despedida. Que asuma el significado de lo que ha visto, que comprenda las metáforas, que parpadee. Y entonces, aprovechando su momento de debilidad, colocarle el último fotograma delante de sus narices y desarmarlo. Y rematarlo con el fundido a negro.
- ¿Cuál es el último fotograma? – Preguntó Lea.
- Joder, ya tendrías que saberlo. – Gruñó Charlie. – Una última sorpresa, un símbolo urobórico que le haga comprender que no ha terminado. Porque, de hecho, nada debe terminar y rara vez lo hace. Y si parece que termina, no os dejéis engañar. Es ficción. No debe tener fin.
- De todas formas, Charlie. – Comentó Enid. – No sé si estás hablando de una novela, una película o la vida real. Creo que pierdes la noción de la realidad.
- Y de la noche. – Lea señaló las jarras. – ¿Cuántas más crees que te quedan antes de caer redondo?
- Siempre una más para el camino. – Charlie volvió a beber.
- El camino, el camino, el camino.  – Dijeron Enid y Lea al unísono.
- Eso es lo que se supone que importa, sí. – Comentó Charlie. Se percató entonces de que Lea tenía su libreta de bocetos encima de la mesa y estaba garabateando algo en ella con la mano que no estaba sobre el hombro de Enid. Optó por obviarlo hasta que estuviese terminado y se concentró en Enid.
- Elijo eliminar el amor del camino. – Le dijo.
- ¿De tu camino? Una historia muy aburrida, entonces.
- No. Del camino de todos.
- ¿Por qué?
- Míralos. – Charlie hizo un gesto señalando al gentío. – Hipotecan sus vidas por ello. Lo que poseen, sus esperanzas y su desesperación, todo lo apuestan por el amor. En un principio no me parecía mal, incluso yo también lo hacía. Pero ahora soy demasiado viejo.
Lea puso los ojos en blanco.
- Lo digo en serio. – Continuó Charlie. – ¿Antes? Lo que fuera. Demasiado joven e inocente. Por supuesto. ¿Pero ahora? No voy a dejarme embalsamar otra vez.
- Preciosa analogía. – Ironizó Lea. – Sólo dices todo eso por no tener nada en común con la gente normal.
- Si eso es lo que me salva de acabar como ellos, sea.
- Le das demasiada importancia al “Final”. – Dijo Enid. – Nosotras vivimos en el camino, Charlie. Es una pena que no lo compartas. Al fin y al cabo, todos tendremos que acabar alguna vez. Es nuestra forma de recorrer el camino lo que nos hace diferentes. Y tú mismo reconoces que no debe haber final.¿No es eso otra forma de “camino”?
- No lo has entendido. – Respondió Charlie. – No deberías hablar tan a la ligera. En el camino hay infinidad de rutas, ¿no? Es tan sencillo como eso. Nadie puede recorrerlas todas. Bueno… – Cerró los ojos por un momento. – Casi nadie. Elegimos nuestra forma de vivirlas y si hay que desdeñar las demás, lo hacemos. Todo el mundo lo hace. ¿No lo ves? De eso se nutre la gente en esta ciudad, del desprecio y la crítica.
- Ahí no puedes sentirte exclusivo. – Señaló Lea. – De hecho, tú eres el primero en hacerlo.
- Sí, claro. Y el más acertado. – Bebió. – Eliminando el amor del camino, nos libramos de la confusión y somos dueños de nosotros mismos.
- Gilipollez absoluta. – Dijo Lea. Enid asintió. – Totalmente. Esperaba más de ti.
- Eso está bien. – Respondió Charlie. – Que esperéis más de mí. Es una motivación.
- ¿Estás trabajando en algo ahora? – Preguntó Lea. – Quiero decir, algo de lo que no tenga constancia. – Volvió a centrarse en su cuaderno.
- Siempre. Quiero cerrar esto que os he comentado, desmitificar definitivamente el amor.
- ¿Y después? – Preguntó Enid.
- Después nada. Final de saga y a otra cosa. Carpetazo. Oficialmente, pasará a llamarse “relación emocional intensa” y puede que veamos algo bueno en esa futura segunda etapa. Pero para ello… – Charlie la señaló. – Me vendría bien documentarme. Necesito engancharme a algo, ¿estás disponible?
- Esto.. – Replicó Enid, sorprendida.
- Lo está. – Dijo Lea, sin levantar la vista del papel.
- Será altamente tenido en cuenta. – Charlie bebió y se puso en pie, coincidiendo con los acordes de inicio de una canción irlandesa. – ¡Me voy a celebrarlo a la barra, para mantener las tradiciones!
- ¿Por qué has tenido que decir eso? – Inquirió Enid.
- Será divertido, y le vendrá bien. Míralo. – Lea indicó la barra. – ¿Ves qué feliz? Son éstos momentos los que valen la pena con él. Borracho, cantando con los demás en la barra, como si de verdad se sintiese uno más. Ni dos, ni medio, ni infinitos. Necesita sentir que esto no es real, que está en uno de los millones de mundos posibles, viajando por el tiempo y el espacio. Es lo que le hace vibrar.
- ¿Hasta que punto se cree lo que dice?
- Oh, todo lo dice de corazón. Hasta las mentiras y los desprecios. No estará satisfecho si no experimenta con las palabras y las reacciones humanas, de eso es lo que vive.
- Ya. Mira, parece que tiene amigos y todo. Están cantando The Pogues hombro con hombro y nadie tiene intención de querer pegarle por ahora. Para Charlie eso debe de ser amistad verdadera.
- Sí… ¡Oh, ahora suena una balada! Prepárate, esto va a ser buenísimo. Verás como se viene abajo.

- Se ha perdido, se ha perdido. – Gimoteaba Charlie en la barra. – Todo lo bueno se ha perdido. – Volvía a beber.
- ¿Y eso? – Preguntó Enid.
- Nostalgia. – Respondió Lea.
- ¿Nostalgia de qué?
- De las cosas que le gustaban y ya no le entretienen. El cine, leer, el sexo, la música… aunque él no lo dirá abiertamente, se siente demasiado viejo para seguir disfrutándolas. Arrastra un vacío existencial muy pesado.
- O simplemente está deprimido porque nadie le aguanta por gilipollas.
- Eso ya se da por supuesto, Enid. – Rió Lea. – Atenta, que llega el estribillo.
Charlie y el resto de borrachos alzaron sus jarras cantando “Rainy Night in Soho” a pleno pulmón. Lea distinguió a varios de los habituales como Jimmy o el viejo John, inmersos en el rito más antiguo y auténtico de camaradería que conocían. Y el mejor posible en esa ciudad.
- Cuando recorramos el último camino, amigos. – Les decía Charlie entre trago y trago. – Lo haremos con una pinta y cantando, entonando gestas por las causas perdidas. Y entonces todo… – Se quedó en silencio.
- Claro que sí, compañero. – Dijo John, tosiendo. – Cuando todos nos hayan dicho que nos jodan y que no quieren volver a vernos, cantaremos la última canción.
- Y esta… – Señaló Jimmy. – Esta es la única última canción existente. – La balada de The Pogues tocaba a su fin. Charlie se subió a la barra de un salto, siendo jaleado por los presentes.
- And you are the measure of my dreams… – Cantó, jarra en alto, con todas sus fuerzas. – THE MEASUUREEEE OOOF MY DREAAAAMS…
- La cante quien la cante, hay que reconocer que es preciosa. – Enid sonreía de verdad. – Y este momento, para ellos, también lo es. Ojala él fuese así más veces.
- Lo sería si pudiera, mira, ya verás… Ahora se está excusando ante John y Jimmy por no acercarse a pasar más tiempo con ellos, hablando de las cosas que les gustan mientras beben y cantan.
- ¿Qué excusas pone? No lo hará porque no quiere.
- Sí que quiere. En realidad, es lo que más quiere, ser uno más de la alegre parroquia en vez de representar el papel que le ha tocado. Pero no es fácil para él. Le da miedo.
- ¿Miedo de que vean como es por dentro? Lea, ya no sé cual de las dos versiones es la auténtica, si la embriagada y sociable o la insufrible egocéntrica.
- Las dos, Enid. Recuérdalo. – Dijo Lea. – Siempre las dos.
- Gary murió hace unos días. – Estaba diciendo John. – Lo encontraron en una habitación de hotel junto a una botella y su guitarra.
Jimmy y Charlie asentían apesadumbrados.
- Tenemos que guiarle con una canción.
- Totalmente. Y sé cuál tiene que ser. – Charlie se la susurró al barman, que le entregaba otra pinta. Segundos después, las guitarras de Thin Lizzy los encendieron. “Black Rose” sonaba a todo volumen, y los amigos cantaban por su compañero perdido.
- Maldita sea, Lea. – Enid se secó una lágrima, sonriendo. – No vuelvas a hacerme esto. No quiero sentir nada remotamente parecido a simpatía por ese maldito imbécil.
- Tenemos que recordarlo así. – Adujo Lea. – Nos ayudará en todos los demás momentos en los que sea como siempre, para no golpearle. – Terminó lo que estaba garabateando en su libreta. – Esto ya está. Cuando vuelva se lo enseñaré…
De repente, todo se apagó. La música ceso y las luces se fueron. Se escucharon quejas, ruidos de vasos cayendo al suelo y personas moviéndose en la oscuridad.
- ¡Eh, pero qué…! – Comenzó a gritar Charlie. Algo envuelto en llamas atravesó una ventana y golpeó su cabeza, haciéndolo caer inconsciente detrás de la barra y llevándose unas cuantas botellas por delante. Su espalda aterrizó sobre cristales rotos. El alcohol derramado prendió y la oscuridad se fue. El O’Malley ardía.
Todos trataron de correr hacia la salida, en medio de la confusión. Enid y Lea se cogieron de las manos. Se disponían a ir a por Charlie cuando la puerta se vino abajo. Una figura alta y oscura la ocupó.
- Víctimas de vuestro pasado sois, expuestos a la destrucción voraz. – Dijo Marv Kelly. – ¡Painville! Hemos regresado. No solo la tierra levanta la paz.

 


[1] Pese a que Nighthawks de Edward Hopper se conoce en castellano como “Noctámbulos”, su traducción más aproximada es “Halcones de la noche”.

 

 

 

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6º Noche sin luna ni estrellas

noviembre 1, 2009 at 10:57 pm (Uncategorized)

Encadenado a la pared, Reichembach abrió los ojos. Exceptuando el dolor en las muñecas, dobladas tras la espalda y firmemente sujetas a unas argollas de bastante antigüedad a juzgar por el óxido que podía palpar, estaba entero. Conservaba la túnica, las arrugas, la barba y el terror adqurido en su abducción y viaje por el vórtice. Sin embargo, lo que había visto allí prefería no conservarlo. No iba a depender de él, de todas formas.
El viejo Maestro con nombre de catarata suiza miró alrededor, intentando identificar la estancia en la que se encontraba. No era demasiado grande, y lo único que había aparte de pared de roca cavernaria era una puerta de metal con rejilla. No cabía duda de que era una prisión, pero no imaginaba la ubicación de la misma. El terror no se apaciguó.
Reichembach hurgó en su infinita sabiduría y cultura ilimitada en busca de recursos, pero solo encontró truculentos recuerdos acerca de lo que le sugería su cerebro sobre aquel tipo de estancias. Hizo esfuerzos, además, por obviar que un tipo extraño estaba delante de él, y que no era fácil de ver.
Pero no pudo obviarlo. Consiguió evitar asimilarlo, memorizarlo o describirlo, pero no ignorarlo, y eso fue peor para su cordura. Además, el otro le estaba mirando. Fue aun peor cuando le preguntó:
- ¿Qué habéis hecho con la luna, hijos de puta?

Tras un breve fundido en negro, Reichembach volvió a abrir los ojos. Nada había cambiado, pero ahora decidió hacer esfuerzos por asimilar lo que tenía delante. El hombre Uróboros no se mordía ninguna cola, hacía lo que podía por mostrar aspecto humano. Procuraba adoptar un aspecto que no se hubiese fugado de ninguna pesadilla lovecraftiana, y alcanzaba a ser un ser de alcance oscuro, nada más, y ciertamente atemporal, pues no podía acertarse su edad, siquiera orientarse. Seguía mirándolo, y entonces Reichembach reconoció en quién se había reencarnado esta vez. Pero no dijo nada.
- Habéis estado a punto de cargaros la luna. ¿Te das cuenta?
El hombre Uróboros lo interpelaba. En esas condiciones, empezando a imaginar la ubicación de aquella prisión, pensó que era mejor contestar y ganar tiempo.
- Me doy cuenta muy bien, líder Uróboros. – Dijo Reichembach.
- No soy vuestro líder, idiota. – Gruñó Uróboros. – Ni siquiera estoy seguro de saber quiénes sois. ¿A qué coño ha venido todo ese rollo de la invocación?
- Te adaptas muy bien a tu reencarnación, líder. – Sonrió Reichembach. – Hablas como él. Dejando eso a un lado, quiero mostrarte nuestro agradecimiento por tu nuevo advenimiento.Te estamos esperando.
Uróboros parecía muy enfadado.
- No necesito ningún club de fans. Pero, espera, no sois adolescentes precisamente. Eres viejo de cojones, tío. ¿Quiénes sois y por qué estábais rompiendo la luna?
- Somos tus súbditos. – Dijo Reichembach con los ojos iluminados. – Imploramos tu venida, y lo hemos logrado. Ahora, libérame de estas cadenas, y…
- No. – Dijo el hombre Uróboros. – Pasarán muchas cosas antes de que te libere, créeme. Habla.
- Somos Los Árboles. – Reichembach ocultó su terror. – Nos elevamos, fuertes y llenos de sabiduría, sobre la hojarasca, la tierra y las raíces podridas. Sobre los animales muerto del bosque. Por encima de la carroña, nutriéndonos con su sangre y alimentándonos de las lágrimas de los dioses del universo superior. Como tú. Tú nos das fuerza y motivacion para seguir, y nosotros juramos tu palabra, y realizamos tus deseos. Somos tu representación en la tierra, Maestro Uróboros.
La cara del hombre Uróboros era un poema de incredulidad y desprecio que no se molestó en disimular. Dando la espalda a Reichembach, caminó por la prisión maldiciendo en su propia jerga. El prisionero tragó saliva, siguió ocultando su terror, y decidió seguir en el papel. Preparó otro discurso de verbo secreto con el que enaltecer cualquier ambición secreta, procurando sobreponerse a las convulsiones de furia que agitaban la espalda del ser al que aparentemente rendía pleitesía, pero se quedaron a medio camino cuando aquel ser se giró de nuevo.
Una cara que Reichembach ya no pudo describir lo taladró y toda su fingida entereza acabó desapareciendo con la menor brevedad.
- La luna, hijo de puta. – Dijo la cara. – Casi me rompéis la luna. ¿Y para qué? ¿Para traerme de vuelta? Eso ya lo sé hacer yo solo, no necesito ninguna puta secta de fanáticos admiradores de Hiram Abiff de segunda mano.
- ¡Te necesitamos! – Consiguió balbucear Reichembach. – Necesitamos que nos lideres en nuestra revolución contra los ignorantes de esta ciudad. Debemos tomarla de nuevo.
El hombre Uróboros decidió acabar por el momento. Silenció al viejo de un golpe (ninguno de los dos supo con qué le golpeó, dado el curioso caso de informidad y rechazo visual que estaba profiriendo) y lo agarró por la capucha, empujándole el rostro contra el suelo de piedra.
- Despídete de lo conocido. – Murmuró. – Besa la piedra y disfruta de su sabor, porque nunca volverás a tener un suelo, ni un techo, ni nada parecido. Donde te llevo no hay tales lujos.
Reichembach no dijo nada desde su inconsciencia.
- No me lo tengas en cuenta. – Ironizó el hombre Uróboros. – Con este monstruo ya no caben medidas. Arriba, viejo, nos vamos a Ortes Un.

*****

De noche, el aire es siempre mejor. Llevaba mucho tiempo entre suelo y pared, y este cambio ha sido muy agradable. Creo que ahora puedo hablar mejor, con más libertad y claridad, porque ya no estoy en la celda. De repente entró una corriente de frío nocturno y la puerta se abrió. Charlie me detuvo, sí. Pero después lo detuvieron a él, y ahora yo estoy aquí. Es irónico. Por mucho que seamos una persona, siempre estamos en lugares distintos. O dos. No lo sé. Sí lo pienso. Y cuando ha llegado la serpiente, ¿cuántos somos? Creo que nos hemos roto y ya no puedo contarnos.

Un viejo encapuchado que no conozco gime que estamos muertos, tirado en el suelo. No lo conozco, creo, y no me arriesgo a las conjeturas. No sé donde estamos, pero no había visto un cielo más grande y más amplio en nuestra vida. Altamente negro y sin estrellas. Debe ser lo que llaman universo infinito. Dicen que hay muchos, quizás sean como nosotros. Las pesimistas palabras del viejo rebotan y se expanden por ese cielo negro y casi puedo verlas resonar, hasta que vuelve a musitar algo parecido a “Hail, horrores, hail” y eso me hace estremecer, y la vibración de ese estremecimiento también reverbera y choca con el eco de las palabras. A Charlie le encantaría este sitio.

No quiero que Charlie esté aquí. Me golpearía contra el suelo y el de aquí es muy irregular. Sucio, roto, soltando polvo, marcas, agujeros, huellas imborrables. Hum. Joder. Vuelvo a echar un vistazo al universo y otro a la superficie en la que estamos. Reichembach, al fin recuerdo su nombre, lo escuché antes, rompe a llorar.

- No es justo. – Gime reiterativamente. – Esa serpiente me ha engañado.

A través de sus lágrimas me mira, grita y se echa a temblar. Hace mucho que no tengo contacto con nadie más aparte de Charlie, y él solo sabía darme palizas y callarme. Me alegro de que la reacción de Reichembach haya sido diferente. Intrigado, me acerco a él, sin dejar de fijarme extrañado en el extraño horizonte que tenemos. Me gusta el aire frío de la noche.

Reichembach mira también el horizonte y se aterra aún más. Parece desesperado. Extiendo una mano hacía él, sin pensar en la intención, sólo en el gesto, y se aleja rodando. Como no puede hacer mucho más, se pone a murmurar de nuevo.

- Su roja mano izquierda. – Musita. – Su roja mano izquierda.

Cualquiera diría que este viejo ha encontrado su paraíso perdido. Levanto mi mano izquierda para asegurarme de que no es roja y resulta ser gris azulada, pero al poco tiempo constato que no es más que el brillo lunar que irradia el terreno. Me doy la vuelta para realizar una mirada en derredor, la más interesante que he tenido ocasión de dar en mucho tiempo, la primera sin paredes de piedra, y veo lo mismo en todos los puntos de los 360º. Demonios, lo más cerca que había estado de esto había sido en un Tintín, pero o yo estoy demasiado loco a estas alturas (y no sería una buena idea preguntárselo a Charlie, se ofendería) o estoy en mi propio “Aterrizaje en la Luna”.

– “El Sol es oscuro conmigo”, – recita Reichembach arrodillado, frente en el suelo manchada de polvo lunar, – “Y silencioso como la Luna”.

Y esta Luna, eterno satélite del que me enamoré hace demasiado tiempo, se está resquebrajando a cada minuto.

*****

- Pareces un pirata. – Ríe Lea, acariciándole el pelo.

Están en la buhardilla que hace las veces de hogar de Lea, ella echada en la cama y Charlie en el suelo, en la parte en la que no hay alfombra. El chico lleva un parche negro donde debería estar su ojo izquierdo, y el ojo sano permanece cerrado.

- Deberían poner gárgolas de piedra en todas las putas iglesias. – Dice Charlie.

La buhardilla no podría pertenecer a nadie más que a una artista. Austera pero espaciosa, triangular con pared de cristal por la que Lea ve la mitad sur de Painville, pasando por el puente y los Árboles, y un suelo de madera barnizada por el que no pierde ninguna oportunidad de caminar descalza. Jack ha dejado vacía su cesta para ir a cazar, y en la ciudad llueve. Las gotas golpean sonoramente sobre el techo diagonal, pero no se forman goteras que pudieran estropear los cuadros. Algunos dibujos están pegados en el techo, no colgando, sino extendidos a lo largo, y parecen ascender si se observan desde el ángulo correcto. Incluso, desde un ángulo mucho más correcto e inducido por sustancias más espirituales, parecen cobrar movimiento y pasar a toda velocidad por ese techo diagonal. No son otra cosa que imágenes en acción, al fin y al cabo, ya están inventadas.

- Debería echar las cortinas. – Comenta Lea. – La lluvia está corriendo por el cristal, ¿te gusta eso? Si quieres, echo las cortinas. Si no quieres, nada.

- Están bien así. – Responde Charlie sin mirar siquiera. – Si nos miran desde fuera, nos verán difuminados. No se aleja de la realidad.

Lea se levanta y se acerca al ventanal, apoyando una mano en el cristal y mirando la ciudad.

- Desde aquí veo su refugio. ¿Sabes? El de los Árboles. Quiero que lo incendiemos para que dejen de molestarnos.

- Está bien. – Murmulla Charlie. – Ve tú. Yo no pienso moverme de aquí.

- Charlie, deberías volver al castillo. Estoy segura de que…

- No pienso volver al castilllo.

Los dos amigos permanecen en silencio incómodo. Tras el misterioso suceso del castillo, Charlie había acudido temblando a casa de Lea y llorando, se había metido en su cama sin dar explicaciones, nada más que una súplica por ser acogido. Lea estaba contenta por tenerlo cerca, pero seguía sin saber lo que había pasado. Pese a todo, creía a Charlie bastante valiente y autosuficiente como para afrontar lo que fuese.

Y entonces Charlie le mostró el ojo.

Tras unos vistazos a esa cosa roja de pupila apagada y algunas pruebas de visión, quedó claro que el ojo precisaba atención médica urgente y de carácter milagroso, pues el chico era incapaz de ver nada por él y además sentía un agudo dolor que sólo se calmó con dos generosas noches de opio. La primera de ellas, además, se tradujo en varios momentos de sexo lánguido e impersonal que Charlie interrumpió en cuanto remitió su dolor. Lea, aunque decepcionada, no se afectó demasiado. Conocía bien a su amigo, y si a él no le importaba no estar demasiado vivo por dentro, ella lo estaría por los dos. El parche había salido de restos de lo que Lea usaba o cogía del vestuario del teatro, y a Charlie le parecía perfecto.

- No deberíamos vivir aquí. – Dice Charlie.

- Debemos vivir aquí. – Opina Lea. – Es la ciudad del arte, Charlie. Tenemos todo lo que queremos, sobre todo tú.

- ¡NO!

Lea se sobresalta y Charlie se levanta de un brinco, enfadado.

- Yo no debería vivir aquí, en esta ciudad de iletrados. No es digno.

Lea se resigna a escuchar una vez más lo que ya se sabe de memoria, mientras Charlie grita al ventanal empapado.

- Ya te lo dije, he dejado de tomar las cosas como son para tomarlas como deberían ser, y así siempre tendré razón porque hablaré con el mayor conocimiento y verdad absoluta que existen. ¿Sabes? Son los años veinte o treinta, no sé, y esto es París. Da absolutamente igual que no sepa decir ni una calle ni un barrio ni un río ni un misterio de París porque estoy aquí con Hemingway y el maldito Henry Miller, el que sabía inflamar un coño mientras los demás solo encendíamos fuegos, y son mis mejores amigos. Nos sabemos de memoria los bares, los burdeles y los callejones, pero no cómo salir de ellos, y todas las noches son una fiesta. Escribo mi puto trópico de sagitario en honor a mí y ahí sí que podría llegar a quererte, por que allí estaríamos iguales, a la altura, lo sabes, y no es que no te quiera, pero no aquí, lo sabes, ¿verdad? Y sé que no me has pedido esta catarsis así que trataré de esquivarla verbalmente retomando el alcohol que corre por nosotros mientras nosotros corremos sobre él para correr por París. Escribimos en cafés bohemios donde en las estanterías se apoyan todos los libros zaparrastrosos del mundo, que se limita a París, así como se limita a Painville para esos gilipollas de las barbas, aunque Ernest y yo llevamos barba honrosamente y no somos ningunos gilipollas, y a ti te lo puedo decir, él es mucho mejor que yo y me muero de envidia mientras le veo escribir, y cuando cotilleo sus manuscritos mientras él yace dormido sobre alguna puta en la habitación de al lado, cuando no la ocupa Miller con Tania y dos monedas de un franco. Me muero de envidia porque por mucho que lo intente, por mucho que escriba, beba, odie, folle, aspire y muera nunca podré escribir así, por lo que tengo que limitarme a ser el mejor de esta mierda de ciudad, Painville, muy lejos de ese París donde todos estamos juntos y solos y muertos y nos divertíamos más de lo que hacemos aquí, donde el estar juntos y solos y muertos no es una opción. Sí, ya he acabado.

Resollando, se apoya contra el cristal y se toca el ojo parcheado.

- ¿Te duele ahora? – Pregunta Lea.

- No. Cuando no me duele, estoy bien.

- ¿Alguna vez estás bien? – Lea se sienta sobre la cama abrazándose las rodillas. – Quiero decir, Charlie, me parece bien que estés tan rematadamente amargado porque es por eso por lo que desarrollas tu creatividad y eso es lo que me gusta de tí, entre otras cosas.

- ¿Entonces?

- Entonces esto. ¿A qué viene aparecer de repente en mi piso cuando nunca te has quedado ni una noche y ahora no quieres salir? ¿Por qué no me cuentas lo que te pasó en el castillo? Nunca habías tenido miedo de nada, y ahora…

- Ahora tengo miedo. – Charlie mantiene la misma expresión mientras lo admite. – Lea, la gente cambia, incluso alguien tan valiente como tú…

- ¿Crees que soy valiente? – Sonríe Lea.

- Tienes que serlo para albergar bajo techo y cama a alguien como yo. Alguien como yo, que… – Charlie se detiene para mirar por la ventana. Lea corre hacia él y le toma las manos.

- Ahora no te pares. Sigue hablando, te concedo otra catarsis. Te concedo todo lo que quieras por que sigas hablando.

Charlie cierra el ojo y se sienta en el suelo contra la ventana, dejándose resbalar contra el cristal. Lea apoya las manos en sus rodillas y las caras permanecen a unos milímetros de distancia, las respiraciones enfrentándose.

- Alguien como yo que ha dejado que una serpiente de mierda le distraiga mientras su prisionero desaparece de la celda sin dejar rastro. Una serpiente de mierda que me da más miedo que cualquier otra cosa, porque Charlie ya me advirtió de ella y preferí encerrarlo antes que escucharle, y ahora estoy jodido.

Charlie queda en silencio y Lea espera una respuesta. Cuando se percata de que esta vez no es una catarsis y va a responder, Charlie continúa, visiblemente más apurado.

- Alguien como yo, ¿sabes?, que tan pronto me valgo de mí mismo como recurro a ti, que me valgo de las miserias de los demás para escribir, tiene miedo de sí mismo y de lo que hay más allá de sí mismo. Desde que Charlie…desde que mi prisionero no está, me siento intranquilo e incompleto, pero a la vez estoy más liberado sin tener que vigilarlo. Supongo que es irónico. Además…

Lea le pone una mano en la boca para silenciarlo.

- Charlie. – Dice. – Bien sabes que te quiero y que estaré siempre contigo, pero conmigo no tienes por qué hablar siempre en lenguaje poético. A los dos nos gusta y si no fuera por eso nuestra amistad sería diferente, pero hay cosas que hay que dejar claras de una vez.

Charlie asiente con la cabeza, notando el tacto de la mano de Lea en sus labios.

- Solo hay un Charlie, y eres tú. Sólo hay un prisionero, y eres tú. De tí mismo. No me hace falta ningún tratado de psicología para mostrarte la razón. Si no tienes valor para admitir que tu parte mala se ha comido a la buena, es porque tampoco tienes valor para dejar salir a la parte buena, porque eso, claro, es para los débiles, ¿no?

Charlie asiente imperceptiblemente cerrando los ojos.

- Deja pasar unos días con ese Charlie bueno libre, y no te acerques mucho a la celda, que a lo mejor te empuja dentro y te encierra para cambiar las tornas. Y claro, eso sería algo terrible, ¿verdad? Ya sabes, soy Charlie, no muestro sentimientos para que nadie me haga daño y prefiero hacérselo a los demás.

Charlie besa apasionadamente la mano que le cubre la boca. Es la mano de una artista inigualable, bien merece eso y más. Lea deja la mano unos instantes y la retira cuando acaba el beso. Hagan lo que hagan, siempre se transmiten algo, ni un segundo dejan de hacerlo.

- No es que no tengas razón. – Dice Charlie. – Lea, sabes que te agradezco todo lo que haces por mí, pero te lo dije antes. Ahora no me tomo las cosas como son, sino como deberían ser. Y si digo que tengo un prisionero, lo tengo. Llámalo lenguaje poético o como quieras, pero es algo más. Porque yo sé que hay una celda en mi castillo en la que hay encadenado alguien muy peligroso para mí, y que ha escapado. Y no pararé hasta encontrarlo y devolverlo a ese lugar, pase lo que pasa. Y te juro que existe, porque cada celda grita.

Esta vez es Lea la que escucha.

- Y también te juro que un tío extraño se coló en mi castillo, que hurgó en mi intimidad, y puedo jurar que ese tío es el que abrió la puerta de la celda para desencadenar mi crisis y además es la serpiente que estaba afuera mirándome mientras se mordía la cola. Es ese tío del que he oído hablar. Charlie me prevenía de él, el detective también dijo algo y estoy seguro de que es eso lo que buscan los raros.

- ¿El qué o quién?

- Uróboros. No quería creerlo, pero ha vuelto y no tendrá piedad de mí. .

Charlie rompe a llorar por primera vez en mucho tiempo. Lea lo abraza. Son un ovillo tras la lluvia, a salvo de los raros y de la serpiente.

- Estás a salvo. – Susurra Lea. – Averiguaremos de qué trata todo esto, y nos enfrentaremos a los raros. Tú y yo, como hemos hecho siempre, conspirando en la oscuridad. ¿Quieres?

Charlie asiente entre lágrimas.

- Te diré lo que haremos. Nos pasaremos la tarde tomando té rojo, verde y blanco, me lo contarás todo, ensayaremos alguna escena de “Sueños Diabólicos”, te enseñaré los cuadros nuevos que he conseguido (Oh, tengo que hablarte de alguien que he conocido), y si quieres te pintaré un retrato, si quieres posar para mí. Después, si te apetece, podemos acurrucarnos un ratito y cuando deje de llover, ya sea hoy, mañana o cuando sea, saldremos a la calle, a ver el mar, e iremos a escribir a las cafeterías. Después le haremos una visita a la pobre señora Creed, y cuando caiga la noche, antes de que salgan los raros, iremos a envalentonarnos al O’Malley. Allí te enseñaré donde crecen las rosas salvajes, te encantará, y mano a mano nos beberemos una botella de lo que quieras con lo que quieras. Cuando consiga más opio, fumaremos para nublarnos tanto que veamos con claridad el siguiente paso, y te prometo que los raros no nos harán daño porque nos moveremos entre las sombras, pero mejor que ellos. Les espiaremos nosotros a ellos, porque somos mejores que ellos, y no les vamos a tener miedo. Sé de un lugar donde no pueden hacernos daño. Dímelo, Charlie. Dí que haremos todo eso y que no tendrás miedo.

Charlie la besa durante una fracción de segundo y aparta la cara para levantarse.

- Sabe a mentira. – Dice Lea. – Pero no importa. Es un beso al fin.

*****

Reichembach dice que soy un fantasma. Dejando a un lado las discusiones metafísicas, aprovecho lo acertado de su razonamiento y floto en el espacio, dada mi ingravidad física. Vuelo por las distintas rutas intergalácticas, primero por curiosidad, después por macabra diversión y al final debo admitir que mis revoloteos son pura desesperación. Cabizbajo, vuelvo junto a Reichembach, que ha dejado de llorar.

-          Es verdad. Todo es verdad. – No llora, pero gimotea. – Todo este tiempo había estado aquí, en la Luna.

Y sin duda es la Luna. Carente de viento y de vegetación a través de la que ulular, pero sin necesidad de ello para suscitar misterio en el ambiente. En lo que debe tratarse de una exclusiva universal sin precedentes, hallamos un estanque con agua. Maravilloso. Histórico. No hay nadie para expandir la noticia, yo no puedo beber porque soy etéreo y Reichembach no se atreve. Al final, cae de rodillas y bebe. Pone los ojos en blanco y se desmaya. Quizá el agua interplanetaria no sea lo que esperábamos.

-     Es incontrolable. – Dice al despertar. - Por mucho que tratemos de cazarlo, siempre es él quien nos caza a nosotros. En cada siglo, en cada generación. La otra vez que casi lo atrapamos desde la ciudad, estuvo a punto de echarnos el sol encima. Y la vez anterior ya consiguió echarlo a la Tierra, la maldita serpiente. Es totalmente inútil. El problema no es la ciudad, ni lo que pasó antes, ni los cultos ni los incultos. El problema somos Los Árboles, siempre instigando todo desde las sombras. Siempre invocándolo. Siempre trayendo las complicaciones. Si hay algo que erradicar, es a nosotros mismos.

Reichembach vuelve a llorar, pero esta vez es distinto. Esta vez parece que realmente se arrepiente de lo que dice. Cuando alza la cara, veo que es mucho más viejo de lo normal. Los planetas podrían esconder su brillo en los surcos de su rostro y él podría volver a la Tierra y soltarlos allí, y sería bonito para todos. Supongo que ya no hay lugar para cosas buenas aquí.

-          Siento mucho lo que te ha pasado a ti. – Solloza mirándome. – Aunque no te lo creas. Tú no tienes la culpa, chico. Ni siquiera te han dejado intentar tenerla, no te han dado esa oportunidad. Sólo eres un fantasma.

No le contesto. Ni puedo ni sé qué decirle. Seguimos caminando, ahora en silencio. Al cabo del tiempo, que no sabríamos medir, llegamos a una especie de promontorio. Escalarlo nos lleva mucho tiempo, pues tengo que ayudar a Reichembach, y no es que resulte fácil. El escarpado terreno lunar no es fácil de transitar, pero tenemos algo de luz y esto es raro, ya que no hay estrellas y no sé de donde procede. Es raro, pero es bueno. Finalmente llegamos a la cima, una pequeña colina bajo la cual se extiende una llanura con un cráter. En el cráter yace el esqueleto gigante de la serpiente Uróboros, con las fauces aprisionando su cola, imponente como un Leviatán y muerto como cualquier existencia de este lado del universo. Me invade una calma cósmica, que me tranquiliza y me hace más etéreo aun. Dejo a Reichembach llorando arrodillado, con las manos firmemente agarradas al suelo contemplando el esqueleto, y miro lo que nos ofrece el resto de la llanura. Sé que es nuestro destino. Rodeando los bordes del cráter hay una larga lista de cruces con inscripciones que leeré si bajamos, y no me cuesta adivinar que son más tumbas. No me sobresaltaré si encontramos la mía, o la del viejo. Sería totalmente lógico y nos ahorraría el buscar más cosas. Pero las hay. Algunos kilómetros más allá veo un armazón en obras, que parece tratarse de un edificio, y dos grúas mecánicas a ambos lados. Están paradas, sin nadie que las maneje. Dos cabinas con sus puertas abiertas haciéndonos una invitación silenciosa. Retrocedo mi mirada y veo un antiquísimo cartel de madera colgando sobre una estaca, dando la bienvenida con su desgastado rótulo: ORTES UN.

*****

-          ¿Qué ha sido de Macbeth? – Había preguntado Othello.

Demonios volaban por el viento arrastrados como si un dios jugase con ellos a su antojo la noche de la reconversión. Demonios o algo morfológicamente similar, pensó Romeo. Esa vez, al contrario que las ocasiones corrientes, prefirió pensar que simplemente eran bolsas de plástico, sombras, o ambas cosas tomando formas divertidas. En cualquier caso, el viento sí que era real sin atisbo de duda. Se había desatado con la voz del Hombre Uróboros, que también desató la huída indiscriminada de los raros en todas direcciones.

A Othello y Romeo la huída les había llevado al puente de Coral, donde habían permanecido algunas horas. Sin luna y con poca iluminación no se veía gran cosa, pero no se tranquilizaron ni un minuto. La volatilización de Reichembach había terminado con todas sus expectativas de éxito, y por otra parte la Luna no se había roto como su desaparecido Maestro les aseguró que pasaría. Pero sí que les había parecido que se resquebrajaba.

-          ¿Qué ha sido de Macbeth? – Había preguntado Othello.

-          Qué más da, a estas alturas. – Respondió Romeo mucho tiempo después de escuchar la pregunta. – Venía detrás de nosotros, ¿no? Si se ha perdido, es perfectamente capaz de esconderse como todos.

-          Venía detrás… ¡No! No ha venido detrás todo el tiempo. Macbeth siempre lleva cadenas y cosas metálicas y, en su mayoría, punzantes, bajo el abrigo. Cuando corre saca un tintineo de mil demonios.

-          Estoy seguro de haberlo oído, tío… – Romeo pensó un momento. – Estoy seguro de haberlo oído durante tres callejones largos, al menos, cuatro giros en esquinas y dos desvíos diagonales.

-          El O’Malley estaba en pleno funcionamiento. ¿Te fijaste? Y se supone que esta noche nadie está en la calle.

-          Me fijé, Othello. Imposible no escuchar aquella música. Demasiada diversión, y demasiadas hormigas borrachas. Recuérdame que nos pasemos otra noche.

-          Desde luego, Romeo. Nos pasaremos. ¿Con ellas o contra ellas?

-          Contra ellas, Othello.

-          ¿Si sobrevivimos a esta noche, Romeo?

-          Si sobrevivimos, Othello.

Romeo miró en dirección hacia Los Árboles. Parecía la opción más sensata.

-          Cuando amanezca, ve a buscar a Macbeth. – Dijo sin volverse. – Nos reuniremos en la Logia.

A través de innumerables recodos entre callejuelas, el bordeo de una playa poco concurrida, correr a través de varios atajos custodiados por fieros perros guardianes y una infiltración en un bosque viejo donde se escuchan más sonidos de los deseados, se llega a una cabaña de madera de distintos tipos, heterogéneamente montados y encajados unos sobre otros. La cabaña es pequeña, angosta, apenas se vislumbra a través de la sucia ventana. Dentro hay una chimenea, obligatoria en este tipo de hogares, y en las paredes se cuelgan cuadros sin marco y marcos sin imágenes. Desperdicios, recuerdos y demás cosas rotas crían polvo en el suelo. Se podría hacer una galería de memoria histórica con solo enumerar y exponer esos objetos, pero pasamos de largo y abrimos las puertas del armario, con espejos en sus dorsos interiores, y negrura en lo que debería ser el fondo. Mientras lo atravesamos, comprobamos que la atemporalidad de la que hace gala la cabaña al tratarse de un pasadizo a la antigua usanza. A oscuras, no nos atrevemos ni a tantear las paredes. Ni distinguimos ni tocamos nada, tan solo nos guiamos por, tal vez y sin admitirlo, un sentimiento interior de verdad y conocimiento que nos atrae hasta el final del pasillo. Conforme nos vamos adentramos, sentimos una mayor seguridad y absolutismo en nuestros pasos, y podemos tocar la verdad definitiva, porque se encuentra aquí. Es lo que nos guía. Con esta revelación en mente no tenemos dificultad en llegar hasta el final, a la última de las puertas. En ella nos aguarda, pintado, un signo interpretable de muchas formas, pero con un único significado. No podremos pasar si no lo adivinamos. Confiados, nos sentamos frente al acertijo y lo encaramos con los ojos de la mente, sosteniéndolo en alto mientras lo giramos de todas las formas posibles y algunas imposibles. ¿Qué es esta extraña sensación de duda? ¿Por qué, en este lugar? Tras infinitas vicisitudes y sin acceso a lo que hay más allá de la puerta, soltamos una resuelta carcajada cuando comprendemos el enigma. En pie y con una sonrisa de pomo a bisagra recitamos la solución, que no es más que nuestra libre, propia y única interpretación del enigma, que se reduce a un garabato informe. La puerta se abre y entramos a la Logia.

Amanecer en Painville

- Estás jodido, tío. – Dijo Jack a Jester.
Al parecer, sólo este pudo oírlo. Ya lo sabía. Decidió que recibiría el amanecer manteniendo la espalda contra la pared, el brazo izquierdo sobre el cubo de basura, la cabeza sobre el mismo y el brazo derecho firme en el suelo para evitar una caída de bruces. Las piernas quedaban a la sombra proyectada por el contenedor de vidrio y no recibirían el sol. Una lástima, pues las necesitaría para salir corriendo del callejón .
- El caso es bastante simple. ¿Lo entiendes?- Estaba diciendo Macbeth.- Ni siquiera podríamos decir que hay dos bandos en la contienda. Sólo hay un bando, el resto es la multitud. Y esa, apestoso y silencioso amigo, jamás supondrá un bando. Será una muchedumbre disgregada, unida, en grupos, como quieran ordenarse. Un rebaño con el que divertirnos antes de conducirlos al borde del precipicio y convencerles, con razones objetivas, de por qué es mejor saltar que resistirse. A pesar de lo que ha pasado esta noche, tengo fe en ello.
Macbeth estaba sentado sobre el muro a la derecha del suelo en el que estaba tirado Jester. Jack estaba oculto entre los cubos de basura, agazapado sin hacer ningún movimiento para no ser descubierto. El voluminoso bastón que aferraba resultaba bastante disuasorio. El Raro se balanceó y bajo su abrigo se escuchó el tintinear de objetos de metal.
- Por todos los santos, no se calla. – Murmuró Jack. – Con todo el tiempo que lleva hablando pudiendo haberte matado, al menos diez héroes de la película habrían tenido tiempo de llegar a salvarte.
Era cierto. Macbeth estaba jugando con su presa, muda e inmóvil por el bastonazo previamente recibido en la rodilla derecha. Disfrutaba del sonido de su propia voz ametrallando la cara de Jester, decidiendo el momento idóneo para saltar sobre él con todos los objetos metálicos que debía ocultar bajo el abrigo.
- Tenemos muchas formas de decírselo, por supuesto. – Continuó Macbeth. – Ni siquiera será necesaria una declaración inmediata de guerra. Tampoco podrían dárnosla, claro. Volviendo al punto anterior, carecen de líder para poder considerarse bando. Podríamos darles uno. Sería divertido. – Río. – Ese idiota estrafalario del castillo. El tal Charlie, sí. Tenemos planes para él. Para él, por él, sobre él, contra él. Aprovecharemos su egocentrismo. Se cree abanderado de Nietzsche, alardeando de ese nihilismo comercial suyo allá por donde va. Todas esas peroratas sobre el victimismo, el malditismo, la oscuridad… Es el candidato perfecto, realmente.
- Probablemente sea lo último que te diga, amigo. – Dijo Jack. – Pero estoy totalmente de acuerdo con ése loco de los cojones. El que está sentado ahí arriba con intención de matarte, me refiero.
- El candidato perfecto a muchas cosas. – Reafirmó el Raro. – Tan válido para ser líder de unos, marioneta de otros y esclavo de los demás. Realmente… ¿oh, por qué no iba a contártelo? Ni siquiera puedes hablar ni vas a salir en condiciones de aquí, ni desde luego soy un villano de opereta, sobre todo lo segundo. ¿Y sabes por qué no soy un villano? Porque yo estaba aquí mucho antes de que esta ciudad se infectase y perdiese su pureza. Nosotros somos los moradores originales, los fundadores de Painville, y no la masa vulgar e ignorante que la puebla ahora. Y te juro por lo más sagrado, que somos nosotros y el hombre Uróboros (aunque luego te diré lo que pienso realmente sobre esa lagartija),los que vamos a volver a tomar la ciudad. De forma oficial y a todos los niveles, porque extraoficialmente siempre ha sido nuestra. Somos su corazón.

Rayos de sol vírgenes sobre Painville.
- La gente es estúpida, tío. – Macbeth estaba borracho de conversación. – Idiota de narices. Incapaces de asumir los hechos, de estudiar la historia y decir: “Pues es verdad, vosotros estábais aquí antes que nosotros. Ya nos vamos.”. Pero qué te voy a contar. No sé si son los nuevos tiempos, los genes impuros o que nosotros somos demasiado listos (aunque esto último te aseguro que es verdad, como todo lo que digo) o todo a la vez, pero su ignorancia ha llegado a límites impresionantes. Es lo que los hace tan atrevidos. Hemos intentado ayudarles. ¿Quién crees que fundó el Sir William? ¿La biblioteca? ¿Quién le dio un castillo al tal Charlie para que fuese el narrador de la nueva época? Si no fuera por nosotros, por nuestro compromiso por inculcarles algo de cultura, la ciudad se habría hundido con el peso del aire comprimido en el vacío inabarcable de sus mentes. ¡Por mí los mataría a todos! ¡Por la nación! – Los ojos del raro habrían echado fuego de tener pupilas. – Pero, amigo, nosotros sí que somos estudiosos y no repetiríamos un genocidio por mucho que fuese la solución directa y final para recuperar lo que es nuestro. No somos esa clase de idiotas. Lo nuestro es la estrategia, los ojos en la penumbra, el vago tirar de hilos distantes en el tiempo, el ajedrez pausado y la muerte silenciosa. Así que, espera y verás. O, mejor aún, te dejaré sin saberlo. ¿Qué te parece? Jamás conocerás el desenlace de la mayor de las historias. ¿No es la mejor crueldad que puedas imaginar? Comparable a arrojarte a un mar de veneno, pero en espera de uno real y no únicamente metafórico por estos lares, tendrás que conformarte con un ataque a la antigua usanza.
Macbeth sonrió con todos sus dientes y abrió su abrigo, mostrando orgulloso su interior. El resplandor de miles de objetos metálicos cegó a Jester, que cerró los ojos.
- Lo siento, tío. – Murmuró Jack. – Me gustaba tu conversación.
- No te muevas. – Dijo Livingstone desde la entrada del callejón.

*****

La Logia en penumbra.
-  He mandado a Othello en busca de Macbeth. – Dijo Romeo. – Si todo va bien, no deberían tardar en llegar aquí. Supongo que los demás tampoco.
- Bien. – La voz de Lydecker no invitaba a preguntar más, ni a permanecer cerca por mucho tiempo. Era el tipo de voz que te comería si no salías corriendo. Pero tenían que aclarar algunas cosas todavía. Romeo tragó saliva.
- ¿Qué podemos hacer? ¿Crees que hay alguna opción de que vuelva el Maestro?
- No. – Dijo Lydecker con aquella voz. – No creo que el viejo vaya a reaparecer si la lagartija se lo ha llevado. ¿Qué podemos hacer? De momento, sustituirle.
Romeo no tuvo que preguntar en quién había pensado el comisario para tal puesto.
- Y… – Dijo. – ¿Qué vamos a hacer con Uróboros? No quiero parecer asustado, pero realmente daba la sensación de que podía matarnos solo con su voz.
Lydecker alzó la vista sin cambiar de postura, sentado en el trono presidencial de la Logia, y el único haz de luz que iluminaba la estancia dejó ver sus ojos y su expresión. Posiblemente no cambiaría ninguna de las dos cosas en mucho tiempo.
- No haremos nada respecto a esa serpiente. Esta noche van a pasar dos cosas, y antes de que amanezca tendremos lo que necesitamos.
- Pero ese Uróboros…
- Olvídate de él de una vez, Romeo. – Gruñó Lydecker. – No es la lagartija la que nos hace falta. Lo es Charlie.

- No te muevas. – Repitió Livingstone desde la entrada del callejón. Tenía los ojos y la pistola fijos en Macbeth, erguido en la altura a punto de saltar sobre Jester.
- De verdad, tío. No sé como lo haces. – Comentó Jack. – Vives peor que las cucarachas y tienes más posibilidades de supervivencia que ellas.
- ¡Vaya, detective! – Sonrió Macbeth a través de la barba. – ¿Ya se ha ganado la pistola de plástico? Mucho habrá tenido que hacer para agradar a Lydecker. ¿Le ha comido la polla? Quizá no, pero seguro que se ha quedado con las ganas.
- Cierra la jodida boca. – Dijo Livingstone. – Escoria como tú faltándome al respeto es lo que me faltaba. Ahora mismo vas a soltar toda la chatarra que llevas, te vas a relajar y te vas a bajar de ahí sin hacer daño a nadie.
A pleno sol, los objetos metálicos de Macbeth podían cegar a cualquiera. Jester pensó que no parecía el tipo de raro que se detendría ante una pistola, sobre todo si el que la sostenía era a su juicio un ser inferior. Realmente, todos los raros consideraban inferiores a todos los seres que no eran ellos mismos, salvo, tal vez, al hombre Uróboros.
- Espera, espera, espera. – Susurró Jack. – ¿Éste rubio bien peinado y aseado (y que conste que concuerdo con lo que ha dicho el de las barbas que te quiere pinchar) no suele andar por los bajos fondos, en tu zona? Ahora concuerdan muchas cosas…
- Tienes coraje, niño de juguete. – Macbeth echó mano rápidamente de algo que lanzó en un destello contra Livingstone, y acto seguido saltó sobre Jester. Lo que pasó a continuación sucedió a la velocidad del rayo.
Jester cerró los ojos. Escuchó un grito, un maullido y un juramento. Algo pesadísimo y afilado le cayó encima y fue la más dolorosa de las últimas veces que había perdido el conocimiento de forma inducida. Mientras caía en la negrura, escuchó algo seco y fuerte. Quizás fuese un disparo.

- Romeo, no piensas con claridad. – Dijo Lydecker. – No se puede decir que la calle sea nuestra con totalidad. No te confíes. No etiquetes a todos los tontos por igual.
Romeo calló y escuchó.
- Seguimos acechando en las esquinas, pero no tenemos poder político que nos represente. El alcalde de Painville no es nadie demasiado importante, pero es la cabeza visible que sigue el rebaño. Bien, por el momento ese tipo es secundario, pero si queremos hacernos notar como entidad, debemos allanarle el camino a nuestro candidato. Por lo pronto, seguiremos con los asesinatos esporádicos para crear ambiente. Sé de qué va esto, y nos servirá para dos cosas. Para ir sembrando miedo e incertidumbre en la población y para mantener ocupado a mi querido detective Livingstone. Si alguien en la ciudad puede significar un mínimo escollo para nosotros, es él. Está capacitado. ¿Y sabes qué, Romeo? Voy a dejar que se divierta, a ver hasta donde puede llegar.
Lydecker volvió a sonreír y Romeo cerró los ojos.
- Entonces… – Preguntó. – ¿Qué dos cosas van a pasar esta noche?
- Si tu enemigo te supera en número, déjale ciego. – Respondió Lydecker. – Eso haremos. Si no puedes apagar la luz grande, apaga las pequeñas. Y cuando lo tengas a punto, golpea. Golpéalos y toma lo que necesites. Citaré a Confucio: “La ignorancia es la noche del alma humana, pero una noche sin luna ni estrellas”.
La Logia en penumbra.

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5º Noche de reconversión

octubre 25, 2009 at 6:40 pm (Uncategorized)

Todos saben en Painville, unos con más conocimiento y medios que otros, que el hombre Uróboros ha regresado de su exilio, y el sentimiento de terror desconocido se retuerce en ellos imitando a la propia serpiente del símbolo. Su presencia es percibida desde el mismo momento en el que atraviesa la atmòsfera para descender a la ciudad de la que se fue hace tiempo indefinido, y aún sigue con forma intangible, pura materia eterna, habiendo trascendido hasta el infinito y siendo no más que una sombra. Setenta y dos horas han pasado. Y a la tercera noche recupera un cuerpo humano, en mayor o menor medida. Es la tradición. Y, como tradición, se teme su parte negativa. ¿Por qué, después de todas aquellas venidas a lo largo de los siglos sin lograr sus propósitos, quiere alzarse de nuevo como un Dios entre mortales? Nadie quiere salir a averiguarlo. Nadie, con algunas honrosas excepciones.

Para unos son raros, para otros sólidos probetéicos por el mismo motivo (“¿De qué probeta se han solidificado semejantes engendros?”), y ellos mismos se denominan como “Los Árboles”. Acuden a su reunión, cultos en procesión, colocándose en círculo bajo la luna que siempre les guarda los secretos. En el centro del círculo arde una hoguera en honor a Henry Johnston, y Othello y Romeo están presentes. El ritual va a dar comienzo. Antes de que la cámara mágica e invisible por la que miramos y espíamos todos estos acontecimientos nos prohíba ver más, los escuchamos murmurar al fuego. ¿Ha sonado esa palabra como “invocación”? Nos alejamos con la duda y volamos en la noche sobre Painville, sintiendo escalofríos cada vez que nos sobrevuela una sombra, y tratamos de poner nuestra vista a cubierto bajo los confortables techos de cualquier edificio. Pero no se nos permite entrar en cualquiera. Las personas a las que podemos espiar, las historias que debemos conocer, acuden a nosotros sin que las busquemos. La canción de la ciudad ha vuelto a atraparnos.

*****

Invocando un bostezo, Jester coge su hatillo y se levanta de su esquina habitual, ocultando sus pírricas ganancias diarias en el bolsillo interior del abrigo. Tintinean, por muy poco valor que tengan siempre causan más sonido que nuestro silencioso vagabundo. Hace un esfuerzo y coge los dos lienzos que le regaló Drake, bien tapados con la lona, para disponerse a buscar un sitio donde pasar la noche. Ninguno era seguro, claro. Por el momento, echa a andar. La canción de la ciudad le canta una siniestra nana, cargada de acordes irónicos. Le susurra que será su última noche. Jester cierra fuertemente los ojos, amarra los cuadros y el hatillo, y camina más rápido. En esa oscuridad autosumergida es capaz de evitar los choques, pues se conoce de memoria la distribución de los callejones. Está mudo y ciego, y desearía estar sordo para no tener que escuchar la canción que le persigue, pero no puede tener todo. Y gracias a ello, escucha un maullido lanzado en su dirección que le permite abrir los ojos y esquivar la cosa con garras que ha saltado a por él. Jester choca de espaldas contra una pared, frente al gato que planea comérselo, y deja caer los lienzos. No se rompen. El gato, en un alarde de originalidad, es negro y sus ojos amarillos lo escrutan de una forma predecible pero efectiva. Mientras se retrae para atacar de nuevo, Jester es incapaz de moverse de la pared y su voz no aparece por ningún lado.

- ¡Quieto, Jack! – Grita una voz, y el gato se relaja decepcionado.

Jester mira aliviado en dirección a la voz, y la dueña irrumpe en el arco de luz que los localiza. Posiblemente sea, en opinión de Jester, la única pelirroja auténtica de toda la ciudad, y esa sorprendente característica es suficiente para acallar a la canción, que duda ante la nueva presencia.

- A mis pies, Jack. – Dice la pelirroja, y el gato obedece a regañadientes.

Parece salida de una acuarela, piensa Jester, y no sabría especificar la categoría porque no sabe lo suficiente. De todas formas, el rostro de la chica llama la atención. Los pómulos son redondeados, los labios gruesos y lllamativos, y los ojos verdes de mil tonalidades distintas. En otra época, Jester la habría considerado atractiva. Lo será para cualquier otra persona, eso sí. Incluso Jack parece notarlo. El cuerpo es correcto, altura mediana tirando a baja, y lleva una mochila a la espalda. Los ojos se encuentran, y Jack también mira.

- Hola. – Dice la chica. – ¿A ti también te están persiguiendo?

Jester sigue sin poder hablar. Se señala la boca y niega con la cabeza. Jack suelta un bufido que suena a risa sarcástica, y la pelirroja lo entiende a la primera.

- Comprendo, eres mudo. Qué suerte tengo. – Ríe levemente, pero sin aparente maldad, a diferencia de Jack.

- A nosotros nos están persiguiendo unos raros, como los llama Charlie. – Prosigue. – Bueno, el los llama de otra forma… es igual. Nos vamos al teatro, a refugiarnos. No te diría esto si presintiese que eres uno de ellos, pero me das la sensación de ser justo lo contrario. ¿Quieres venir?

Jester asiente con cierta desesperación. Jack gruñe mientras el vagabundo recoge los cuadros para partir.

- ¡Ahí va! – Exclama la pelirroja. – Son preciosos esos lienzos. – Vuelve a sonreír. – Por cierto, me llamo Lea.

*****

El taller de teatro del Sir William los recibe con su generoso abrazo vacío para acogerlos como buenamente puede. Es de noche y no hay nadie allí, lo cual es perfecto para Lea. Mientras Jester se sienta apoyado en una pared fingiendo ponerse a dormir, ella se pone a lo suyo.

- No deberías haberlo traído. – Dice Jack. – Es un sucio vagabundo, por Dios.

- ¡Callate! No es sucio. – Contesta Lea. – Tengo un pálpito con él.

- Sí, también lo tenías con Charlie. – Comenta irónicamente el gato. – Y ya ves.

- Charlie te da mil vueltas. – Lea se levanta. – Estúpido gato… – Murmura. – ¡Y no mires! Tengo que ensayar.

- No entras en mis prioridades. – El gato salta hacia un rincón. – ¡Voy a buscar la cena!

Lea saca ropa de la mochila y se cambia, sin importarle que Jester la vea o no. Deja las botas manchadas de barro en un rincón apartado y se pone pantalón y camiseta anchas y cómodas. Sube al pequeño escenario y ensaya su papel. Jester la observa.

*****

- Que se nos considere dignos de servirle. – Dice el maestro de ceremonias de Los Árboles, junto al fuego, en medio del círculo.

- QUE SE NOS CONSIDERE DIGNOS DE SERVIRLE. – Corean Othello, Romeo, y el resto de raros presentes.

- Que Su sabiduría guíe nuestra Obra.

- QUE SU SABIDURÍA GUÍE NUESTRA OBRA.

- Que Su fuerza guíe nuestra Obra.

- QUE SU FUERZA GUÍE NUESTRA OBRA.

- Que nuestra Obra manifieste Su belleza.

- QUE NUESTRA OBRA MANIFIESTE SU BELLEZA.

- Que nuestra Obra sea aceptable a Su vista.

- QUE NUESTRA OBRA SEA ACEPTABLE A SU VISTA.

*****

Han tapado la luna. No sé qué estarán haciendo, pero han tapado la luna. Ni siquiera desde lo alto de la torre del homenaje alcanzo a verla. Como si un telón oscuro estuviese delante. Poco puedo hacer entonces, así que sigo con lo mío.

Bajo las escaleras de caracol y me planto en mi alcoba. Admiro enésimamente la inmensidad del microuniverso allí contenido. Todos los libros del mundo, o al menos los mejores, como no podía ser de otra forma, recubren las paredes en estanterías. Los discos, las películas, los cómics, los reproductores, la pantalla. La cama de época cubierta por cortinas, las alfombras rojo oscuro con elegantes adornos, los muebles y el escritorio de caoba. Inmensidad. Tengo lo que merezco.

Bajo a la cocina y preparo la cena. Podrían hacerlo mis sirvientas, pero en casos especiales nadie lo hace mejor que yo. Que se conformen con fregar desnudas y de rodillas, más tarde.

Bajo a la mazmorra. Abro la puerta sin precauciones y dejo la bandeja de la cena en el suelo. No hay riesgos. El prisionero yace derrotado, recostado en un rincón.

Le has mentido.

Claro que le he mentido.

Le has dicho que no tenías ni idea, y es mentira.

Pues claro. Yo siempre tengo idea de todo.

Le has dicho que no sabías nada de los raros.

Sólidos probetéicos, me gusta más así. Y por cierto, no tienes ni voz ni voto para decirme lo que tengo que decir y a quién tengo que decírselo.

Te detesto.

Yo a ti también, no te imaginas de qué forma. Si vas a tardar mucho más en morir, te mataré yo mismo antes de tiempo.

No puedes hacer eso.

Te sorprenderías de lo que soy capaz ahora.

Tenemos que detenerlos.

¿Qué? Eso no es asunto mío, ni mucho menos tuyo.

Es asunto nuestro.

Cállate o te haré daño.

Déjame salir.

Cállate.

Ve a hablar con el detective. Con Creed.

Avanzo hacia el prisionero.

Mi paciencia tiene un límite.

Ya está aquí.

Le doy una breve paliza y no se mueve lo más mínimo para defenderse. Antes de salir de la celda piso la cena y de una patada estampo la bandeja contra la pared.

Sé que se lo acabará comiendo. Total, tiene tiempo.

*****

- ¡Hermanos, encended vuestras antorchas! – Exclama el maestro Reichembach.

Los fuegos se alzan bajo la luna, como si fuesen a encender la pira funeraria del satélite.

*****

Odio la palabra “malogrado”. Suena muy negativa y fuera de contexto la mayoría de las veces. Siempre la usan para referirse a algún joven talento muerto antes de tiempo. River Phoenix, Antonio Vega el otro día, Jeff Buckley… Estupideces. Hicieron lo suficiente para ser recordados, y murieron cuando quisieron, porque así lo habían decidido. No hay ningún fracaso ahí, nada de malogrados. Es más correcto decirlo de mí, aunque no esté muerto. O sí lo esté. Al fin y al cabo, no radica diferencia ninguna cuando nadie puede oírme.

Desde la ventana alcanzo a ver montes y prados. Veo miles de senderos de tierra en ellos, serpenteando entre lo verde y amarillo. Hay una historia en cada uno de ellos. Quiero salir ahí fuera a recorrerlos, a perderme entre ellos, y escribir las historias que me encuentre. Se puede escribir sobre cualquier mota de polvo invisible que flote en cualquier espacio de aire en cualquier parte del mundo, incluso de la ciudad. Quiero salir de aquí y ser libre para hacerlo.

Él ha vuelto a humillarme. Sólo quise ayudarle a ayudarme. No estoy seguro del orden de esa oración. Si lo estoy. No hay luz aquí, sólo quedan bombillas fundidas. A Nikola Tesla me gustaría ver en esta situación.

Ha vuelto a humillarme. Se ha olvidado de cerrar la llave del todo.

*****

- Hernano Romeo. – Dice Reichembach. – ¿Es Uróboros uno o muchos?

- Uróboros es siempre uno, maestro. – Recita Romeo. – Pero se manifiesta en formas múltiples.

Las llamas crepitan. La luna se encoge bajo el oscuro manto que la tapa, para no quemarse.

*****

- Está realmente buena para ser humana. Mira como se mueve. – Gruñe Jack al lado de Jester.

El animal babea sentado sobre los cuartos traseros y sus ojos brillan. Los de Jester no hacen tal cosa porque a estas alturas sería pedirles demasiado, pero tiene que admitir que comprende al extasiado gato.

Lea se mueve grácilmente pero con una cargada expresividad en cada gesto y sin perder coherencia en el guión que recita. Ocupa el escenario con su personaje y habla a los espacios vacíos con un control perfecto del tempo y el clímax, y en cualquier momento parece que el telón, atado semioculto a cada lado, puede arder si intenta tapar la visión de la pelirroja explotando el arte de su alma.

- Y además, su alma explota cuando recita. – Sigue Jack sin perderla de vista. – No es una casualidad que sea pelirroja. Explota por dentro cada día, y es cuestión de tiempo que arda por fuera.

Jester casi siente ardor, pero no alcanza a distinguirlo. Cuando el gato se mueve, se da cuenta de que es el propio animal el que despide calor observando a Lea.

- Joder, la adoro. La he visto actuando desnuda y te transmite cien veces más. Y cuando pinta, y cuando camina pensativa en las pausas. – Ronronea Jack. – Y cuando me acaricia y suspira pensando en ese hijo de mil putas madres en llamas.

¿Es posible que un gato salido esté contándole todo eso? Y lo peor, piensa Jester, es que no puede seguir la conversación.

Lea clama al viento el final de su monólogo:

- Recordadnos, pues os hemos hecho partícipes de la noche más mágica que podemos ofreceros y si un día dejáis de creer en todo lo que habéis visto y oído, si nos olvidáis, moriremos.

Y con esto, baja la cabeza pero permanece en una postura tensa e inmóvil durante un largo minuto, a lo Michael Jackson con los brazos extendidos hacia abajo. Un millón de segundos después, alza la cabeza. Sudando, sonríe satisfecha. Ahora los tres están sudando. Lea salta del escenario y se sienta cruzando las piernas frente a Jester y al gato.

- Eso era “Sueños diabólicos”.

Sigue sonriendo. Jester cree que un huracán no lograría ningún cambio en ella.

- Eso eran los anhelos de grandeza del ya mencionado hijo de mil putas madres en llamas. – Se burla Jack.

- Desaparece, gato estúpido.

- Siempre a tus órdenes. – Jack se escabulle bufando.

Jester ofrece su mirada a Lea. Al seguir mudo, pero con deseos de comunicarse con ella, le muestra sus ojos y toda su cara inundada de expresividad para que la chica pueda leerla e interpretarle. Peores conversaciones han tenido lugar.

- Espero que te haya gustado, si lo has visto. – Dice Lea. – Quiero estrenarla dentro de poco, si a Charlie no le parece mal. Nadie sabe que me estoy preparando el personaje, y eso que intervengo poco. Me gustaría darle una sorpresa. Charlie ve dinosaurios, ¿sabes?, o eso dice. Me contó… Lo siento, ¿te estoy aburriendo?

Jester niega, sonriendo. Se señala la boca y niega con la cabeza.

- Siento que seas mudo. – Dice Lea. – Pareces interesante, y me gustan las conversaciones.

Jester hace un gesto de quitarse importancia y la insta a seguir hablando.

- De acuerdo. – Sigue la chica sonriente. – Me contó que veía dinosaurios, y tratándose de él me lo creo todo. La gente no le valora lo suficiente, pero yo sí. Y él lo sabe, te juro que lo sabe… pero finge que no. Es un genio. Es capaz de aislarse todo lo posible de las personas y a la vez escribir con más conocimiento que nadie sobre ellas. Supongo que para él es lo más correcto. Pero… ¿sabes?, es por eso que le odian. Al final es una cadena de consecuencias totalmente coherentes, creo. Odio, crítica, odio. Forman un Uróboros impecablemente perfecto.

Jester suda una gota.

- Charlie es un cabrón bastardo egocéntrico, pero adoro como escribe. Espero que nunca llegue a equilibrarse. – Ríe Lea. – El día que lo consiga, dejará de escribir. Claro que podría ser peor, seguir desequilibrado y dejar de escribir por algún otro motivo más surrealista e inútil aún. Por eso le admiro. Yo… ¿te importa si hablo de mí? Mi vida podría encuadrarse en una viñeta de cómic, pero una viñeta amorfa y sin ningún lado recto. Actúo, como ves, y puedo representar cualquier papel sobre un escenario, cualquiera. De hecho, me gusta realizar cualquier cosa que suponga una abstracción, como la pintura. Adoro pintar. ¿Esos cuadros son tuyos? Oh, no, no te pongas nervioso. Lo siento. Es solo qué… son preciosos. Podría enamorarme de ellos, de la persona que los pintó, de la ciudad que representan y de cualquier persona que viva en esa ciudad, aunque solo sea una pincelada de color.

Si Jester tuviese la posibilidad de tomar café en este momento, lo derramaría.

- Puedes enamorarte de un cuadro, cada línea, cada pincelada de color, represente lo que represente. Y al otro día, estará ahí colgado. Y tú vendrás enfadado, o quizás triste, o alegre. Pero podrás reinterpretarlo en función a tu humor, y aún así poder seguir sumergiéndote y abstrayendote en él. – Lea esplende. – Creo que por eso estoy enamorada de Charlie. No tiene ni idea de pintar, y lo sabe aunque solo lo reconocerá cuando se sobredosifica a base de té chino, pero para mí escribe a pinceladas. Amo la pintura tanto como la interpretación, pero no conozco a nadie con quien compartirlo. Jack tampoco sabe pintar…

- ¡Dame unas acuarelas y tu pecho descubierto y te demostraré que sí, pesadilla de pelo rojo! – Grita Jack hecho un ovillo desde un rincón.

- ¡Cierra el pico, gato estúpido! – Chilla Lea sin mirarlo. – Gato estúpido…no sabe pintar. Pero tu sí, ¿verdad? Esos cuadros son tuyos, lo presiento. Te conoces la ciudad a la perfección con esos ojos que me hablan. – Le toma las manos. – No paran de hablarme, y no quiero que paren, porque voy a acercarme más para interpretarlos, si no te importa.

Jester no sabe ni le importa, pero tampoco puede impedir lo que va a suceder a continuación.

Si pintaste esos cuadros, quiero sentir esas mismas manos sobre mí.

Lea coloca las manos de Jester alrededor de sí misma. Jester nota el calor. Lo siguiente es demasiado previsible, pero siente anhelo por sentir lo que sentirá según vayan pasando los segundos

- Y, si no te importa. – Los labios de Lea vuelan al cuello de Jester y van subiendo. – Voy a sacarte la voz de ahí adentro. La morderé y tiraré de ella.

Las manos de Jester han decidido moverse, y la boca de Lea también. En llamas, el abrigo es lo primero en caer. A partir de ahí vienen un millón de segundos no tan claros. En un momento indeterminado en el tiempo, una voz, Jester o Jack, se alza y Lea responde con firmeza.

- ¿Qué estás haciendo?

- Ikiru.[1]

*****

En llamas, la luna es lo primero en caer. Al menos su brillo, y se oscurece. “Ya no podrá esconderse allí arrriba”, piensa Othello. Reichembach parece eufórico.

- ¿Cuándo se manifiesta Uróboros en variedad de formas?

- Cuando se diversifica y desciende a los mundos inferiores, Maestro.

- ¿Por qué desciende?

- Por nuestro propio beneficio, Maestro.

- ¿Cómo se entiende esto?

- Por que sin Él no existiríamos.

- Así pues, ¿sómos Uróboros?

- Sómos Uróboros, Maestro, y por nuestro medio ha de brillar Su Luz.

- ¿De dónde procede esta Luz?

- Del ojo de Uróboros, Maestro, cuando contempla Su mundo.

- ¿Qué ocurriría si Uróboros retirase su mirada?

- El mundo cesaría de existir, Maestro.

- Así pues, ¿está Su Luz por doquier?

- Lo está, Maestro, pero en algunos la oculta la ignorancia.

- ¿Cuál es nuestra obra?

- Descubrir esta Luz oculta, Maestro.

- ¿Cómo podemos realizar esta obra?

- Cuanto más claramente brille la Luz en nosotros, Maestro, tanto más brotará la Luz oculta en nuestros semejantes.

- ¿Cómo es esto, Hermanos?

- Porque Uróboros es Uno, Maestro, y el Uróboros que hay en nuestro interior llama al Uróboros que está en nuestros hermanos.

- Asi pues, Hermanos, expresemos nuestra gratitud por lo que Uróboros nos beneficia, haciendo que Su Luz brille sobre otros, como hoy hemos hecho nosotros. Unámonos para dar gracias a Uróboros.

*****

- Quiero fumar. – Murmulla Lea, yaciendo desnuda junto a Jester. – Quiero opio, tabaco en pipa, algunas plantas, lo que sea, quiero fumar hasta que la vida me parezca flotante y maravillosa y pueda filosofear sobre cualquier mota de polvo y… y… yo que sé. Y lo quiero ahora. Menos mal que confío en mí. Dios, me amo tanto que no creo que sea normal, porque soy parte de esa mota de polvo. Puedo llorar durante horas abrazada a mí misma, pensando que mi vida es una mierda, y amarme a mí misma y a mí sola. Individualmente. Pensando que confío en mí misma, que mañana me levantaré y seré yo. Deseando pasar otro nuevo día junto a mí.

Jester la besaría en ese momento, en cualquier parte, y no podría dejar de hacerlo hasta desgastar la zona en cuestión, pero no se atreve porque comprende que el vitalista discurso de Lea es autoexclusivo y limitado en su expresión de amor.

- Siento… – Siente Lea – una poderosa fuerza, rabia o empuje en mi pecho, conteniéndose, bullando y pugnando bajo la piel, pero después de tanta tormenta se extiende por mí como un bálsamo. Es.. una maravillosa confianza en mí misma y una consciencia tal de ello, que aunque me hace totalmente conocedora de mi propio cuerpo solo, abandonado en la noche, con la única compañía de mi propia respiración, me llena de una sensación de poder que me relaja y sé que mañana o al otro amaré, disfrutaré y apreciaré cuanta cosa que sea merecedora de ello por mi parte.

La chica se levanta tal cual y se dirige al escenario. En él, se sienta frente a los lienzos. Jack, enamorado y silencioso, se desliza entre sus pies.

- Me encantan. – Dice Lea. – Por favor, déjamelos unos días. Quiero estudiarlos ¿Me los dejarás? – Sonríe y brilla.

Jester sigue sin poder decir nada, pero todo apunta a que se los dejará. Y si le pide que camine desnudo entre Los Árboles, también lo hará. Y seguramente Jack también.

En algún otro lugar, Drake sonríe.


*****


Un vórtice negro ha surgido de la oscuridad y está flotando sobre el fuego. Reichembach y los 12 Árboles están ansiosos, pero deben completar el ritual. En círculos, dan tres vueltas en procesión en torno a la hoguera. “Podrían ser sesenta vueltas”, piensa Romeo, “no existe ningún simbolismo en el número. Espero que esta lagartija cósmica se apresure en venir ”. Por otra parte, efectuar el ritual en la calle en vez de en la Logia no le convence demasiado, pero Reichembach se ha mantenido firme en su decisión sin dar ninguna explicación. Aquello sólo habría desencadenado en más discusiones eternas sobre simbología masónica, cosa que a Romeo le resulta lógica si quieren operar como una sociedad secreta similar.

La procesión termina y vuelven a situarse alrededor de la hoguera. El vórtice, susurrador y desafiante, hace daño a la vista. Es complicado delimitar su extensión y donde acaba el borde y empieza la noche estrellada, aunque por momentos parece que la fricción del giro hace muescas en la nocturna naturaleza. Algo se va a romper.

- Hermanos. – Exclama Reichembach levantando los brazos por encima de la cabeza. – Hemos vuelto a construir el templo de Uróboros que crea, sostiene y destruye los mundos. Todo lo demás es uno en Él. Nosotros le prometemos nuestra vida que de Él recibimos. Invoquemos su bendición.

- Prometemos nuestra vida a Uróboros, de quien la hemos recibido. – Exclaman con los brazos al aire, como ramas arañando el cielo. Bajan los brazos y prorrumpen en una maravillosa antífona final, repetiendo muchas veces el Nombre Sagrado de Uróboros. “Ya queda muy poco”, piensa Othello. “Vamos a romper la puta luna y sacar a esa lagartija de su interior”.

- La bendición, la paz, el amor y la vida de Uróboros permanezcan perpetuamente en vosotros. – Dice Reichembach visiblemente emocionado.

- ASÍ SEA. – Claman todos.

- ¡Uróboros! – Grita Reichembach al vórtice, elevando su antorcha. – Si has escuchado nuestra oración, personifícate ante tus siervos.

“Vamos, sabandija de mierda”, ataca la mente de Romeo. “Sal o quemamos la luna”. Lo cierto es que van a quemarla igualmente. Sus intenciones para con Uróboros no son hospitalarias.

- ¡Uróboros! – Vuelve a gritar Reichembach. – ¡Desciende para nosotros y vuelve al lugar del que nunca debiste marcharte!

El vórtice gira endemoniadamente. La luna se agrieta y brillante polvo lunar cae sobre ellos. Pierden la compostura.

- ¡La luna! – Gritan. – ¡Romperemos tu puta luna si no bajas! ¡Lagartija de mierda!

- ¡Maldita criatura cósmica! – Reichembach está desatado. – ¡Profeta diabólico! ¡Obedece la orden sagrada!

El vórtice gira más que nunca y se traga a Reichembach por completo. Acto seguido, también desaparece, dejando de arañar la noche y la luna. Todos los raros callan, incapaces de asimilar lo que acaba de pasar. Maestro y antorcha han desaparecido. “Joder”, la alarma inunda la mente de Othello. “Tenemosquesalirdeaquítenemosquelargarnosdeaquítenemosque…”.

- Está bien, pequeño ejército de fanáticos jodidos de la puta cabeza. – La voz del hombre Uróboros se alza, a años luz de los intentos de cualquier sectario por atraparlo. Suena como la voz de Dios, comunicándose en todas las mentes al unísono e inundándolas de terror religioso que no se va. – Tengo a vuestro líder. Os calmáis un rato, dejáis de joderme la luna y os vais a vuestra puta casa, o empiezo a cortar cabezas.

*****

Hay un tío extraño sentado ante mi ordenador.

Diez minutos antes, siento una presencia deslizándose por todo el castillo y trato de perseguirla, pero me da esquinazo para después cernirse sobre mí y desaparecer antes de que pueda girarme para descubrirla. Sigo corriendo, sigue persiguiéndome y sigue poniéndose delante de mí para hacerme ver que soy incapaz de alcanzarla. De pronto, todas las criadas yacen en el suelo. De pronto, dejan de yacer, y de pronto, dejan de estar. Hay ruidos atronantes con forma de música en las ventanas, chirridos que simulan gemidos y golpes que simulan golpes aun peores. La puerta de la prisión, abierta y libre, se balancea endiabladamente rápido y choca una y otra vez contra la pared. Los barrotes se quejan de forma ensordecedora, aullando como banshees en celo, y Charlie está a punto de escapar. En un esfuerzo sobrehumano, corro hacia él a través del viento polar que se ha formado con la corriente, y mientras vuelvo a meterlo dentro de una patada constato que ese viento viene de dentro de la prisión. En un plano secundario, las neuronas a las que relego el trabajo de oficina investigan en mis recuerdos acerca de si había alguna ventana situada dentro de la prisión y de cara al exterior, sin resultado aparente.

Ya está aquí.

Que te calles.

Te arrepentirás de no dejarme salir.

Le hago sangrar y cierro la puerta, quedándome helado en el intento. Cubierto de escarcha ante la prisión ahora cerrada, tardo unos minutos en conseguir moverme. En ese tiempo, largo como diez años en el desierto, una cara horrible surge de la oscuridad, de otro sitio y otro tiempo. La escarcha se rompe y corro como nunca, gritando como un demente, con la música de la orquesta de ruidos ambientales y casuales dejándome sordo. Las bisagras y postigos de las entrechocantes puertas y ventanas suenan como atemorizantes violines. Si algún día vuelvo a la normalidad no me olvidaré de engrasarlos. No quiero girarme para ver si la cara me persigue, pero da lo mismo. Estoy en mi habitación y hay un tío extraño sentado frente a mi ordenador, leyendo mis historias, hurgando en mi vida, bebiendo de mi petaca, fumando de mi pipa, hirviendo mi té, criticando mis opiniones, mirando por mi ventana, paseándose por mi alfombra, y lo único que puedo hacer parado en el marco de la puerta como un cuadro es mirar una y otra vez como repite cien veces cada una de esas acciones, como una suerte de eterno retorno representado gráfica y temporalmente. Y sin embargo, desaparece antes de que pueda hablar de su aspecto. Los ojos se quedan unos segundos más flotando antes de evaporarse con el resto de su, supongo, cuerpo, y me miran con suficiente fuerza como para empujarme violentamente. Mi espalda se queda con la pared y mi cabeza encuentra la esquina de un marco. Prefiero acabar en el suelo.

Anochezco frente a la ventana, aún sangrando. Temblando pero raudo, echo un vistazo temeroso por mi habitación. Todo parece estar en orden, pero la carpeta del ordenador donde almaceno los secretos ha sido abierta. Lo sé por el intrincado sistema de contraseñas, ahora violado. Lo restablezco, pero todos los documentos han sido, como mínimo, abiertos. Estoy demasiado aterrorizado para blasfemar y demasiado enfadado para pensar las consecuencias, cuando un gruñido apocalíptico casi consigue terminar con mi cordura.

Estoy en la ventana, ante el fin. Y el principio. Frente al castillo, ante la puerta, sobre el camino serpenteante de piedra, yace una gigantesca y grotesca serpiente escamosa que se muerde la cola. Es fea, condenadamente fea, y el brillo del polvo lunar flota en su dura piel. Su rostro se asemeja más al de un dragón, con prominentes orejas de bordes puntiagudos, y tiene cicatrices donde antes hubo patas, y antes, alas. Ojalá la evolución le prive de colmillos en su siguiente aparición, pues andan éstos hundidos deglutiendo su propia cola, sin tragar ni regurgitar, solo mordiendo hasta hacer sangrar. Pero no se ve en sus terribles ojos amarillos que sacie su hambre ni que llore de dolor. Brillan de ferocidad, pero tras ello están apagados. El silencio, ahora sí, es sepulcral y puedo morirme de miedo sin ningún prejuicio al contemplar a la milenaria serpiente Uróboros junto a mi castillo, recortados ambos contra la negrísima noche. Sigue sin verse la luna y, a tenor del infernal dolor en el ojo, creo que pronto estaré oficialmente tuerto.

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[1] En japonés, “Vivir”.

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4º Obra de culto

octubre 25, 2009 at 6:22 pm (Uncategorized)

La canción de la ciudad proseguía su luto en silencio, y Jester la acompañaba calladamente desde el puente de Coral. El puente era frío, metálico, y conectaba la ciudad, peninsular, con una isla pequeña, separada de la matriz. Anteriormente había sido un istmo, pero la tierra que unía ambas extensiones había ido hundiéndose a la par que pasaban los años, y los siglos, tal vez. Por eso había sido erigido el puente, que trataba de hacer su papel lo mejor que podía. No era natural como la antigua tierra, claro, pero intentaba cantar la canción a la par que la ciudad. A veces, Jester notaba las vibraciones de la canción reverberar bajo el metal, y trataba de sonreir a su vez, con él. El puente unía cosas, y eso escaseaba. Su forma semicircular parecía una mueca triste de desaprobación si se miraba desde lejos, pero Jester no hacía caso a esas perspectivas. No ayudaba a nada, realmente. La islita podría alejarse flotando sobre el agua de no ser por el puente, y si pasara eso habría que decir adiós a muchas cosas. No sólo a las visibles. En la isla estaba la mayor parte histórica de la ciudad, y Jester era de los que opinaba que todo debería de permanecer a la vista. No por agrado, sino por ser consecuente con tus actos. El pasado no debe ocultarse, por mucho que digan los alemanes, entre otros. Jester había dejado de odiar esas cosas. Si ha pasado, ha pasado, no lo ocultes porque la historia es la que forja el carácter de una nación. El hombre Uróboros y el propio Jester sabían mucho de eso.

Coral filtró el secreto de que se acercaba alguien, al vibrar sus pasos sobre la estructura de metal. Jester siguió acodado contemplando el agua. Si era un raro shakesperiano como los de la otra noche, no le harían nada a plena luz del día. Y si era una persona normal, pues a lo mejor caía una limosna. El platillo de las monedas seguía en el suelo, pues siempre había alguien de buen corazón. Quizás el puente no era el lugar más concurrido y más apropiado para pedir, pero ahora no estaba en actitud pedigüeña, sino pensativa.

Los pasos avanzaron unos trechos más, hasta casi colocarse a su altura. ¿Y si era el hombre Uróboros? No lo veía desde la noche de su regreso. ¿Cómo le iría? ¿Dónde habría ido después de estrecharse las manos? ¿Habría ido allí? ¿A ver a aquel? Sea como fuere, no esperaba volver a verlo en algún tiempo. Al menos, deseaba que la próxima vez que se encontrasen (que fuera encontrado por él) hubiese adquirido forma y aspecto humanos, para no hacer gritar demasiados cerebros y que la población de Painville se convirtiese en zombies. Cosas peores se habían visto y escrito. Pintado, probablemente. El inequívoco sonido de un caballete posándose a sus espaldas le hizo recordar al artista. No se giró. El caballete había sonado al tiempo que los pasos se habían detenido. El extraño iba a ponerse a pintar dándole la espalda.

- Bonitas vistas, ¿verdad? – Dijo una voz clara y positiva. Jester siguió con la vista al frente.

- Mejores de las que nos merecemos. – Optó por responder el vagabundo. Quizá era arriesgado desvelar ciertas trazas de opinión a las primeras de cambio, pero si Jester decidía hablar, jamás sería un conversador insustancial.

- Lo dice por el lado que ha escogido mirar, ¿eh? Tal vez este otro le gustase más.

- No. – Respondió Jester. .- Ya he estado allí. Lo conozco.

- ¿Y? ¿Es que no le gusta la canción de la isla?

- La canción me gusta, si es eso lo que pregunta. Pero es la misma en ambos lados.

- No estoy de acuerdo con eso. – Se notaba que el pintor tenía una sonrisa perenne. – La canción es diferente a este lado.

Daba pinceladas mientras hablaba. Sonaban a color negro en hábiles y ligeras líneas, danzando en vez de abusar de churretones gruesos. Seguro que los trazos eran delicados. Si estaba pintando la isla y su paisaje de edificios y playa siendo fiel a los colores, no debía utilizar el negro. Salvo, quizá, para Los Árboles.

- ¿Qué canción percibe usted en ese lado? – Inquirió Jester con la vista fija en la ciudad grande.

- Una opereta de barrio. – Contestó risueño el pintor con la vista fija en el cuadro que fotografiaba la ciudad pequeña. – Pobre pero alegre al fin y al cabo. La música que enaltece a los niños que lloran de hambre e injusticias. ¿Y usted?

- Yo escucho un impercetible réquiem por la gente que ha muerto recientemente.

- Mis condolencias. – La voz del artista no se quebró un ápice.

- ¿Se ha enterado de eso, no? – Siguió Jester. – O a lo mejor lo sabe y por eso canta la opereta con los desgraciados niños del barrio.

- No, lo siento de verdad. Estoy enterado. Un hombre en un callejón, ¿no? Lo siento mucho.

- Pero no siente el luto.

- No lo conocía. – Pintadas estratégicas. Ya debía de llevar media isla sin cambiar de color. Jester no creía compatible tener una visión positiva y solo usar el negro.

- ¿Qué está pintando?

- Pinto la ciudad. ¿Por qué cree que he venido aquí? Las vistas son preciosas.

- Pero eso no es la ciudad entera, es sólo una porción. Es la islita.

- Sí. – Rió el artista. – Es mi islita. El valle, la llamamos aquí. ¿Por qué no se gira a mirarla? Y de paso nos vemos las caras. Llevo un rato hablando con usted y no sabemos que cara tenemos.

- No. – Dijo Jester. – No es necesario. Mi cara espantaría su arte. Por otra parte, no va a descubrirme nada nuevo de la islita. La conozco muy bien, ya sabe. Sé lo que hay dentro.

- No diga eso, he pintado caras peores que la suya, seguro. Me gustaría dibujarle en el cuadro, mirando el valle. Mirándolo con amor. ¿Podría posar así?

La voz del artista lo invitaba a posar y tambien podía poner amor en los ojos de Jester, aunque no fuese de verdad. Tiempo atrás, quizá.

- No. – Jester negó por tercera vez. – Ya no puedo mirar así. No me queda nada de eso.

- ¿Cómo está mirando ahora a la ciudad grande? ¿A través de qué filtro en la mirada?

- Mmm. No lo sé. Uhm. Tal vez nostalgia.

- No parece muy seguro. Hagamos una cosa. Prácticamente he teminado de pintar el Valle, así que colocaré otro lienzo y pintaré la ciudad grande desde su punto de vista. Usted me irá describiendo la ciudad con sus palabras, y yo pintaré. Será como un dictado de texto.

- ¿Las ilustraciones son textos?

- ¿Hay sonido en el espacio?

- Ya veo. – Jester no veía. – Si quiere que le dicte, lo haré.

- Estoy preparado. Cuando quiera.

Jester abrió bien los ojos y enfocó Painville desde el rincón más lejano. Se aclaró la garganta. Escuchó abrirse botes de pintura. Olores de colores, de varios colores. El artista iba con toda la artillería. Tenía fé en sus palabras.

- Painville nace de una vasta extensión de terreno adosado a la península, pero la frontera con el resto de provincias colindantes está mas allá de una cordillera montañosa donde vegetación y árboles se juntan justo debajo de las cimas, que son picos de piedra. Resultan amenazantes y pueden arañar el cielo.

Jester hizo una pausa para tragar saliva.

- La cordillera se extiende amplísima, con bosques y prados. En la parte baja, pero por encima de los primeros edificios de la zona urbana, hay montículos y pequeñas colinas. En la más grande y yerguéndose sobre la ciudad, hay un castillo coronado por una torre puntiaguda. El escritor vive allí.

El sonido de las pinceladas se tornó furioso. El color olía a oscuro.

- La zona urbana se compone de unos pocos edificios grandes y muchos pequeños arremolinados en torno a ellos. El teatro, el estadio, el museo, los centros comerciales, el colegio, la universidad. Callejuelas serpentean entre ellos y todas las calles abren caminos infinitos para llegar a cualquier sitio. Todos terminan en la costa, donde empieza este puente de Coral. El mar es un contraste frente a los picos montañosos y el núcleo urbano en medio.

Las pinceladas sonaron más amables y los colores más vivos.

- ¿Ya está? – Preguntó el artista con un leve jadeo.

- Sí. Esta es mi visión. ¿Qué tal ha salido?

- Apasionado y sensitivo. Puro arte. ¿Quiere verlo?

- Es pronto para eso. – Jester también jadeaba. – ¿Ya lo ha terminado? ¿No tiene detalles que añadirle?

- Pinto rápido pero soy detallista. ¿No se va a girar, entonces?

- No. – Confesó Jester. – Cada cosa a su tiempo.

El artista rió. Todo en él era candor y bondad, o eso transmitía.

- De acuerdo. ¿Sabe qué? No llevo dinero para dejarle propina. Ya sabe, los artistas también somos pobres.

- No hace ninguna falta. Ya ha visto qué ropa llevo y el platillo, supongo. ¿Se ha girado para contemplar la ciudad que le estaba describiendo? Eso es hacer trampa. Ha copiado.

- Le juro a usted que no me he girado ni una sola vez, al igual que usted tampoco lo ha hecho. Seguimos sin habernos visto. ¿Cree que es una buena forma de entablar una amistad?

- Está corriendo demasiado.

- Lo siento. Cuando hago arte voy en volandas y la aceleración me hace hablar más de la cuenta. No he visto el platillo ni la ropa que lleva. Si insinúa que es un vagabundo callejero, para mí no lo es. Le diré lo que haré: voy a regalarle los cuadros.

- No puedo aceptar eso.

- Sí, sí que puede, y debe.

- ¿Por qué? ¿Por qué me regala su arte?

- ¿Qué por qué?

El artista eliminó el tono afable que había mantenido durante toda la conversación. Jester se imaginó al sol enfocándole, haciéndolo brilllar atrayendo toda la atención, incluso envuelto en un amarillo brillo religioso. Cuando habló lo hizo con la voz bien firme.

- Porque el arte es un regalo continuo que la humanidad se ha hecho desde la noche de todos los tiempos y nunca ha de perderse esa tradición. Es el mayor legado para calcular la verdadera medida de un hombre, su mente, y su capacidad para expresarse. Si no tenemos eso, ¿qué nos queda? ¿Qué puede demostrar la historia que no se sepa ya? El arte, amigo, no debe olvidarse ni comercializarse. No estamos autorizados a ejercer de mercaderes con él.  ¿Cree que lo que hace un artista es fortuito? ¡Todas nuestras creaciones obedecen a la razón de algo superior! ¡No somos más que herramientas ejecutoras, y debemos aceptar nuestro rol como tal! Es algo más atrevido que la ignorancia y más infinito que la estupidez humana. Y no lo dejes suelto, que se apodera del mundo. ¡Maldita sea! ¡Rembrandt, Poe, Chaplin, Pink Floyd! ¡¿Quién coño os creéis que somos?!

De repente, el cielo se oscureció. Las nubes taparon todo, hubo un destello, el sonido y finalmente la lluvia. Gotas gordas y pesadas. Jester agachó la cabeza, incapaz de decir nada. El discurso del artista le había asustado la voz, y no saldría en un tiempo.

- ¡No se preocupe, estoy cubriendo los cuadros con una lona! ¡Ni la lluvia ni nada acabará con ellos! – Exclamó el pintor. A juzgar por el cambio del sonido de las gotas, ahora repiqueteando fuertemente sobre plástico, asi era.

- – Los nombre del reino, amigo. – Continuó. – Los que tenemos la sensibilidad necesaria para traducir en arte lo que sentimos debemos jurar por lo sagrado que así lo haremos. Es nuestra contribución para el legado de nuestro tiempo. Un día estudiarán nuestros nombres, nos venerarán como a dioses, y nos harán inmortales.

El agua corría por todo Jester, como un simulador de lágrimas provocadas por muchas cosas.

- Este es mi arte. Espero volver a verle, y saber su nombre. – Dijo el artista. – No lo olvide. Me llamo Daniel Montresor von Drake.

Y su presencia desapareció. Tras lo que parecieron horas la lluvia comenzó a cesar, y sólo entonces se giró Jester. Había dos lienzos tapados con una lona de plástico empapada. Se decidió a cruzar el puente, que ya no cantaba nada, y se plantó delante de ellos, con la islita aguardando detrás. Quitó la lona de un tirón, no sin cierto sentimiento de terror y prudencia. Se vió en el primer lienzo, de espaldas contemplando Painville tal y como la había descrito, que era tal y como era. Se vió en la misma postura acodada y el mismo abrigo, sin volver la cara. Drake había creado un Jester idéntico al original sin volver la cabeza para copiarlo, aparentemente. En el segundo lienzo estaba la islita, sin perder ningún detalle respecto a la original. Pese a la intuición de Jester, el dibujo era totalmente a colores vivos, en vez de a negro. Algo había fallado, pensó. El efecto de ambos lienzos unidos era sobrecogedor, pues encajaban a la perfección. El puente hallaba sus puntos de encaje, el mar completaba las formas de sus olas, e incluso las nubes dibujadas en el cielo formaban una simetría perfecta. La ciudad grande y la isla, no enfrentadas, sino contemplándose, y Jester en medio contemplando. Sólo había un pequeño punto a debatir. De tratarse de una sola ilustración gigantesca pintada como si de una fotografía manual se tratase, el artista debería situarse en un punto estratégico para tener ese punto de vista. Alejado a bastante distancia, concretamente, flotando en el aire a unos cuantos metros sobre el mar.

*****

El detective Coop V. Livingstone tenía trabajo por delante. Maltrecho pero curado, volvió a tomar la taza de café intentando sobreponerse al dolor en el brazo. Le dolían los dos brazos por haber estado sujeto por ellos. El dolor del estómago era más tenue ya, si bien la nariz no volvería a tener buena pinta en un tiempo. Se la había arreglado él solo, en su casa, a la mañana siguiente de la reyerta tras haber pasado la noche tendido en la calle. Ahora habían pasado 48 horas desde que llegó a su casa y había vuelto a salir. Necesitó 24 horas de sueño y 24 más para rehacerse y pensar en cómo actuar., ahora que estaba solo frente a la investigación. Resultó no estarlo del todo, o al menos eso parecía. El forense lo acompañaba en la cafetería, en una mesa apropiadamente alejada de la barra para que nadie interfiriese en la conversación. Era un hombre mayor que él y que Lydecker, muy delgado, más que flaco, transparente si no fuese por las arrugas. Poco pelo y gafas muy redondas tras las cuales unos ojos que habían inspeccionado muchos cadáveres inspeccionaban ahora a Livingstone, y la expresión no era demasiado diferente.

- Eres una celebridad en el cuerpo, Coop. – Comentó el forense sorbiendo el café.

- No quiero saberlo, Adrian. – Livingstone hizo lo mismo con su taza.

- No paran de hablar de ti, eso es cierto. Pensaban que eras un cobarde sin sangre, pero muchos empiezan a valorarte. Sobre todo Lydecker.

- Estoy segurísimo de ello, sí. – Ironizó Livingstone. – ¿Ha comentado algo?

- Sorprendentemente, no ha dicho nada. Reacciona de forma muy violenta a la mención de tu nombre, por lo que los chicos han aprendido a no decir nada cuando él está cerca. ¿Qué piensas hacer, Coop?

- Seguiré investigando por mi cuenta. El altercado con Lydecker se debió a…diferencias de enfoque.

- Ya. Bueno, por eso estoy aquí. Nadie se ha quedado llevando el caso de Henry Johnston, nuestro amigo de las semillas. – El forense puso sobre la mesa la bolsita de plástico con semillas que habían encontrado en el bolsillo del cadáver.

- Así es como se llamaba entonces. Gracias por decírmelo. – Dijo Livingstone. – ¿Puedes decirme algo más?

- Nada de interés. He estado con los familiares en el depósito y las semillas son de árbol álmez. Lo enterraremos el domingo, creo, y espero que para entonces Lydecker haya decidido hacer algo.

- ¿Qué ha dicho la prensa?

- Qué va a decir. Una mención en la última página y “se esperan más datos”. Así se hacen las cosas en esta ciudad, sin mucho revuelo.

- Cuando haya más crímenes seguro que lo habrá. – Comentó Livingstone. – Y los habrá si no nos ponemos a trabajar. Dime todo lo que sepas sobre las últimas 24 horas de Johnston, y dejemos las semillas aparcadas para cuando tengamos algo sólido.

- Johnston no era nadie demasiado especial. – Dijo el forense. – Te daría información, pero tengo que ir a trabajar. Algunos, ya sabes, aun estamos en el cuerpo.

- Ya, Adrian. A partir de ahora lo haré solo, pero siempre se agradecen los datos.

El forense se levantó, cogiendo las semillas, y se dispuso a irse.

- Una última cosa más. – Dijo. – Sería buena idea que te pasases por la librería Milfay. Creo que Lydecker mandará un par de agentes, pero dudo que se presenten antes de las 10. Ya sabes…

Hizo un gesto de desdén. Livingstone acabó el café de un sorbo y se puso en pie.

- ¿Librería Milfay? ¿Ha pasado algo relacionado?

- Ya nos veremos, Coop. – El forense caminó rápido y desapareció por la puerta.

Al abandonar el rincón dejaron de estar en las sombras, y al no haber tiempo para observaciones metafóricas Livingstone hizo una rápida asociación de ideas con las semillas, el asesinato, el árbol que creyó ver, la pintada de patéticas aspiraciones y tenebrosas sospechas, la librería Milfay, y su mente se detuvo allí un segundo antes de salir corriendo en esa dirección.

*****

- Ellos dicen…sólido, solidoce probetéico. Te acusan con sus llameantes miradas, más no desean descubrir.

La señora Creed balbuceaba en la silla tras el mostrador, aun en shock. Había libros esparcidos por el suelo, y desperfectos varios por todos lados. Livingstone se armó de paciencia, consciente de que no disponía de todo el tiempo que le gustaría.

- ¿Quiénes han sido? ¿Cuántos? ¿Cómo vestían? ¿Qué buscaban? ¿Qué se han llevado?

La mujer lo miró desconcertada sin salir de su estado. Livingstone se paseó nervioso por la tienda, evitando los desniveles que creaban los libros del suelo.

- Siento ametrallarla de esta forma, pero no tengo tiempo para hacerlo de otra manera. Sólo dígame lo que pueda.

Le tomó la mano. Ellen Creed cerró los ojos y derramó lágrimas de abandono de shock y bienvenida a la realidad.

- Sólido probetéico.

- ¿Qué es eso?

- Como definirse ellos. Raros.

- ¿Qué es lo que buscan?

- Lo que era antes.

- No comprendo, señora Creed.

- Las palabras del pasado que talan presente.

- ¿Talan? ¿Cómo los árboles?

- Son árboles.

- ¿Los árboles se talan a si mismo? ¿A sus semejantes?

- Sólidos probetéicos.

Livingstone se pasó una mano por la frente. Ellen Creed había vuelto a quedarse en shock. Alguien ocupó la puerta. Las miradas del recién llegado y del detective se encontraron, colisionaron, y se vieron desplazadas. Cuando Livingstone fue capaz de volver a enderezar la vista, no había nadie en la puerta. Las facciones de la mujer habían adquirido un rictus de terror.

- El otro.- Masculló.

- ¿Otro qué? ¿Raro, sólido, árbol? ¿Quién era ese?

- La serpiente. El chico. Palabrador. Da la vuelta.

Y con estas palabras Ellen Creed se desmayó.

Livingstone voló a la calle en pos de la figura informe que no había visto propiamente, y como en los peores telefilmes no había ningún rastro de ella. La librería estaba sita en la calle principal de la ciudad, una gran vía amplia y ancha donde no cabía el ocultarse. La figura parecía haberse volatilizado, posiblemente cayendo a través de una trampilla callejera oportunamente colocada que diese a parar al escondite secreto de los tipos malos, los supuestos Àrboles. Desde luego que aquella sombra, con su breve y misteriosa apariciòn, se había adjudicado sin peligro de duda la honorable identidad de principal sospechoso de todo. Livingstone se movió en círculos por la gran vía, por la que curiosamente y a pesar de estar a punto de entrar en el horario de trabajo para la gran mayoría de residentes, no había un alma.

- No lo encontrarás hoy. – Dijo una voz a su espalda. El detective se giró. El forense sostenía la bolsa de las semillas en una mano mientras lo miraba.

- ¡Adrian! ¿Tú también lo has visto? – Inquirió Livingstone.

- Se le ve a kilómetros, la verdad. – Asintió el forense. – Por eso no hay nadie en la calle a estas horas. Hoy es día de reconversión, nadie quiere verle.

- ¿De quién se trata? ¿Es el asesino? Empiezo a pensar que soy el único gilipollas que no sabe lo que está pasando. – Livingstone volvió a sentirse engañado y enfadado.

- No sé si es el asesino, aún es pronto para decir nada.

Livingstone aferró al forense por las solapas del abrigo.

- ¡Dímelo, Adrian! ¡Esta muriendo gente y tú sabes quién es el culpable!

El forense no hizo nada por zafarse, pero su expresión tampoco cambió.

- No me entiendes. Conozco a esa figura, mucha gente en Painville la conoce. Lo que quiero decir es que no sé quién va a ser esta vez.

Livingstone lo soltó. El forense no daba la sensación de mentir, pero poseía la habilidad vampírica de hablar sin decir toda la verdad, lo cual no era muy diferente. – De todas formas. – prosiguió el hombre. – no quiero que pienses que apoyo los asesinatos.

- Entonces ayúdame. – Rogó Livingstone. – Dime algo que me sirva de verdad.

- ¿Estàs dispuesto a seguir con esto?

- Lo estoy. – Juró. – Hasta sus últimas consecuencias.

- Entonces…- Titubeó el forense. En ese momento, su teléfono sonó. Tuvo que mirarlo, con una mueca de desdén.

- ¿Qué pasa? – Preguntó Livingstone. – ¿Otra excusa para no contarme nada?

- Eso me temo. Ya vienen del cuerpo a investigar lo de la librería. Tengo que irme, Coop, y tú también. No deben verte cerca,

- ¡Maldita sea, Adrian! – Gritó Livingstone, visiblemente enfadado. – ¡Dame una pista o te rompo la nariz!

- ¿Como a Lydecker? – Respondió Adrian con calma.

- Peor que a Lydecker. – Afirmó Coop. – Esta vez no habrá nadie para sujetarme.

- No lo dudo. Tengo que irme, tío. – El forense se dio la vuelta, y un segundo después volvió a girarse a tiempo de sujetar el enérgico brazo de Livingstone, que iba raudo a agarrarle con la mano abierta.

- Obra de culto. Ya está.

Los dos hombres se soltaron. – Obra de culto. – Murmuró Livingstone. – Te lo agradeceré si me lleva a algo.

- Ya, quién sabe. Adiòs, Coop. – El forense se giró y Livingstone no vio su trayectoria porque comenzó a alejarse en dirección contraria.

Obra de culto. Hombre sombra que da la vuelta. Chico. Día de reconversión. Ideas que necesitaban una asociación urgente. Sin rumbo fijo pero con certeza de cual sería el siguiente paso, caminó en pos de perderse entre calles.

*****

Esa misma tarde, un chico con un ojo más dañado que el otro estaba frente a la librería Milfay, que se hallaba cerrada. Maldijo entre dientes al comprobar que seguía siendo horario laboral, y dedujo que algo había pasado con Ellen Creed. Barajó la idea de ir a visitarla a casa si no abría en unos días, ya que necesitaba encargar más libros, y recordó el sólido probetéico de la última vez. Lo relacionó con la ausencia de Creed, y también recordó como lo habían atemorizado en su anterior incursión callejera. Lo recordó con mayor intensidad cuando alguien se detuvo a sus espaldas.

- Estaba seguro de que te encontraría aquí. – Dijo Livingstone.

En algún lugar, Jester miró al cielo.

Charlie se giró y quedó frente a frente con el hombre que parecía tener razones para acorralarlo. Un tipo rubio, joven, no más de cuatro o cinco años mayor que él, con gabardina beige. El arquetìpico detective justiciero.

- Charlie, la estrella de la ciudad. ¿Eres tú, verdad? – Preguntó Livingstone desafiante.

- Vaya. – Contestó el chico. – ¿Quieres un autógrafo?

Livingstone negó con la cabeza.

No estoy interesado en aprendices de escritor adolescente.

Eh, eso es una gran mentira. – Charlie se molestó. – ¿Aprendiz? Vivo de esto, y de adolescente nada. Ando por los veintipocos. ¿Cuántos tienes tú, Poirot?

No te importa. ¿Sabes? Acabo de volver del taller de teatro de la ciudad, ya que tus amigos me han dirigido a ti con las palabras “si no está aquí estará en la librería, y si no está en ninguno de esos sitios está en su casa, y allí es bastante difícil llegar”.

Yo no los llamaría amigos. Lea, quizá. Compañeros de trabajo, más bien. Ayudantes, jefes, subordinados. “Amigos” es un título reservado a gente menos corriente.

Ambos rieron. Las risas, adversas, se enfrentaron en el aire, mirándose agresivamente y calibrando las sensaciones que se ocultaban tras los secos sonidos.

- Me advirtieron de que dirías algo así. – Prosiguió Livingstone. – No debes ser fácil, pero ellos parecen tenerte en cierta estima. Si te soy sincero, no les entendio. – Añadió en tono cortante.

- Yo tampoco.

- ¿No eres el héroe de la ciudad? Me consta que eres el talento en la sombra. – Bromeó Livingstone. – El creador al servicio de la gente común. – No se molestó en disimular el tono paródico, lo cual divertía a Charlie.

- No exageras demasiado, aunque no creo que haya mucha gente que piense así. No tanta como debería, desde luego.

- ¿Por qué, Charlie? ¿Eres, acaso, demasiado importante como para anteponer tu literatura a su dignidad? – Le instó Livingstone. – ¿Acaso te extrañas cuando se sienten molestos contigo por haberlos criticado sobre el papel?

- Busco esa reacción. – Respondió Charlie. – Soy la voz de Painville, todo lo que has dicho y más.

- Claro, la gran mente lúcida y omnisciente. Seguro que si de ti dependiera, desterrarías a todos los que no alcanzan a ser tan listos como tú. – Livingstone fue directo. – Seguro que piensas que la incultura debe ser castigada.

- Ese es un pensamiento demasiado extremista, incluso para mí. – El chico permaneció tranquilo. – No negaré cierta simpatía por mi parte, sobre todo en los momentos de rabia y frustración, pero no es mi postura habitual.

- Ya lo veremos. ¿Conocías a Henry Johnston?

- No. – Charlie quedó pensativo un momento. – No me suena. ¿Debería?

- Puede ser. – Livingstone tomó aliento. – Hace dos noches alguien lo asesinó en un callejón, y después, usando esa misma sangre, escribió en la pared: “La incultura debe ser castigada”. Como puedes imaginar, eso te une al caso.

Hubo un breve silencio. Charlie abrió mucho los ojos, los cerró, y bajó la cabeza. Livingstone sopesó las posibilidades de que aquel chico fuese el culpable, y a su pesar se inclinó momentáneamente por su inocencia. Charlie rompió el silencio con una breve risa seca.

- Es bueno. Lo hiciera quien lo hiciera, tiene sentido del humor.

- ¿Sí? ¿Tú, por ejemplo? – Livingstone frunció el ceño, molesto.

- Hay que tenerlo para sobrevivir en estos parajes. Créeme. – Y aquí el chico sonó sincero. – Lamento su muerte, el crimen y todo eso, pero no tengo ni idea ni puedo darte ninguna pista.

- Pienso que sabes más de lo que dices. – Le acusó Livingstone. – Dime, ¿te dice algo el término “obra de culto”? Cuando lo he preguntado en el taller, todos han mencionado tu nombre.

- Por eso no son mis amigos, ¿lo ves? – Sonrió Charlie. – Lo primero que hacen es mandarme un perro de la policía.

- Mejor yo que el cuerpo de policía. Ya se habrían abalanzado sobre ti y estarías inmovilizado con una venda en la boca y una capa nueva de hematomas. – Mentira, claro. Livingstone estaba bastante seguro de que el actual cuerpo de policía no tomaría una actitud similar mientras James Lydecker siguiese al frente. Sorprendentemente, Charlie pensaba lo mismo.

- ¿Hablamos del mismo cuerpo? Si el comisario Lydecker es uno de los habituales del palco de honor del Sir William.

- ¿Te refieres al teatro? No estaba al tanto del nombre. – Livingstone no era precisamente aficionado a las representaciones y su visita al taller había sido su primera incursión en el teatro de Painville.

- Sí, el Sir William es como se llama el teatro. Escribo para él y me gano el sueldo con ello. – Confirmó el chico. – Y Lydecker es un gran aficionado. No me causa una gran simpatía especialmente, pero es un hombre con gusto cultural. Debes de saberlo bien, es tu jefe.

- Sí, al menos contractualmente. – Dijo Livingstone. – Esa afición suya explica muchas cosas.

- ¿Cómo qué?

- Olvídalo. Escucha, Charlie. Voy a serte sincero. – Livingstone volvió a tomar la ofensiva. – Creo que de una forma u otra estás relacionado con el asesinato, y estoy seguro de que sabes algo. Tengo preguntas que hacerte, y de tu cooperación dependerá que esté contigo o contra ti.

- No quiero que estés conmigo. – Rechazó Charlie. – Si tengo que ser sospechoso, me gusta la idea. Tener ese perfil me hará más atractivo e interesante, si cabe. Sería una forma de expandir mi sombra.

- ¿Còmo puedes ser tan prepotente? – Livingstone cerró los puños. – No me extraña tu fama ni que te odie toda la ciudad. ¿Vas a responder a mis preguntas o vas a pasar? Porque, la verdad, te estoy viendo como una excelente cabeza de turco.

- Una cabeza que nadie ha pedido.

El tono de las voces se iba alterando.

- ¡Charlie! ¿Cuál es la obra de culto? – Gritó el detective.

- ¡Me encanta ser así! – Rugió el escritor. – ¡El talento en la sombra! He pasado años, sabes, amargándome por sus estupideces, las de todo el mundo, pero acabé viendo que no conduce a nada. Y ahora les ha tocado a ellos el tiempo de amargarse.

El ojo derecho del chico, con un punto rojo, palpitó y parpadeó varias veces antes de que el rojo brillase.

- Porque hablo con la verdad. – Prosiguió. – ¡LA VERDAD! Y me siento mucho mejor hablando de sus ridículas, patéticas y analfabetas existencias coronadas por su total insensibilidad. Es algo que se tienen merecido por tanto tiempo de frustrar mi inquieta existencia. Y si aún quieres más motivos, mi bienestar está por encima de cualquier estúpido servilismo barato que quieran imponer. Noto el puto Schandenfreude corriendo por mis venas, tío. Pagarán por haber cercenado las raíces de la creatividad, o haberlo intentado al menos. ¿Quieres oírlo? Me siento estupendamente bien escribiendo sobre ellos, y si ese Henry Johnston era otro inculto vulgar, simple y corriente, me parece bien que lo hayan ajusticiado. La ignorancia debe ser castigada.

Se produjo un histórico silencio entre ambos estandartes de diferentes justicias. Fuera de ese microcosmos creado por sus ideas, el día de reconversión seguía siendo respetado, ya que ni un alma, salvada o no, caminó por las calles en ningún momento. Alegato sordo para sus víctimas. Definitivamente, Charlie y Livingstone no iban a colaborar juntos. El escritor se había adjudicado el letrero de S-O-S-P-E-C-H-O-S-O en luces de neón sobre su cabeza, y eso era un hilo del que tirar a la hora de ir destapando el misterio. El asesinato de Johnston había sido, en efecto, obra de culto.

- Gracias, Charlie. – Dijo Livingstone calmadamente. – Me has puesto en bandeja un hilo del que tirar.

- ¿Te pongo otro? ¡Yo no he matado a nadie! – Grito Charlie. – Vuelve cuando tengas pruebas de algo, gilipollas.

Fue cosa de medio segundo, pero el rubio detective no precisó de más tiempo para inmovilizar al chico contra el escaparate de la librería sin apenas golpearle. Charlie se sacudió sin conseguir nada, y se detuvo en cuanto Livingstone le sujetó las muñecas firmemente sin necesidad de esposas. Pese a la ilegabilidad de las mismas en tal circunstancia no dudaría en utilizarlas si las cosas se ponían peores, pero bajo ninguna circunstancia podía detener al chico. No podría encerrarlo en ningún sitio por no estar en el cuerpo, y por otra parte era una medida demasiado dura para un sospechoso informal. Lo mejor era asustarlo para hacerlo hablar algo más,

- Podría romperte las muñecas con un giro de mi mano. – Le susurró amenazante. – Y no volverías a difamar.

- Si crees que me voy a agitar violentamente para que me sueltes, crees mal. – Le sorprendió la calma de Charlie. – He sujetado así a algún pasmarote y sé que con cualquier movimiento brusco que hagan se rompen la mano. Por eso voy a esperar a que te calmes, me hagas las preguntas pertinentes, te responda con más o menos certeza e imaginación, y me sueltes para irte a perseguir a cualquier otro que coincida con tus creencias de lo que debe ser un sospechoso.

Livingstone, pese a que no esperaba el brusco cambio de la exhaltación a la tranquilidad de su prisionero en una situación tan tensa, procuró no disminuir la presión ejercida.

- Muy bien, joven Bukowski. – Decidió empezar el interrogatorio con una broma de lo que, suponía, no se alejaba mucho del sentido del humor de Charlie, buscando su comicidad. – Yo digo una cosa y tu respondes lo que sepas. Así, haremos una asociación de ideas personal e intransferible. Empiezo: Obra de culto.

- Expresión artística sin reconocimiento mayoritario pero idolatrada por un pequeño sector de fans, simplificando. – Respondió Charlie. – Esas obras son atemporales, no van con las modas, y esos fans son los seguidores más fieles que existen. No fallarían en hacer cualquier cosa para demostrar su fidelidad por la obra, o en cualquier intento de relanzarla si se diesen las circunstancias.

- Bien. ¿Por qué me han dirigido a ti los del teatro al escuchar ese término?

- Soy escritor, tío. Escribo cosas, soy conocido en la ciudad. Tengo mi sector de fans, puede decirse. Algunas de las obras que son representadas en el Sir William, escritas por mí, para ellos son como La Biblia.

- ¿Sectores de fans que matan a los contrarios a su ideología?

- Joder, pues espero que no. Ni a mí ni a ellos nos gustan los incultos, pero no iríamos por ahí matándolos.

- ¿Quiénes son tus fans? ¿Sólidos probetéicos? ¿Árboles?

- ¿Qué? No te entiendo. Afloja la presión, por favor.

Livingstone bajó la presión con la que atenazaba las muñecas de Charlie, pero siguió sujetándoselas con firmeza.

- Sólidos probetéicos. Es algo que me dijo esta mañana la señora Creed en su estado de shock. Acusaba a los que habían asaltado esta librería.

- ¿Qué le ha pasado a la señora Creed? – Charlie no sabía nada de eso.

Livingstone le relató lo sucedido, omitiendo la aparición de la extraña sombra y todo lo relacionado con ella, incluyendo las palabras del forense.

- Supongo que estará bien. – Añadió. – Debe estar recuperándose en su casa.

- Espero que sea así. – Dijo Charlie. – Le tengo cierto aprecio a esa anciana, y conoce mi obra. No diría que llega al estatus de fan, pero es la que me consigue los libros que le pido. Suéltame, joder. Estoy respondiendo, no voy a hacer ninguna brusquedad a estas alturas.

Livingstone soltó totalmente las muñecas de Charlie, pero se mantuvo delante para bloquear cualquier posible huida. El chico parecía el tipo de persona de la que nunca nadie debía fiarse plenamente. Charlie se frotó las doloridas muñecas.

- Tampoco sé a lo que te refieres con lo de “Àrboles”, de verdad. Lo siento. Y sobre mis sectores de fans, acude al teatro alguna noche de representación. No hay ninguna asociación ni club en torno a mi figura, de verdad. No están organizados. Solo son personas de distintas edades a las que les gustan mis obras, nada más. No son asesinos ni conspiradores.

- Acabas de decir que, para ellos, tus obras son como La Biblia. Eso no tiene mucho sentido si solamente les gustan, ¿no crees? – Inquirió Livingstone.

- Hablaba en general, no puedo responder por todos. Pero si quieres saberlo, el jefe Lydecker es uno de los seguidores más apasionados. Cuando lo observo en las representaciones, aplaude y vitorea como si estuviera poseído. – Charlie tragó saliva. – Da miedo, realmente. Creo que lo odio, pero no se lo digas. Me da muy malas sensaciones.

- Descuida. – Livingstone no creyó oportuno contarle nada de la sospechosa reacción del comisario ante el cadaver de Henry, pero una terrible idea se alzó en su  rubia cabeza, esgrimiendo luz roja. Muy alarmante.

- Está bien, veamos. – Dijo. – ¿Cuándo tenéis la siguiente representación?

- No lo sé. No hay nada planeado. Suelen caer en viernes, pero no todos. Quizá dentro de dos semanas. Fíjate en los carteles que vayan apareciendo. Si vas, no esperes verme en el escenario. Suelo estar oculto vigilando las reacciones del público. – Confesó el chico.

Livingstone se sorprendió pensando constantemente en Charlie como “el chico” que mencionó la señora Creed. Una rápida e inconsciente asociacón, pero no creyó equivocarse al ver establecida la relación entre ambos.

- Puedes irte. – Le dijo. – Es posible que aparezca por el teatro a ver lo que se cuece.

- Genial. – Respondió Charlie. – Me voy. No te echaré de menos si no te veo allí, y su te veo no perderé detalle de tus reacciones. Por muy detective que seas tienes pinta de inculto, así que ten cuidado con el asesino. Si es como tú dices, te tendrá fichado, ¿no es así? Demonios, no te echaré de menos si no te vuelvo a ver. – Empezó a alejarse junto con el atardecer. El resplandor que creía emitir se fue atenuando a la par que el del sol. – Venga, hasta luego.

- Hasta luego, majo. – Murmuró Livingstone. – Ten cuidado con el asesino tú también, sobre todo en los callejones oscuros.

- Pero yo soy culto, estoy a salvo. ¿No se trata de eso? – Ironizó Charlie mientras se esfumaba en la distancia hasta desaparecer.

Livingstone asemejó ese proceso con la instantánea volatilización de la sombra de la mañana, pero lo de Charlie había sido gradual y totalmente posible, incluso poético si se mencionaba el hecho de que parecía haberse fundido con la oscuridad, el atardecer y la propia ciudad. Y lo peor es que había resultado bello, como si fuese parte de la esencia de la ciudad. A pesar de la reveladora conversación, perfectamente podía ser así. Suspiró y se apoyó en el escaparate de la librería Milfay, donde se había desarrollado todo aquel largo día.

“Interrogatorios, pistas y enfrentamientos”, pensó, “una tranquila vuelta al trabajo”. Que Lydecker tuviese algo que ver con el crimen ya se le había pasado por la cabeza a tenor de su actitud, pero investigarle era otra cosa muy distinta. Su, quizá ya, ex – jefe podía ser muchas cosas, y sin duda las era, pero la idea de seguirle en secreto sin ser descubierto era profundamente optimista. Y además, surrealista y poco probable. Por otra parte, la pista de los Árboles y los sólidos probetéicos no era nada tangible, nada era lo que sabía con certeza. Sacó su libreta y se organizó de forma simplista pero eficaz:

1. Árboles. Semillas. Metafóra del culpable.

2. Sòlidos probetéicos, = ¿“Raros”?

3. ¿Sólidos – raros – Àrboles?

4. Visitar a Ellen Creed.

5. Charlie. Cambios de humor. – ¿Sombra?

6. Charlie – ¿Árboles?

7. Charlie – ¿Hombre que da la vuelta?

8. Puntos anteriores – ¿Culpable?

9. Hallar interrelaciones entre todos.

10. Teatro. Lydecker. ¿”Raro”?

11. Investigar bajos fondos. Jester.

Demasiado misterioso. Tal vez todo estuviese relacionado, tal vez sólo algunas partes. Quizá todo era un montaje para comprobar sus reacciones, una paranoia. Pero había muerto una persona y otra había sido atacada. Retirarse ahora era peor que la cobardía, era una autonegación frente a sus ideales. Se juró seguir siempre adelante. Pero antes de eso, Livingstone necesitaba una noche de descanso para reorganizar su estrategia y todas las ideas, o acabaría perdiendo un tornillo. Las posibles asociaciones, entrelazándose, eran infinitas. Pensando por primera vez en su vida que anhelaba asistir a una representación teatral, se alejó en dirección a su piso. No vio a sus espaldas la aparición de tipos con abrigos y barbas saliendo de la oscuridad.

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3º Charlie

octubre 25, 2009 at 6:07 pm (Uncategorized)

He nacido en el año de la miseria, pero lo que estoy viendo este año pulveriza cualquier récord. Las personas viven sus vidas expuestos a la destrucción y no les importa nada de nada. No es que vaya a haber un ataque nuclear, ni mucho menos. La gente vive en paz con su propia miseria y en guerra con la de los demás, y eso me saca de quicio. Los veo, porque vivo en una colina. Mi casa se eleva, exactamente, sobre una colina desde la que veo toda la ciudad, y he ahí el por qué de mi desánimo. Crueldad es lo que les hace falta. Más crueldad y más amargura en sus vidas, y no volverán a ser tan ruines con su prójimo. Lo sé, porque lo he comprobado. Tanto en persona como desde mi buhardilla.

Pese a que estoy bastante aislado, me gusta este sitio. Es mi casa, y en ella hago lo que me da la gana. Mi casa es un castillo. Tiene una perfecta torre acabada en punta, erigida apuntando al cielo, y vista desde la ciudad, asusta. Los vigilo desde las alturas. Para ello dispongo de todo el tiempo del mundo, aunque algunos digan que se me está acabando. Son unos insensatos con el corazón oscuro, la lengua fácil y el cerebro goteante. Yo no tengo el corazón oscuro. Puede que no todos los sentimientos que tenga dentro sean buenos, pero los tengo todos claramente identificados. Para mí, un corazón oscuro es el que no se aclara con lo que lleva dentro en ninguna dirección, y eso nunca es bueno. Hay que tener claras las ideas, los pensamientos, y los sentimientos en todo momento. Y la única forma es el conocimiento y la experiencia. Si no te interesa, véte. No me interesas tú a mí, si no compartes mi criterio. No me hagas perder el tiempo.

Nunca pierdo el tiempo, porque me sobra. Mi ocupación es estar en mi buhardilla, oteando y escribiendo. Me gusta considerarme el vigía y a la vez el escriba de una tripulación de la que soy el capitán. No necesito más camaradas. En el piso de abajo, y a veces en el intermedio, y alguna que otra vez en este de arriba, me cruzo con algunas personas. No hay mucha relación ni es necesaria. Ya ni recuerdo sus caras, no me detengo tanto tiempo a mirarles. Mi imagen suya es la de sombras fugaces, como imagino que la mía para ellos. Oh, no es que sea siempre tan prepotente. Sólo me pasa cuando escribo. Sí, escribo. ¿Quieres un autógrafo? ¿No? Zorra.

Escribo por mí mismo, en principio, y además colaboro con una asociación teatral de la ciudad, escribiéndoles guiones. Me gusta cuando los representan. Me gusta ver mis historias puestas en acción, y a jóvenes damas interpretando a mis heroínas. Cobro por ello, claro. Mi sustento es ése, no tanto como me gustaría, pero en base a mi esfuerzo es bastante adecuado. Me alimenta la cuenta bancaria y el ego, voy servido.

Lástima que escriba tanto sobre mí. Es demasiado enrevesado y con pocos visos comerciales, pero es sobre lo que más me interesa escribir. Puede sonar triste, pero no conozco personajes más interesantes que yo. Escribe sobre chicas, me dicen. Van listos. He escrito mucho sobre chicas, más que mucha gente, ya que he pasado varias veces por todas las escalas de la fijación afectuosa por otra persona, y ahora soy bastante nihilista respecto a ese tema. Me trae sin cuidado. De vez en cuando cedo, sí, y escribo algo como “Dos centinelas erguidos”, que es una pastelada de narices. Ya os lo enseñaré. Tengo una voz en mi interior que clama chorradas valerosas sobre ese artículo. Está en su derecho de ser sentimental, pero si eres sentimental eres débil y expuesto a la destrucción como todos los demás. Hay de todo, listos y tontos, pero todos son débiles, incluso los fuertes. Les falta perspectiva, y a mí me sobra.

Hace tiempo escribí un guion sobre ellos. El único que no ha sido representado después de ser escrito, pero sí antes. Vale, me tomé ciertas licencias, pero en esencia tenía el mismo espíritu y contaba hechos históricos importantes. No estaba demasiado bien escrito, pero eso no me preocupaba, pues no lo escribí por arte. Tuvo mucha importancia, repercusión y, eso me enorgullece, polémica. Acabaron prohibiéndolo. Me sentí muy bien al cabo de un tiempo por eso, porque me habían censurado. Eso debía cabrearme, y al principio lo hizo, pero comprendí que me lo habían censurado por miedo y porque podía encender mechas. Yo no había escrito un guión. Había creado fuego sin piedras, con letras. ¿En qué posición me deja eso con respecto a esta ciudad? No sé cuantos recuerdan su existencia, pero creo que aun gozo de cierta reputación. No es que me prodigue mucho por ahí abajo, pero de vez en cuando me doy vueltas para saludar a conocidos, inspirarme, ir a conciertos, esas cosas. No negaré que estoy demasiado tiempo al ordenador, pero en él escribo y me culturizo. ¿Cuántos pueden decir lo mismo?

…y así sigue varias veces.

Hoy tengo un punto rojo en el ojo derecho. Hacía algún tiempo que me venía doliendo, pero hoy lo he visto materializarse por fin, navegando cerca de la pupila. Es como un pinchazo desde dentro. Si persiste supongo que tendré que tomar medidas como acudir al oculista tras tanto tiempo, pero por el momento no me disgusta. El dolor me ha recordado que debo tomar más el aire de vez en cuando y mirar la ciudad con la ventana abierta. Hago eso. Tocando el viento, intento mezclarme en esencia con ella, dejando atrás los resentimientos sociales, y trato de ser uno más.

El punto tiene mejor aspecto. Mejor aspecto en el sentido de que se ha hecho un poco más grande y veo algo borroso, pero sigue sin ser problema. El viento que sopla cerca de mi torre no ha sido suficiente para curarlo, pero de ahí a que la mancha roja se extienda inexorable por mi iris y me coma la pupila queda bastante tiempo. Me gustaría ver como pasa eso, en serio. No quiero decir en mi ojo, necesariamente, pero sería divertido. Tal vez escriba algo de eso en un guión. Sería Lynchniano. Me lo imagino, una pupila siendo enfocada eternamente titilar mientras la sangre la va cercando. Al final la serie bate todos los récords de audiencia. Así tendría que ser siempre.

Vamos a ver: claro que no me es indiferente quedarme sin ojo. Pero por el momento no hay que preocuparse, y me he merecido el punto por tanta exposición a la pantalla. Lo he captado, saldré más a menudo ahí fuera. Eso, a estar expuesto a los raros.

He salido de casa y he ido a dar un paseo por la ciudad. Es inaudito, apenas me ha reconocido nadie. Sólo la dependienta de la librería donde he hecho acopio de existencias, quizá porque soy de sus mejores clientes. Suelo ir cada seis semanas, más o menos, y me mantiene informado de los movimientos culturales de Painville. Los hay, claro. Que mucha gente sea algo burra no quita que sigan existiendo vestigios de lo que hubo una vez. Ya os contaré algo de eso si viene a cuento. Como me ha dicho, las ventas de libros han aumentado favorablemente, y eso siempre está bien oírlo. Le pregunto si ha detectado raros, y bromea diciéndome que tiene uno delante. Tardo en entender que lo dice por mí. Le explico lo que me pasa en el ojo y ambos reímos levemente. No lo ha hecho con malicia. Quizá no compartamos el mismo abanico que queremos abarcar con la definición de “raros”. Para ella, yo también entro, y somos los intelectuales que compramos libros en masa, hablamos lento y filosofamos mientras nos acariciamos el vello facial. Puede ser, pero eso no tiene nada de malo. De hecho, somos más interesantes que el resto.

Le sonrío, pago mis compras y me dirijo lentamente hacia la salida, disfrutando del olor a libro que está impregnado por toda la tienda. Me cruzo en la puerta con un raro. ¿De qué probeta se ha solidificado semejante ser? Abrigo largo, embozado entero, hasta el cuello. Barba y pelo frondosos, y sombrero de pico. Apenas deja entrever los ojos, entecerrados. Me mira y los abre ampliamente durante un segundo. Uno rojo, otro normal. El rojo tiene todo el iris de ese color. Por fin termina el segundo y deja de mirarme. Salgo de la tienda, asombrado de no haberme quedado paralizado. La mezcla definitiva entre un hampón de novela negra y un pirata sanguinario ha sido creada. Debo escribir sobre ello. Debo hacer muchas cosas, como alejarme. Soy consciente de que he dejado sola a la dependienta, una de las pocas personas que me sostiene la mirada y la palabra en la ciudad, pero mi sobredimensionado ego se me ha llevado por delante mis instintos de protección.

Corro por las calles. Debe de ser otoño, porque los árboles están bastante calvos y algunos están muriendo. Puede ser que haya algo que me preocupe, pero ahora no tengo tiempo de decidirlo. Veo algún raro más merodeando por ahí. Más de uno. Vuelven a ser cruces de piratas y gángsters, de Barbanegra y Dillinger, quién sabe si con más peligro. No llevan armas a la vista, pero seguro que las tienen. Debo correr mucho más rápido.

Mi ego ha vuelto a confundirme, pues ninguno me ha perseguido. Estoy resollando, apoyado contra una pared aleatoria. La calle también es aleatoria. No hay rastro de raros. ¿Qué son? Quizá debería explicarlo, pero solo puedo hablar de mi concepto de ellos. Antes de hoy, para mí no eran más que agentes del Caos, como los llama Stephen King. Ser agente del Caos no es malo, porque es una entidad aparte del Bien y del Mal. Simplemente son los que hacen que pasen las cosas más interesantes, y creo que son absolutamente necesarios. Es como si la vida en Painville fuese una línea recta llamada ABURRIMIENTO y el caos la golpease por debajo creándole abolladuras variables e impredecibles. Así había sido hasta ahora, pero de forma controlada. Un raro se encargaba de una cosa y a los tantos meses otro raro hacía otra… nada por lo que preocuparse demasiado. Pero esto es nuevo. Esta gente tiene una pinta de caótico maligno que tira para atrás, y son varios. Más de dos, al menos. Más de dos actos caóticos a la vez, cada uno tirando de un lado, desestabiliza cualquier cosa. Incluso a mí. Joder, como me arde el ojo.

Ahora toca correr de vuelta a la torre, tuerto y con miedo. He descansado, pero no me atrevo a correr demasiado. El camino es largo, hay que atravesar unas cuantas calles y no es que estén vacías. No es ya solo que haya raros, es la gente normal. No me gusta que me miren como a un raro más. Puede que no sea el más normal, pero no soy de ellos. Y si algo se está gestando entre ellos, y empiezo a pensarlo, no me conviene que crean que formo parte de lo que sea. Así que avanzo de punto a punto ocultándome en cada sombra en cuanto puedo, y las personas que me ven no parece que me reconozcan. Recorro bastante tramo entre calles de esta forma. Cada vez tengo menos sitios en los que parapetarme y ya me ha visto bastante gente, que me miran como a un sólido probetéico. Algunos, maldita sea, me han reconocido. Al menos no son raros. Da lo mismo, me hablan. Me chillan. Me persiguen. Me echan cosas en cara. Ahora ya no me escondo, pero no es el momento de enfrentarme a la gente porque he divisado abrigos largos entre la multitud. Corro en campo abierto, chocándome entre personas, mirando atrás y adelante. No tienen piedad. Me insultan, me llaman hijo de puta, traidor, prepotente. Egocéntrico. Me acusan de reírme de todos ellos, de escribir sus intimidades y publicarlas. De insultarles a sus espaldas, de creerme puto Dios de los mortales, de ganar dinero con sus miserias. Me tiran piedras. De haber nacido en el año de la miseria y de hacer caja de eso. Entre tanto insulto, varias piedras me aciertan, pero no caigo. Antes me meto desnudo en una piscina con pirañas que quedarme parado antes los raros. Ya sangraré y me quejaré cuando esté en casa.

Sin darme casi cuenta, he salido de la ciudad y estoy en la colina camino al castillo. Ya nadie me persigue. Imagino que he debido dejar algún rastro de sangre, porque el brazo hace su labor. Me escuece y me duele, y maldigo mientras me cojo la herida y subo por el camino de tierra hasta encontrar los peldaños excavados en la piedra. Tropiezo un par de veces, pero no llego a caer de rodillas hasta estar en el camino de gravilla, enfrente del castillo. Dejo sangre marcada, pero aquí da igual porque nadie puede entrar. Es mi puta aldea irreductible. La punta de la torre brilla cuando me alzo frente al portón principal. Empieza a anochecer, y la luna se sitúa desafiante encima. Si quisiera te rompía en pedazos. Se creen que… Bah. Jodidos ignorantes. Ya les caerá algo encima.

Estoy en el castillo. Mis sirvientes me vendan la herida y curan las magulladuras. Llamo a las sirvientas para que me quiten la ropa sucia y me pongan la limpia y cómoda. Mi pijama y bata de casa, por supuesto, es de suprema calidad. Las sirvientas me traen la cena y se retiran. Podría coger a cualquiera y hacerle lo que me diese la gana, y seguirían estando aquí. Hoy no me apetece. Hace mucho que no. Creo que nunca lo he intentado con ninguna de ellas, pero sé de mi éxito. De todas formas, soy el rey del castillo, no merezco otra cosa. Estoy en mi salón, junto al fuego, cenando solo en una larga mesa de banquete medieval, y estoy ante el fin. Puedo verlo desde aquí. El final de todo tendrá lugar en este escenario. Todo el mundo es un escenario, dijo Sir William, y luego lo cantó Rush. All the world’s a stage. Puedo escribirlo y representarlo, pero prefiero ayudar a causarlo. Me han hecho daño, se han metido conmigo, me han perseguido como a un marginado cualquiera. Voy a hacer que la luna se les caiga encima, esa luna negra e hinchada que flota como un globo sobre mi torre y que si se descuida voy a pinchar. Voy a divertirme. Voy a ser cruel, y eso me va a hacer ser aún más interesante al brillo de sus ojos. Al son de sus alas. Haré que se arrepientan. Y luego sonreiré con el ceño fruncido, en una pose de venganza maquiavélica que hará estremecerse a los demonios que me observan, los hará hincarse de rodillas y llorar hasta que llenen el suelo de agua con sus lágrimas y se desprenda toda la mugre que se ha creado en Painville. No me importa el resto del mundo, ni siquiera tengo evidencias de que exista. Voy a sonreir con los dientes fuera hasta que mis comisuras se extiendan como una cuchilla por mi cara y lleguen a mis ojos, y espero que se lleven por delante el ojo malo, porque vuelve a dolerme como un hijo de puta.

Acabada la cena, no queda más que encaminarse a mi alcoba a descansar, conspirar, y puede que escribir algo. Preparo un pequeño susto para las personas que viven en el castillo. Por la mañana me reiré, seguro. En mi habitación, vuelvo a mirar a la luna. Miro la pantalla del ordenador. Encendidas, ambas son blancas. Cuando apago la pantalla, que se pone negra, la luna se percata de que la estoy mirando desafiante y también se pone negra. Quizá por envidia, quizá por llamar mi atención. No se pone roja. Eso quiere decir que al menos hoy no ha muerto nadie. Hay que tener mucho cuidado con los raros. Mucho cuidado. Tengo que mirar noticias de la ciudad a ver las cosas que van pasando, porque sé que algo traman. No debería preocuparme tanto, ¿o sí? Después de todo, soy yo el que quiere causar problemas. Pero no contra los raros. Jamás me enfrentaría a ellos. Bah, debo ser consecuente conmigo mismo. Si quiero armar jaleo, tengo que buscar mi método de forma que no interfiera con las acciones de los raros, y para eso tengo que investigar. Pinta genial. Me calaré mi sombrero, mi abrigo de invierno con las solapas alzadas, y me mezclaré camuflado como un raro, pero por mi cuenta. ¡Que alteración de estados de ánimo! Debe ser provocada por la excitación por el misterio y el riesgo. Y la venganza, claro. Si trazo un plan estratégico, puedo salir muy beneficiado. Debo pensar en todo esto, mas ahora debo dormir. Me encamino a la cama, despojándome de la bata. En ese instante me doy cuenta de dos cosas. Una, que el estado de excitación también afecta a mi libido. Voy a ir a por una sirvienta, definitivamente. Ya basta de castidad. Hace mucho que no tengo nada con ninguna chica de la ciudad. Ha pasado demasiado tiempo, las relaciones se han enfriado, y sinceramente y por mal que suene, ahora lo único que me van a hacer en la polla es sudármela. Ninguna ha sido tan importante como para pensar en ella con más órganos, no digamos cerebro. La segunda cosa de la que me acabo de dar cuenta es que se me ha olvidado llevar la cena a la celda del prisionero. Nunca debería dejar de hacerlo, pese a que tiene motivos para ser prisionero. Evalúo la situación y decido ir primero a por la sirvienta. Creo que elegiré a Lilly. No sé si me hará falta preguntar antes, pero creo que un agarrón con tirón que le rasgase el vestido sería más que suficiente. Y no haría falta hablar mucho. Dejará que la penetre casi con total seguridad, pues todas ellas me desean. Si no. ¿de qué iban a ser mis sirvientas? Me dirijo escaleras abajo al cuarto donde duermen. Después de divertirme iré a preparar la cena de Charlie. Al fin y al cabo, puede esperar. Total, el prisionero tiene mucho tiempo.

*****


Todavía no sé como voy a escapar.

Creo que el malditismo es necesario. No es algo como para condenar a alguien, pero hace falta una estadística que viva bajo ese influjo. La fragilidad no se escoge, te escoge ella a ti, y te forjará a su manera. No es algo que sea lo más apetecible, pero te forma un aura interesante. Lo pasarás peor, sin duda, pero de eso trata ser maldito. Te pasearás por las calles como un fantasma y la gente te abrirá paso, te atornillarán al suelo con sus pecados, y cuando mueras te elevarán a las alturas como a un mesías moderno. No sé en qué punto estoy.

Mi oscuridad es latente, pero nadie aquí puede sentirla, porque no hay nadie aquí desde hace mucho. La prisión es fría y omnisciente, pues no hay nada que pueda hacer sin que Él lo sepa. Hace tiempo que no nos vemos. Cuando me trae la cena no me mira. Ni yo a él. Cosas del ojo, le escuece demasiado cuando intento ver más allá. No es que yo me haya quedado ciego de puertas afuera. Si me esfuerzo alcanzo a ver algo de lo que pasa en el mundo exterior, pero estoy demasiado lejos y cada vez más. Me da igual, en realidad. No me da igual. No lo tengo claro ya. Todos los demás lo hacen, o lo hacían, pero yo ya no. Tenerlo claro. Todo lo que me queda saber es que esto se hace más pequeño y Él más grande. Y el tiempo estimado se va agotando. Todavía no sé como voy a salir.

Creo que el malditismo es necesario.

Ray Loriga lo sabía y por eso escribió Héroes. Cuando lo leímos pensamos que podíamos hacerlo mucho mejor, pero al fin y al cabo Loriga no hizo otra cosa que escribir sobre sus fantasmas y ganó nosecuantos premios. Además, amó bastante tiempo a Christina Rosenvinge. Me gustaría hacer las dos cosas, aunque no descarto que Él pueda conseguirlo por su cuenta. Se cree demasiado omnisciente para eso, y no dudo que lo intentará.

Se me ha acabado la música, me han quitado el proyector y me han quemado los libros. Esta tortura pretende secarme por dentro, lo sé. No puedo permitirlo por más tiempo, pero tampoco puedo impedirlo. No sé hasta que punto quiere llegar, y si es consciente de lo que hace. No puede querer matarme. Al fin y al cabo, hemos estado juntos demasiado tiempo.

No sé de lo que estoy hablando.

Sí lo sé, y por más que me mantenga aquí no voy a olvidarlo, porque es lo único que puede hacerme resistir. No tengo nada sobre lo que jurar que no voy a rendirme, pero al menos la incertidumbre juega de mi lado.

Puedo ver cosas de vez en cuando. Aun me queda algo de alcance perceptivo, y sé que algo está pasando ahí fuera y que Él tiene miedo, aunque no se lo reconocería a nadie. Veo cosas. Una invasión de tipos raros. Un enorme cartel de peligro en luces de neón colgando del cielo. Un ejército de secuoyas. Un mínimo esfuerzo de alguien con mentalidad de héroe. Otro que está perdido y pide ayuda. No soy yo. No lo creo. Veo una serpiente gigante que se muerde la cola. Está sangrando.

Creo que el malditismo es necesario. Antonio Vega lo sabía, y vivió más tiempo muerto que vivo. Hizo públicas a la vez su fragilidad y su oscuridad, y todos se acordaron de su fragilidad y olvidaron su oscuridad. Una estrategia cobarde, si se me permite. No hay que dejar de lado la oscuridad, pues es de donde provienen todas las cosas. Es donde estoy preso. Como Antonio lo estaba.

Hoy ha muerto Antonio Vega. Me he enterado por mis medios. Un minuto de silencio sería lo adecuado, pero aquí no tiene mucho sentido. Todo es silencio eterno. A Dante me gustaría ver en esta situación.

Todavía no sé como voy a escapar.

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2º El Árbol que tala

octubre 25, 2009 at 5:53 pm (Uncategorized)

La canción de la ciudad se había extinguido, porque estaba de luto. Una de las voces había muerto.

QNOWLESS MUST BE PUNISHED[1] era su epitafio, un triste graffitti en el muro que le había servido de apoyo en sus últimos estertores agónicos. Era importante para el asesino, pensó la policía, que no se confundiese la tinta con la sangre. Sería demasiado típico. Paradójicamente, el asesinato había sido burdo y nada original.

El inspector Lydecker observó los dos tajos, en el cuello y en el esternón. Zafios, a mala idea, nada de cortes limpios. La sangre había brotado, y colgajos de piel quedaban feos, pero colgaban. No había mucho más que analizar. Era un joven varón veinteañero que, a simple vista, no tenía nada de especial. Lydecker se giró hacia su joven ayudante, Coop V. Livingstone. Le envidiaba el nombre.

Livingstone se movió entre los criminalistas y fotógrafos. El graffitti estaba teniendo más protagonismo para los flashes que el propio cadáver. Se arrodilló junto al forense, que estaba registrando los bolsillos del cuerpo. Lydecker los observaba con las manos en los bolsillos.

- ¿Cómo se llama? – Preguntó Livingstone.

El forense lo miró. Los criminalistas se miraron entre sí. Las miradas llegaron a Lydecker.

- Me encanta tu método de investigación, Coop. – Comentó el inspector. Algunos rieron.

- Bueno, inspector, creo que es más rápido si miramos su cartera. – Dijo Livingstone con la mirada fija en el muerto.

No es que los demás no le respetasen, pero siempre se arrimarían a la sombra de Lydecker a la mínima ocasión. Todavía tenía mucho que escalar. El forense señaló el bolsillo derecho del abrigo de la víctima.

- Hágalo usted.

- Un honor. – Comentó Livingstone mientras acercaba la mano para desabotonar el bolsillo.

Metió la mano y extrajo algo que no era una cartera. Hubo algunas risas nerviosas. Lydecker y el forense se fijaron en la bolsita de plástico que Livingstone sostenía.

- Trabajo para el laboratorio, chicos. – Dijo animadamente un criminalista.

- Wayne, no es lo que piensas. – Le cortó Livingstone. – No es droga. Ni siquiera de la que te gusta.

- Chico, no hables de eso en presencia del inspector. – Rió Wayne. – Que todos sabemos cuál es la que te gusta a tí.

Por el cuerpo corrían rumores sobre la sexualidad de Livingstone y sus salidas nocturnas a bares de la zona siniestra. Dos de los criminalistas no se aguantaron las carcajadas.

- Cierra la boca, Wayne. – Lydecker zanjó el tema con autoridad. – Y moved el culo a otra parte. Con un buitre criminalista que se quede aquí es suficiente.

Todos los criminalistas desaparecieron menos el más joven y apocado, que se limitó a suspirar con la cabeza gacha.

- Livingstone. – Dijo Lydecker.

- Semillas, señor inspector. Semillas de distintos tipos.

- ¿Semillas de qué?

- Yo diría que de árbol. – Intervino el forense. – Mi hijo las colecciona. Pueden dejarme a mí la identificación de los tipos de árbol, si lo consideran pertinente.

- No veo inconveniente. – Dijo Lydecker. – Venga, que se lleven esto de aquí.

Mientras el forense y el criminalista se hacían cargo del cuerpo, Lydecker y Livingstone se dedicaron a contemplar la pintada.

QNOWLESS MUST BE PUNISHED.

- Livingstone, deduzca.

- La falta de ortografía es irónica. Mmm… – Livingstone se paseó en círculos con la mano en la barbilla. – La han hecho con cierto tiempo. No con calma, pero si estaba planeada.

- Habrá más.

- Puede ser, premeditado no parece. Para eso tendríamos que determinar sospechosos. ¿Por dónde empezamos?

Livingstone hablaba diciendo lo que era lógico decir, pero notaba que Lydecker no tenía el más mínimo interés por abrir una investigación. Llevaba un tiempo de pasotismo preocupante, claro que hacía tiempo que no trabajaban en nada importante. Painville era una ciudad extraña, donde pasaban muchas cosas de menor índole, pero cuando pasaban las grandes, pasaban de verdad.

- Painville es una ciudad extraña, chico. – Lydecker se había metido en sus pensamientos y le había arrastrado fuera con fuerza. – ¿Cuánto llevas aquí?

- No llega al año y medio, señor.

Painville. Olvidaba con frecuencia ese nombre. Casi parecía un chiste, un nombre de ciudad encantada de novela adolescente. Su mente logró zafarse de Lydecker y voló unos metros en el tiempo, recordando. Lo habían destinado a Painville tras su graduación, en otro lugar muy lejano. Antes de eso, las cosas eran más fáciles. No es que Painville estuviera embrujada, ni mucho menos. Le parecía un adjetivo fácil de utilizar, pero injusto en el significado. Painville no estaba embrujada, pero tampoco era una ciudad normal. Unos ratos más que otros, pero que algo había, habíalo.

El inspector Lydecker le había sorprendido gratamente cuando tuvo que ponerse bajo sus órdenes en la comisaría. Un hombre corpulento, cincuentón y con el peso que a esa edad se acumulaba alrededor del estómago. Mejor dentro que fuera, era su justificación, a veces adornada con fotos de cadáveres destripados. No por ser algo habitual, si no por ser un indicativo de la personalidad de Lydecker. No ponía su verdad por encima de la de los demás, pero dejaba caer su aplastante evidencia. Y se callaba muchas cosas para aparentar saberlas.

Livingstone llevaba, probablemente, un ritmo de trabajo más frenético que su superior. Investigaba los bajos fondos, a eso se debían sus salidas nocturnas tan malsanamente rumoreadas por el cuerpo. Los rumores sobre su sexualidad le molestaban, porque notaba el poco apego de los agentes. No le molestaba que hablasen de su sexualidad. Por lo que a Livingstone respectaba, aun la estaba buscando. A veces se identificaba con Jester, un vagabundo habitual y frecuente en la zona de sus investigaciones. Ambos trataban de encontrar su propia vida en el tiempo que pasaban allí.

- Año y medio, sí.

- Y lógicamente te has informado de la historia de la ciudad.

- No, señor. No hay registros. ¿Tiene que ver con el caso?

- Depende. ¿Lo quieres para ti?

Un giro. Claro que sí. ¿Un caso atrayente que dirigir? Livingstone se moría de ganas de investigar y mancharse las manos.

- Sí. – Afirmó con vehemencia. – Lo quiero para mí.

- Bien. – Sonrió Lydecker. – Porque yo no lo quiero ni regalado.

- ¿Y eso? ¿Le parece aburrido? – Livingstone no estaba del todo extrañado. – Un crimen es un crimen, inspector.

- Sí, lo es. Por eso quiero que lo investigues tú, para familiarizarte con esta ciudad y lo que le pasa.

- ¿Qué es lo que le pasa? ¿Que algún defensor de la cultura anda asesinando a personas? No creo que sea algo para… – Livingstone calló.

- ¿Algo para qué, Coop? – Lydecker seguía sonriendo, esta vez más cínicamente.

Díselo, que está riéndose de ti.

- No creo que un asesinato sea algo para reírse y quedarse de brazos cruzados.

Toma solemnidad.

Resultó serlo cuando Lydecker cruzó los brazos y soltó una carcajada.

- Ojalá sólo se tratase de un asesinato.

A Livingstone le ardieron los ojos.

- Usted lo sabe. ¿Es así? Sabe quien ha matado a esta persona y quien ha escrito la pintada. Y se ríe y espera que yo me deje la piel en esto mientras usted y los criminalistas se siguen riendo de mí.

- No es tan simple, chico. – Lydecker dejó de sonreir. Lo miraba con algo que no era diversión, y que tal vez podía acercarse a la pena. Era extraño mantenerle la mirada. – No sé quién ha matado a este hombre ni si llegará a repetirse.

- ¿Pero?

- Pero nada. Mi intuición es más poderosa que tu justicia.

Livingstone se estaba exhasperando. Rojo.

Un puñetazo apareció en la nariz de Lydecker. Agazapados, el dolor y la presión se juntaron. Livingstone siguió viendo rojo unos instantes eternos hasta que los gritos irrumpieron y todo recobró su color normal.

Los gritos eran de los agentes que rondaban por la escena del crimen. Habían guardado el cadáver en la bolsa y estaban ultimando sus tareas. Los segundos siguientes pasaron demasiado rápido.

Livingstone estaba sujeto por dos policías. Le habían golpeado en el estómago, con fuerza, y había recibido algunas bofetadas chapuceras. Seguían en la calle. Lydecker se tapaba la nariz, y la sangre se le escapaba entre los dedos. Lo miraba con el ceño fruncido. Pero de nuevo, lo que transmitía no era un sentimiento fácilmente identificable y comprensible como hubiera podido ser el desprecio o el odio. Ninguno de los dos dijo ni una palabra. Los criminalistas no siguieron su ejemplo.

- ¡Joder, tío! ¡El marica ha zumbado al jefe!

- ¿En qué coño pensabas?

- ¡Venga, jefe! Se lo tenemos agarrado. ¡Quédese agusto!

- La has liado, Coop, muchacho. Es tu fin. Todos nos alegramos.

Lydecker se quitó las manos de la nariz. En un segundo, todos vieron a lo que se había reducido su apéndice nasal. Livingstone, para ellos, podía ser muchas cosas. Ahora también había pasado a ser fuerte. E inconsciente.

- ¡Marcháos todos! – Rugió Lydecker.

La mayor parte retrocedieron asustados, excepto los dos que sujetaban a Livingstone. Éste permaneció con la mirada fija en su jefe. No en su ex – nariz, sino más bien en sus ojos. Trataba de localizar el sentimiento que se movía oculto tras ellos. No lo logró antes de la primera respuesta de Lydecker, en el estómago.

No le dejaron derrumbarse hasta el tercer golpe. Dos en el estómago, pero el tercero en la cara. Ahí sí que le soltaron.

Había escuchado los gruñidos de Lydecker mientras ejercía la tarea, pero ahora el previsible latido en las sienes se lo impedía. Tanto mejor. La nariz de Livingstone, tan solidaria, rompió a sangrar.

Ya iban a irse, dejándolo en la calle junto a la anónima pintada que lo había empezado todo. Parecía la segunda víctima del asesino por el que había discutido. Todo estaba pasando demasiado rápido. Uno de los criminalistas amagó con darle una patada, pero Lydecker lo detuvo. – Nos vamos ya. – Dijo.

Livingstone extendió su última mano y agarró con fuerza el tobillo de Lydecker.

- Lo voy a atrapar. Al asesino. Lo voy a hacer yo solo.

- No me cabe duda, hijo. Al menos de que trabajarás solo. – Respondió su, ante todo, jefe.

Y se marcharon. Livingstone dejó caer la mano y se rindió, sólo de forma momentánea. El rojo pasó a negro, un alivio también momentáneo.

Livingstone estaba tendido frente a un árbol y ese árbol sostenía un hacha. A los pies de ese mismo árbol yacían ramas y leña cortadas. Livingstone las tenía delante, amenazando con pincharle los ojos y arañarle la nariz. Sin embargo no podían hacerle nada, porque estaban muertas. El árbol las había talado.

Mata a sus semejantes.

Livingstone intentó alzar la mirada para mirar a la cara al árbol, pero ya no estaba. Ese árbol no estaba ahí cuando lo plantaron.

Otro flash en negro.

Livingstone abre los ojos en un periódo de tiempo desconocido. Es de noche. Gira la cabeza y ve al árbol, imponente, junto a la pared con el graffitti. La imagen es bastante más que terrorífica. No es más que una visión, quiere pensar, pero le da mucho miedo de todas formas. ¿Se la tomará como una revelación?

QNOWLESS MUST BE PUNISHED. El árbol que tala.

Livingstone vuelve a perder la consciencia.


[1] “La hincultura debe ser castigada”. En inglés en el original.

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1º Jester el vagabundo

octubre 25, 2009 at 5:32 pm (Uncategorized)

La canción de la ciudad es una obra maestra, toda una ópera rock. A lo largo del día escuchamos las partes más optimistas y grandilocuentes, pero con esta oscuridad las guitarras siniestras han tomado el mando y le hacen correr entre las calles. Huyendo del misterio que le ha robado el nombre a esta ciudad, tropieza entre sonidos y cae. La rodilla resiste. La buena. La mala sólo sangra. En cuclillas, ahora escucha el estribillo de las mil voces, y todas diferentes. Jester el vagabundo, con más cultura musical que muchos mejor parados, se incorpora por infinita vez en uno de los infinitos callejones. No son sin salida, pues nunca se puede ver la pared del fondo. No sabe si eso es bueno o malo, pues nunca se ha atrevido a ir más allá. Jester el vagabundo nota en su piel las notas de lo que viene. Primero jaleo y pisadas que se acercan. Voces rugosas, llenas de pelo.

- Es como te lo cuento, tío, tenía todo lleno de…

- Oh, oh, espera. ¿Ves lo que yo veo, Romeo?

- Sospecho que sí, Othelo. Veo una cosa larga y fea en el suelo. Dime, amigo, ¿es quien yo creo?

- Oh, sííí. Jester la Peste.

Las carcajadas, secas y muertas, no surgen de sus gargantas. Las llevan en los dientes, como empastes asesinos. Se clavan en nuestro vagabundo.

- Jester la Peste. ¡Cuánto tiempo! No te veíamos desde que… ¿cuándo fue, Othelo?

- Desde el asunto en Los Árboles. ¿Te suena eso, Peste?

- Ya te digo que si le suena, este está al tanto de todo. ¿No ves que vive en la calle? Lo escucha y lo sabe todo.

Jester el vagabundo nota en su piel las notas del siguiente momento musical. Primero, un preludio.

- Amigo Romeo, ¿insinúas que fue éste? ¿Peste habla? Quiero decir, ¿alguna vez le has escuchado hablar?

- Qué va, tío. Pero seguro que tiene voz. Vamos a hacerle unirse a la música.

Jester el vagabundo nota en su piel a los músicos acomentiendo en su cuerpo. Sólo de batería. Patadas. Las dos rodillas ceden. No le tocan la cara. Redoble. Dos redobles. Jester no canta. Ni un gemido. Fin del solo. Pasos. La melodía cambia de tono y se pierde.

- Ya nos veremos, Peste. No vuelvas a acercarte por Los Árboles.

- Vámonos de aquí, Romeo. Tengo las botas manchadas y apestosas.

- Muy agudo, Othelo. Recuérdame que te lo plagie.

Se alejan y Jester el vagabundo nota en su piel la cadencia de la melodía que ya no suena, la nota incluso a través del dolor y los morados. Ahora que no le ven, abre la boca para escupir. No es sangre. No esta mal. Ha habido cosas peores.

COMO LA QUE NOTA AHORA AGARROTÁNDOLE LOS HUESOS CON UN FRÍO MORTAL Y REPENTINO Y ANTE LA QUE NO PUEDE HACER NADA MÁS QUE TEMBLAR Y ENCOGERSE Y GEMIR.

Jester reconoce a quien está frente a él. Es un recién llegado tras mucho tiempo, y sabe que no va a hacerle daño, pero aun así tiene miedo.

- No tengas miedo, Jester. – Dice el hombre Uróboros. – Te ayudaré a ponerte en pie.

Es alto y parece que ha decidido aparentarse humano, pues a simple vista esta vez no hay rasgos anormales. Quizá los ojos. Quizá los gestos. Quizá la boca. Pero detalles. Por eso cuando sus manos le sujetan y le alzan apenas procura darse cuenta de lo que cree recordar que hay debajo de las manos. Es mejor, puesto que…

- Ha pasado mucho tiempo. – La voz del hombre Uróboros procura sonar cálida. Es mejor pensar que lo consigue. – ¿Cómo estás? ¿Puedes hablar?

- Sí…Puedo. Gracias por ayudarme, err…- Jester hace un esfuerzo por mirarle a los ojos. No se pierde. Puede que realmente esta vez sea mejor. – ¿Cómo te llamas ahora?

El hombre Uróboros suelta delicadamente a Jester y da unos pasos hacia atrás, contemplándole y también para que Jester pueda contemplarle a él, Mucho tiempo, sí, y requiere cambios de aspecto. ¿Es un sinsentido compararse? Quizá así se descubran más las diferencias y analogías.

La exhaustividad del análisis se ve impedida por la simpleza de los vestuarios. Jester viste completamente de marrón gastado y sucio. Las rodillas se ven a través de la raída tela y sangran, pero esto no es nuevo. Son de color costra. Lo mismo en los codos. El abrigo es bueno, eso sí. Viejo, pero de clase, como las cosas buenas. El jersey de lana de debajo acumula demasiada suciedad, y el pelo gris demasiados acontecimientos. Los mismos que están amarrados a los surcos y arrugas de la cara, sobre todo el que yace en la raya de la frente. No es un ceño de enfado, es la marca de fábrica de la tristeza, mucho más latente ahí que en los ojos o los labios. Demasiado inmóviles. Muy rendidos, por mucho que la barba grisácea intente aparentar dureza. Jester ya ha perdido.

El hombre Uróboros se ve reflejado en los ojos y en los surcos, cráteres en el rostro de Jester, cráteres creados por el aterrizaje del propio Uróboros, cráteres atemporales que tanto en la Luna como en un rostro se crean en segundos y permanecen por siempre, como recipientes del tiempo. ¿Dónde están las estrellas?

No en el hombre Uróboros. No ha acumulado nada de su resplandor, pues por ahora es sólo una sombra y silueta negra, no se ha disfrazado de nada más rebuscado. Acaba de llegar tras un largo viaje, démosle un tiempo de aclimatación para que pueda encontrar la cara que nos quiera mostrar. Si es que llega a querer. El perfil, al menos, es el de un hombre alto de constitución fuerte, sin rastro de alas, garras ni rasgos serpentinos. Es como un maniquí de marfil esperando que lo disfracen, o un gran trozo de barro esperando que lo moldeen, o un boceto esperando que lo pinten.

– Heh…pareces un boceto esperando que lo pinten. – Dice Jester. Es su frase más larga en 5 años. Los dos hombres intentan esbozar una especie de sonrisa, aunque no sea el tiempo de las sonrisas. Las comisuras se resisten. Dos risas se arrastran moribundas, una nihilista y la otra pidiendo ayuda. Cuando colisionan en el aire, se hacen añicos y los restos se apagan en el suelo de los pecados interminables. Mientras agonizan, los hombres que han sido capaces de brotar esas risas sin humor anudan los hilos de sus conversaciones en uno solo. Es todo un milagro en esta era. Directas, de uno a otro. Pum. Pum. Pum.

– Pues que me pinten, no me vendría mal. Esta vez vengo para una estancia más o menos larga, creo.

– ¿Debo preguntarme por qué? No me malinterpretes, me alegro de que estés aquí de nuevo. La variación siempre es bienvenida.

– Debes preguntarte por qué, Jester.

- Me lo pregunto. ¿Debo encontrar una respuesta por mí mismo o esperar la tuya? Sabes, si me lo dices tú será más rápido y no haré el ridículo.

– Creo que esta vez tengo un mapa del tesoro.

– ¿Cómo?

– Un mapa metafórico, pero puede valer. Lo he visto grafiado, y parecía tangible, con direcciones marcadas. No pierdo nada intentándolo. Será por tiempo, heh.

– Así que tienes un mapa del tiempo. Y, ya sabes…¿Crees que esta vez realmente vas a conseguir salir?

– Jester, los conceptos de espacio y tiempo son muy relativos para mí. Y muy antagónicos. Te informaré de mis futuros avances.

– ¿Has venido por algo más, verdad?

– Si tú crees que hay algo más merecedor de mi presencia que esta pequeña llama de esperanza que me ilumina por primera vez tan tanto tiempo, házmelo saber.

– Raros.

– …

– Sí. Más que nunca. Y además lo que temías… ese también está, Y apunta maneras.

– Cuántos.

– Tres, quizá. No sé. Cuatro. Dos. Cerca de eso.

– Más de dos…más de dos a la vez, joder. Ni yo puedo hacer frente a eso plenamente. ¿Qué hacen? Quiero decir, ¿cuál es su forma de actuar?

– Artista. Aun no ha empezado de forma seria. Está haciendo algo. No lo sé todavía.

– Artista. ¿Quién más?

– Artistas también a su manera, en otras disciplinas. No los veo tan claros. Y… él también está por ahí. No le he visto nunca, pero he oído cosas. Se está haciendo un nombre.

– ¿Podré encontrarlo donde yo creo?

– No se ha movido del sitio, pero no tardará.

– Jester.

– Tú.

– Eres un buen amigo. El único que tengo aquí y que me queda. Necesito que seas mis ojos en los bajos fondos. Como en los viejos tiempos, Jester. Compañero.

- No sé como puedes dudar de mí para esto.

Brillo en los ojos, parecía extinguido. Los dos amigos se dan la mano. Fin del diálogo por esta vez. Y así, con sólo unas pinceladas en el lienzo de la historia, los dejamos allí, mano contra mano afirmando la unión, no por siempre, de Jester el vagabundo y el hombre Uróboros, que ha recobrado trazos de su humanidad y ya no es solo una silueta, es parcialmente una persona y seguramente mañana ya será una persona entera. Y Jester mañana será media persona a consecuencia de la paliza que le han pegado los shakesperianos y vengativos seguidores de Los Árboles, y por la exposición al hombre Uróboros, que daña aunque no lo quiera, pues su sola presencia hace daño al propio concepto de posibilidad. Los dejamos allí para que nuestro último recuerdo de ellos sea de camaradas, unidos ante lo que se viene encima, ante los raros, ante el artista y los artistas y ante él, del que nada sabemos, sólo que hace preocupar a alguien ciertamente ultraterrenal como el hombre Uróboros, que ha vivido más que todos nosotros. Nos alejamos flotando como espías invisibles que no pertenecemos a ningún bando pero tampoco podemos quedarnos impasibles. La ciudad tiene edificios como colmillos, y las luces encendidas nos avisan. En alguna parte hay raros actuando, planificando, fundiéndose en la oscuridad. Las historias oscuras requieren formas oscuras y escenarios siniestros, y la menor bondad posible. Y éste apretón de manos va a desencadenar reacciones.

En medio de la ciudad hay abismos, y todos nos devuelven la mirada. Acabaremos cayendo en ellos, nos sentiremos como habitantes de esta ciudad que es una trampa mortal y un terreno de juego, como en las buenas oscuras historias, y nos veremos dentro de la trama, y eso no puede ser bueno si es como las otras veces, porque los pilares de esta historia no son buenos, por mucho que haya personajes que tengan esa convicción.

Se ciernen ya las sombras de la incertidumbre sobre las luces de la ciudad, sobre el lago, sobre el bosque, sobre Los Árboles, sobre los artistas, sobre los peones, los que van a jugar y los que no, sobre las historias pasadas y las que están por desenterrar, y nos empuja con su fría mano de destino, al abismo que nos taladra con su mirada.

Y es tan irresistible que caemos sin cerrar los ojos.

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0º: Prólogo

octubre 25, 2009 at 4:51 pm (Uncategorized)

La teoría del eterno retorno de Nietzsche dice así:

“Como en una visión lineal del tiempo, los acontecimientos siguen reglas de causalidad. Hay un principio del tiempo y un fin… que vuelve a generar a su vez un principio. Sin embargo, a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no se trata de ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, si no que los mismos acontecimientos se vuelven a repetir en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación.

La idea de eterno retorno se refiere a un concepto circular de la historia o los acontecimientos. La historia no sería lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes.”

Mirad el mandala que he dibujado:

mandala de la vida

El punto negro situado en la parte superior es el nacimiento. Los círculos son la vida. Lo he dibujado imperfectamente porque la vida, a pesar de estar perfectamente calculada, sigue siendo imperfecta, y los hechos que forman parte de una misma acción son aleatorios, aunque el resultado ya haya sido planteado.

Partimos del punto negro y nos adentramos en líneas circulares. Podemos elegir entre izquierda o derecha, y cada una de sus bifurcaciones. Es un error pensar que no podemos volver atrás, porque sí que se puede, pero no ahora, más adelante, por medio del eterno retorno, sólo que no de la forma que nos gustaría, sino de un modo más testimonial. No hay ninguna forma de cambiar el pasado, pero sí de arreglar el presente. El futuro siempre será impreciso. Podemos pensar que aprendiendo de nuestros errores elegiremos correctamente, pero siempre hay factores externos más fuertes que el poder de nuestras decisiones.
Los factores externos: Son las líneas rojas y azules. Las rojas son los infortunios (mala suerte, desgracias, malas compañías, daño, enfermedades, pérdidas, etc). Las azules son las buenas. Son muchas menos y más difíciles de encontrar, por lo tanto el còmputo de factores que determinan situaciones malas es mucho mayor que el cómputo que determinan situaciones buenas.

Para avanzar por los círculos de la vida es necesario atravesar franjas rojas. Pero no son dañinas del todo, pues por medio de ellas podemos ver que llegamos a otros círculos concéntricos más profundos. Es lo que se llama aprender de los errores y crecer. La encrucijada aumenta. Hay muchos más caminos de la vida, y las líneas rojas son enormes e interminables. Si te pierdes en ellas acabarás fuera del círculo. Hay que saber qué camino tomar para llegar más y más adentro, hasta el centro del círculo. También puede verse que algunos intrincados caminos pueden llevarnos a la senda azul. Mantenerse en este camino es lo más complicado del asunto, pues es corto y traicionero.
El centro del círculo es el final de la vida. El gran punto azul es la felicidad total que buscan los hombres a lo largo de su vida. Sin embargo está rodeado por un cuadrado rojo. El hombre se lanza a los brazos de la felicidad y se quema en la desgracia. Es el punto clave de la existencia. El hombre muere en lo rojo y alcanza el nirvana en lo azul. Es el nuevo comienzo, el eterno retorno. El punto azul te devuelve al negro, tira los dados otra vez.

Y el hombre Uróboros asimiló todos esos conceptos, dio las gracias al teorizador y salió de la habitación. Una vez en las líneas concéntricas de su vida, caminó indistintamente por negras, rojas y azules, recorriendo todos los caminos posibles, intrincándolos entre ellos, saltando de vía en vía, deteniéndose a orinar en cada recoveco. Una vez hubo acabado, sacó sus garras para hacer pedazos las líneas, desplegó sus alas y voló a través de las distintas dimensiones espaciotemporales. Primero lo hacía por macabra diversión, pero con el tiempo tuvo que admitir ante si mismo que sus revoloteos eran pura desesperación.

El aburrimiento y la desesperanza le hicieron detenerse y pensar una estrategia. Claro, por qué no. Aquella ciudad parecía un buen lugar de descanso y redención como todos los anteriores, y además le resultaba extrañamente familiar. Quizás, tras tanto tiempo volando, había regresado a su hogar. No perdía nada por probar, al fin y al cabo. Así que el hombre Uróboros agarró la verdad absoluta en una mano, la razón en la otra, e inició el descenso a la tierra frotando obscenamente su cuerpo de serpiente contra el tiempo. Le gustaba follarse al tiempo. Le hacía sentirse muy superior. Lástima que en la ciudad no podría permitirse demasiados excesos metafísicos. Tenía, para qué ocultarlo, ganas de actuar como un ser humano por un tiempo. Aun recordaba como se hacía, aunque hiciera décadas, tal vez siglos, que dejó de ser uno de ellos.

La ciudad se abría ante él con la mirada de una tramposa última oportunidad. Las luces le sonreían, pero las sombras de las calles le hacían muecas amenazadoras, los montículos verdes de vegetación le gritaban y el tembloroso arroyo le pedía ayuda entre murmullos. ¿Y las personas? Seguramente cosecharía las mismas reacciones. En su aterrizaje, el hombre Uróboros tembló por primera vez en dos siglos. El estremecimiento, en una versión actualizada, casi turbó su concentración al tocar tierra. Una de las ventanas encendidas, ubicada en cierto edificio, le había resultado demasiado familiar. Más de lo habitual.

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